Por la verdad «rebelada»

La banalización de la barbarie atenta contra la dignidad humana y es letal para la convivencia. Significantes que estuvieron un día repletos de vida han sido vaciados y rellenados con eslóganes de garrafón

Por Antonio Monterrubio | 29/04/2026

Hay coyunturas históricas en las que la irresponsabilidad no tiene excusa. Hoy el discurso del odio, la irracionalidad y la violencia está lejos de ser patrimonio de demagogos ultramontanos y gamberros de las redes sociales amparados en el anonimato. Prolifera, como una floración de nenúfares malignos, desde las gentes de la calle hasta los charlatanes radiotelevisivos con licencia especial para insultar. Son las funestas secuelas de blanquear y dar esplendor a los usos y costumbres de tribus poco respetuosas con las reglas democráticas, por decirlo suavemente. Se normalizan las expresiones, gestos y conductas del trumpismo cañí de modo que ya no escandalizan a nadie. Cuando a todas horas y en todas partes oímos utilizar un léxico y una sintaxis que harían sonrojar a la niña de El exorcista, es que vamos sin frenos hacia el precipicio. Consolarse pensando que, con el tiempo, las aguas volverán a su cauce es de una ingenuidad alarmante. El último verso del poema de Philipp Larkin MCMXIV dice «never such innocence again». En este primer cuarto del siglo XXI, con la vista puesta en los años treinta y cuarenta del anterior, el consejo se torna perentorio. La realidad no se va a evaporar porque nos neguemos a verla por demasiado dura e incómoda.

Dar carta de naturaleza a la zafiedad, el mal gusto, el lenguaje soez y la incultura arrogante en todos los foros, de la prensa al Parlamento, tiene graves consecuencias. La banalización de la barbarie atenta contra la dignidad humana y es letal para la convivencia. Significantes que estuvieron un día repletos de vida han sido vaciados y rellenados con eslóganes de garrafón. Así, si la libertad consiste en ser dueño de sí mismo, difícilmente se aplicará el término a veletas movidas por el capricho de unos vientos de los que no saben ni el nombre. En las experiencias existenciales predominan las interpretaciones, las suposiciones y los espejismos. Lo fáctico y lo ficticio generan un entramado de múltiples dimensiones por las cuales se cuela y desaparece lo real.

Dos personajes nefastos invaden con sus proclamas la rutina cotidiana: el mentiroso y el propagador de chorradas. Del primero se presume, quizás con optimismo, que no ignora la verdad, pero la retuerce, disimula, oculta o elimina en función de sus intereses. El otro no tiene el más leve contacto con ella; ni la conoce ni le interesa en absoluto. El discurso del Poder adopta cada vez más la forma de un galope de Gish perpetuo. Los embustes se suceden a una velocidad tal que es imposible desmentirlos. Es el caballo de Atila del pensamiento. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba de la reflexión. Y con ella se marchitan el diálogo y la tolerancia. No dar respiro al cerebro es una modalidad sibilina y sumamente eficaz de censura. En ese ecosistema hostil, «¿qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?» (Lorca: Oda a Walt Whitman).

Las situaciones vitales que exigen una toma de postura ética son más numerosas de lo que nos gusta creer. Esto conlleva una cuota de responsabilidad que muchos se niegan a asumir. Cuando el vivir colectivo está contaminado por la irracionalidad y sujeto a una lluvia ácida de bilis, la sociedad corre peligro de naufragar en una profunda crisis moral. El recurso profuso y continuado a las emociones más convulsas, las bajas pasiones, las pulsiones violentas y la inquina como motores de la conducta social acarrea una caída en el fango y una marcha hacia la disolución de la conciencia. «El mundo es ético solo en la medida y porque nosotros lo vivimos» (Negri: Spinoza subversivo). El ser humano es el agente único que puede introducir en él la moral. El acto ético es constructivo, propositivo, trabaja a favor de la vida. Vehicula una alternativa a la destrucción, la esterilidad y la muerte. Es una verdad rebelada, que no revelada.

La esfera pública se ha transformado en un reality show donde argumentos, propuestas y programas no tienen la menor importancia. El criterio propio y el juicio autónomo dormitan en el depósito de los objetos perdidos ni encontrados ni buscados. Se sigue la corriente, el sujeto se abona a lo que más suena, a lo que está en candelero. La era del individualismo a ultranza es la de la necesidad compulsiva de reconocerse en grupos anónimos y amorfos, cimentados muchas veces en la aversión al otro. El miedo a la insignificancia, a quedar al margen, a no estar en el cortejo de los triunfadores, fomenta la adhesión a convicciones nefastas.

La ideología posmocapitalista abomina de la Modernidad, lo cual explica su empeño en achacarle todos los males habidos y por haber, reales o imaginarios. Pero lo que les molesta de ella se resume en tres palabras: libertad, igualdad, fraternidad. Porque cuando dejan de ser inscripciones mohosas en las fachadas de edificios oficiales y vuelven a la tierra nutricia, la mente de los hombres, son ideas cargadas de futuro. En cambio, el Tinglado prefiere el presente continuo, y para mantener ese tiempo verbal único echará mano, si es preciso, de las más siniestras sombras del pasado o las más distópicas profecías del porvenir. De ahí su interés en una cultura degradada y provinciana o, mejor aún, en sucedáneos envilecidos y risibles.

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