Antonio Monterrubio: ‘Recoger la antorcha de la protesta y la rebelión es una cuestión de supervivencia’

Entrevistamos al pensador y escritor zamorano Antonio Monterrubio, con quien conversamos sobre su última publicación, ‘La primavera y el titán’.

Por Angelo Nero | 14/07/2025

La primavera y el titán es un ensayo de Antonio Monterrubio con el que inicia una de las colecciones de Marciano Sonoro, Fragmenta mundi. Este zamorano nacido en las montañas de Sanabria, que dedicó varias décadas a la enseñanza, ha escrito varios libros, entre ellos la trilogía La verdad del cuentista, Al revés te lo digo, El serano y Antígona vive. Publica también habitualmente en medios como El Cuaderno digital, Nueva Tribuna, El Viejo Topo, y recientemente ha comenzado a colaborar con nuestro diario, NR.

En tu último libro pretendes ser fiel a los grandes legados de Prometeo, el titán filántropo como símbolo del combate eterno del espíritu contra la injusticia. También del deseo inagotable de conocimiento, fuente de inspiración para lo mejor del género humano. ¿Qué hace tan atractivo al mito de Prometeo, y por qué tenemos que reivindicarlo justo ahora? ¿Tal vez porque se está apagando la llama de la rebelión?

Prometeo, entre otras hazañas, robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres; es el patrón del afán de saber, de la curiosidad intelectual. Simboliza los beneficios de la civilización y la técnica, las condiciones de posibilidad de la cultura. A su vez, la vía prometeica permite abrir otra, la órfica, la del arte, la literatura y el discurso.

Prometeo es también el rebelde con causa que hace frente al irascible y arbitrario Zeus en el Prometeo encadenado de Esquilo. El titán filántropo, curioso y contestatario, es el adalid del conocimiento y la libertad –la verdadera, no ese egoísmo depredador y caníbal que pretende usurpar su nombre–. Hoy vivimos en el imperio del consumo y el espectáculo, y vemos cómo las democracias viran con facilidad hacia regímenes iliberales o directamente autoritarios. Recoger la antorcha de la protesta y la rebelión es una cuestión de supervivencia. La reivindicación del ser humano como sujeto, que no súbdito, es esencial para conseguir gripar o detener la maquinaria de demolición global que el Tinglado dominante ha puesto en marcha.

La esperanza no es un lujo, es una necesidad en estos tiempos menesterosos de desaliento. Un poema de Erich Fried declaraba: “No la excepción / sino el estado de excepción / confirma / la regla. / ¿Qué regla? / Para impedir la respuesta / a esta pregunta / se proclama / el estado de excepción”. Prometeo nos invita a no aceptar el estado de excepción realmente existente, a levantarse contra él, a salir del letargo de la conciencia y poner en cuestión la omnipotencia e irreversibilidad de la telaraña que nos mantiene atrapados.

La primavera en tu libro es la metáfora de la bondad, la belleza, la alegría, la libertad, la igualdad, la fraternidad. ¿Estos valores están en peligro en nuestra sociedad? ¿Crees que de seguir esta deriva el mundo está abocado hacia un invierno perpetuo?

Este momento histórico ha entronizado el hiperindividualismo devastador como Paraíso del simulacro y la hipocresía. Un público desorientado y perplejo es carne de cañón para gigantes mediáticos oligopólicos con intereses muy definidos y redes sociales infestadas de fascismo. La velocidad, la sobreestimulación y el ruido, señas de identidad del tecnototalitarismo, cronifican la suspensión voluntaria de la incredulidad. La abolición del pensamiento racional y crítico asfalta las avenidas por las que desfilarán procesiones de antorchas. El ágora, la plaza pública, ha quedado en manos de una horda de bocazas y cantamañanas.

La decadencia de la primavera climática es una catástrofe en sí misma, y a la vez un símbolo del estado de un mundo que, como diría Hamlet, se ha salido de sus goznes. Simultáneamente, asistimos a la rápida progresión, esperemos que no irrefrenable, de una edad del hielo intelectual. Multitudes encandiladas se rinden a sospechosos flautistas de Hamelín y a gurús de baratillo sin atender al sabio consejo de Groucho Marx: “Este hombre puede parecer un idiota, hablar como un idiota y actuar como un idiota, pero no dejen que eso los engañe: en realidad, es un idiota”. Mientras tanto, la intelectualidad crítica aparenta haber abandonado el campo sin combatir. Sin embargo, el conocimiento sólido y fundado, los juicios autónomos y argumentados son herramientas no solo esenciales, sino indispensables para combatir el colapso de las primaveras, tanto reales como metafóricas.

Las reflexiones albergadas en ‘La primavera y el titán’ se entrelazan con apuntes procedentes del arte, la física, la filosofía, la literatura o el cine. ¿Cómo se mezclan todos estos elementos para darle un sentido a la obra, y en dirección a qué objetivos se mueve esta?

En las últimas décadas, el gusto por la alta cultura ha decaído estrepitosamente. La lectura de textos intelectualmente sólidos y solventes está de capa caída. La mediocridad triunfa por doquier. Museos, exposiciones, conciertos o teatros son pasto del turismo de masas. En mis libros intento compartir mi entusiasmo por algunas grandes obras y sus creadores como una invitación a visitarlas si aún no se conocen, o a revisitarlas como a viejos amigos entrañables. Una vida humana digna tiene necesidad de referencias culturales. Cada nueva generación o individuo debe redescubrir el pensamiento mediante su propio esfuerzo. Ahí entra en acción la cultura, tanto heredada como contemporánea.

Pero la sociedad de consumo abomina de la cultura. En su lugar predica las virtudes del ocio, del mero entretenimiento. Lo que el turbocapitalismo posmoderno llama productos culturales son simples mercancías destinadas a ser engullidas vorazmente, sin dejar poso alguno en el alma –por utilizar este concepto como metáfora–. Todos esos artículos y actividades mercantiles sirven únicamente para pasar el tiempo, es decir, para perderlo. Muchas páginas de este libro exaltan la belleza, artística o literaria, pero también la de los descubrimientos y las ideas brillantes, la grandeza de los actos morales o la pasión amorosa. La belleza es una vivencia inefable, no se ajusta a ningún discurso ni se atiene a definición alguna. Es iluminación, plenitud. No puede interpretarse, solo mostrarse.

‘Frente a la decadencia moral que vacía significantes repletos de ambrosía para rellenarlos con ideología reaccionaria de garrafón, se hace imprescindible una consecuente postura ética. La falta de memoria y la flojera de las convicciones se acentúan en tiempos de crisis’, dices en una parte del libro. ¿Apuntas aquí a un rearme ideológico para enfrentar a esa decadencia moral?

El debate político debería confrontar con sosiego posturas diversas y bien articuladas, defendiendo ideas precisas y correctamente estructuradas e intereses concretos y legítimos. Ahora bien, el diálogo, como su prefijo indica, solo es viable entre partes dispuestas a él. Las élites y sus mayordomos se han acostumbrado a hacer y deshacer sin que nadie ose rechistarles. Ya en 1967, Marcuse escribió en El final de la utopía: “Podemos convertir el mundo en un infierno, y como ustedes saben, estamos en el buen camino para conseguirlo, pero también podemos convertirlo en todo lo contrario”. El problema no es de conocimiento y tecnología, sino de voluntad política en sentido amplio. La defensa de la crítica y la disidencia es hoy necesidad y esperanza. Aún estamos a tiempo de enderezar el timón y poner a salvo la parte positiva del legado de la Ilustración.

Vemos cómo una construcción social que beneficia exclusivamente a las clases dominantes y gozantes se publicita y acepta como un dato de naturaleza. Las cosas solo pueden cambiar a medio y largo plazo con intervenciones decididas, consistentes, continuadas y eficaces en los campos cultural, social y político. Y han de ser capaces, a pesar de la desfavorable correlación de fuerzas, de disputar la hegemonía a las élites, desplazándola en sentido favorable a la justicia, la verdad y la belleza. Mantener el actual estado de fatiga crónica y parálisis de la inteligencia y la voluntad lleva a la catástrofe. Hay que reivindicar alto y fuerte la utopía, la cual, al fin y al cabo, no es más que la convicción profunda de que, aun si otro mundo no fuera posible, nada autoriza a renunciar a él.

‘La mentira, la calumnia y el bulo se consideran armas políticas perfectamente respetables. La manipulación mediática está asumida como una actividad no ya moral, sino legítima’, señalas también en ‘La primavera y el titán’. ¿La verdadera lucha por el discurso político tiene como escenario los medios de comunicación y las redes sociales?

El bombardeo masivo en alfombra por parte de los aparatos ideológicos del Poder, liderados por las redes a-sociales y los medios de des-información y de in-comunicación, es una parte crucial de la estrategia de este asalto a la razón 2.0 al que asistimos. Vivimos en lo que Franco Berardi llama un “entramado neurototalitario”. El biopoder, la psicopolítica y el tecnofeudalismo están llevando a su cenit la tecnología de la dominación y el control social.

Si el turbocapitalismo patrocina un mundo lleno de lucecitas, colorines y ruiditos, en cuanto uno se quita las gafas 3-D aparece una realidad cada vez más triste y sombría. Nos prometen la satisfacción de todos los deseos, incluso los secretos o los que nadie ha tenido jamás, pero lo que hacen es ir embotándolos de uno en uno hasta que solo sobrevive el deseo de poseer. No el de disfrutar de lo que ya se tiene, sino el de alcanzar lo que aún no se ha logrado o nunca se podrá tener. La insatisfacción constante es el motor de la sociedad de consumo.

La difusión a escala industrial de falacias y calumnias o de necedades desprovistas de todo fundamento colonizan millones de cerebros, parasitándolos hasta hacerlos incapaces de distinguir no ya entre verdad y mentira, sino entre realidad y fantasía. Recuperar el discurso racional y razonable y darle presencia y altavoces es condición necesaria, aunque no suficiente, para contrarrestar la letalidad de los figurones mediáticos y los figurines de las redes sociales. Si no, estaremos condenados al proceso que, ya en 1904, denunció Joseph Pulitzer: “Una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá con el tiempo un pueblo tan vil como ella misma”. Para nuestro caso particular, conviene atender además la sentencia de Albert Camus: “Un país vale lo que vale su prensa”.

Hay también análisis certeros del auge de ese populismo que está arrasando, como los bárbaros, a la vieja Europa: ‘Hay quienes apoyan con entusiasmo a líderes que los desprecian y cuyo objetivo no es otro que deteriorar al máximo su calidad de vida para engrosar las cuentas corrientes de la casta elegida’. ¿Cómo han conseguido, en muy poco tiempo, ascender fuerzas políticas que lo que buscan es reducir los derechos que nos llevó tantos años de lucha conquistar?

Programas políticos que predican la intolerancia y el odio seducen a multitudes cada vez más ingentes en todos los continentes. La mezquindad y la vileza diseminan sus toxinas por el cuerpo social. La actividad política ha mutado desde una labor idealmente orientada al bien común y a mejorar la vida de las gentes hacia un electoralismo permanente donde imperan el grito, el exabrupto y el improperio, y solo importan los sillones y las sinecuras que procuran. La acción insidiosa de los oligopolios mediáticos y las redes cuartea la sociedad civil y anula la voluntad autónoma de los individuos. Además, no hay que pecar de ingenuos: quienes atienden las proclamas de odio e intolerancia no lo hacen engañados. De hecho, están deseando oír de voces autorizadas lo que sus tripas les dictan.

Por lo demás, la flojera posmoderna ha dado carta de naturaleza a la posverdad. En los deslumbrantes escaparates de la sociedad del espectáculo, se codean razones y opiniones, verdades y mentiras, datos y bulos, cada cual con la etiqueta que marca su precio. Cualquier cosa puede colar en la conciencia colectiva en un tiempo mínimo. Una frase de Olga Tokarczuk en Los libros de Jacob condensa la situación: “Al mediodía la idea parece ignominiosa. A primera hora de la tarde, apta para ser debatida. A última hora de la tarde ya está asumida, y al caer la noche se torna obvia”.

Si todo esto recuerda el ambiente en el que triunfó el nazismo, será por algo. Bertolt Brecht satirizó la dinámica que instala la maldad en el poder en La resistible ascensión de Arturo Ui. Una banda de gángsters se hace con el control de Chicago gracias a la complicidad necesaria del trust de la Coliflor y a las oportunas ayudas políticas. Al final, el ficticio Dogsborough, sosias del muy real Hindenburg, que puso en bandeja de plata la cancillería a Hitler, declara: “Oigo decir a quienes me conocían / que yo no sabía nada y que, de haberlo sabido, / no lo hubiera tolerado. Pero lo sé todo”. En un futuro, tal vez algunos se excusen, incluso ante sí mismos, arguyendo que no sabían lo que hacían. Pero sí que lo saben.

Encontramos asimismo términos que convendría acuñar, como ‘la socialización de la ignorancia’. ¿A qué crees que obedece que ahora alguien pueda presumir de no haber leído nunca un libro?

Es cierto que un amplio sector de la juventud se educa a base de youtubers, influencers y creadores de contenido de variado pelaje. Pero cargar el sambenito de la decadencia sobre las nuevas generaciones es una coartada de poco venerable antigüedad. Muchos adultos pasan sus horas de asueto adorando la santísima trinidad tecnológica: televisión, móvil y ordenador. El disfrute lento, como el de la lectura, se considera hoy una extravagancia. Este estado de cosas facilita que el engaño y el simulacro estén a la orden del día, que los falsarios triunfen. En el reino de lo efímero, la ignorancia goza de patente de corso. El Tinglado la estimula sin mucho disimulo, a la vez que patrocina un rechazo frontal a la cultura y a quienes la practican o frecuentan. Así se crea una sociedad carente de conciencia crítica y de ambición intelectual, en la que la charlatanería tiene expedito el camino. Ante ese desastre debemos reivindicar la razón, que no es un artilugio perfecto, pero proporciona herramientas con las que hacer preguntas útiles e intentar responderlas.

La cultura es condición imprescindible para la elaboración de una conciencia moral, que no es hereditaria ni congénita, sino adquirida. Es un proceso, un trabajo, camino que se hace al andar. Requiere dedicación y osadía. No solo hay que evitar ser arrastrado por la corriente; a menudo, hay que ir contra ella. Y eso es demasiado esfuerzo. Más aún cuando exige no ceder a los cantos de sirena. Pero dar prioridad al conocimiento y la reflexión, al trabajo mental, es lo que permite mantener la vigencia del imperativo categórico frente al “sálvese quien pueda” postulado por el neoliberalismo salvaje. Cultura es libertad. En Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, Simone Weil apunta: “La auténtica libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción”.

La ciencia está muy presente en tu libro, como antídoto necesario para combatir la “contaminación, la barbarie ecológica y el caos climático que están a la orden del día”. ¿Deberían nuestros gobernantes, y la ciudadanía en general, escuchar más a los científicos y no a esa legión de tertulianos, ‘youtubers’ e ‘influencers’ que intentan desacreditar a la ciencia con argumentos absurdos?

Que las primaveras ya no son lo que eran no es un secreto para nadie. Es un síntoma más de un desbarajuste climático que algo tiene que ver, según todos los indicios, con la barbarie ecológica propiciada por la codicia del homo œconomicus. Los decisores políticos, económicos y mediáticos parecen abonados a la ocurrencia del que fuera vicepresidente de los Estados Unidos, Dan Quayle. En su día, este hombre declaró: “No es la polución la que daña al medio ambiente. Lo que lo ensucia son las impurezas del aire y el agua”. Los príncipes de este mundo peregrinan de una cumbre climática a la siguiente, dejando para pasado mañana lo que tenían que haber hecho anteayer. Las soluciones propuestas recuerdan con frecuencia la sentencia atribuida al Pero Grullo francés, Monsieur de La Palice, a mediados del XIX: “¿Por qué no construimos las ciudades en el campo, donde el aire es mucho más sano?”.

Desde que la opinión de los telecharlatanes, sus necedades y sus estultos prejuicios pesan más que las pruebas y los datos, la lógica y la ciencia se enfrentan a una tarea hercúlea. El dogmatismo intransigente y la ignorancia atrevida son más sexy que los argumentos serios, la reflexión reposada y el paciente método hipotético-deductivo. El Tinglado ha dado vacaciones a la razón. La verdad ya no es un relato que compite con otros falsos, pero más atractivos. Ahora se presenta directamente como inverosímil.

Se induce en el público una disonancia cognitiva: se le incita a no atender a los avisos de la ciencia, a la vez que se le crea la falsa seguridad de que la tecnología nos librará de la catástrofe por arte de magia. Sin embargo, la ciencia es una de las más bellas muestras de la grandeza del espíritu humano, capaz de desvelar los misterios más profundos del cosmos, la naturaleza, la sociedad o su propia conciencia con la única herramienta de su cerebro. Su talante prometeico desafía al auténtico enemigo de la naturaleza y la humanidad: Mammón, la divinidad de la riqueza, patrón del ansia de acumulación ilimitada de capital.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.