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Habrá que prestar atención a la evolución de los acontecimientos en los Estados Unidos, dado que, mal que nos pese, lo que allí sucede repercute en todo el planeta.

Por Antonio Monterrubio | 9/11/2025

Hace unas semanas, desde su blanco palacio de Washington D.C., el emperador condicionó cuantiosas ayudas a una Argentina acuciada de nuevo por estrecheces económicas, a la victoria electoral de las huestes de Milei. Este ultimátum en el mejor estilo mafioso –una oferta que no podrás rechazar–, clarísima injerencia en los asuntos internos de un país presuntamente soberano, pasó bastante desapercibido. Crecido ante la desidia, la resignación y el temor con los que el mundo acoge sus dislates, Trump ensayó la misma táctica en los comicios para la alcaldía neoyorquina. Pero ahí pinchó en hueso. La victoria más que confortable, en un ambiente de gran movilización, del inmigrante, musulmán y socialista democrático Zohran Mamdani ha supuesto una sonora bofetada para el magnate-presidente.

Se ha querido relativizar este éxito del progresismo estadounidense con el argumento de que estos resultados de la Gran Manzana no son extrapolables al conjunto del enorme y variopinto país. Se insiste en que New York City es un feudo del Partido Demócrata y que, por lo tanto, ese triunfo tiene un valor menor. Las voces autorizadas y la opinión publicada parecen olvidar, sin embargo, que no hace tanto tiempo el regidor de la ciudad era Rudolph Giuliani, eximio exponente del ala más dura del Partido Republicano y enrolado luego con armas, bagajes y descaro, en el movimiento MAGA. Todo el mundo tiene claro que una cosa es Nueva York u otras ciudades cosmopolitas y abiertas, y otra muy distinta las pequeñas urbes y los pueblos de los cinturones bíblico o del maíz, por ejemplo. Ahora bien, inferir de ahí que las ideas representadas por Zohran Mamdani, Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez son irrelevantes a nivel nacional es puro prejuicio. Las ganadoras demócratas de las elecciones a gobernador en Nueva Jersey o Virginia se mueven con soltura, cierto es, en la órbita del establishment del partido. De esto concluyen muchos analistas que solo un candidato centrista –léase de centroderecha– puede hacer frente al omnipotente MAGA en unas presidenciales. Pero, bien mirado, daría la impresión de que se requiere un mayor grado de osadía, más audacia política. Concretamente, prestar la debida atención a las necesidades y urgencias de las clases populares. Enarbolar, en suma, la bandera de una verdadera opción preferencial por las masas desfavorecidas. Más que centristas, harían falta aspirantes centrados en lo importante, en especial en las cosas del comer y el vivir más allá de la estricta supervivencia.

En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
[…] ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
[…] Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
[…] Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba sus gastos?

Una pregunta para cada historia.
(Bertolt Brecht: Preguntas de un obrero ante un libro)

El populismo de (ultra)derecha ha crecido aireando una retórica de falsa preocupación por las precarias condiciones de vida de los muchos. Sus palabras, falaces y huecas, no tienen más objetivo que imponer su siniestra agenda ideológica, letal para el planeta, la naturaleza, las sociedades, la cultura y la sensatez. Recíprocamente, la implementación de esa agenda y las complicidades tecnológicas y mediáticas les permiten ocultar que, en la práctica, nada hacen por mejorar la vida de la gente común. Fenómeno totalmente previsible, ya que esos presuntos portavoces de los intereses populares sirven fielmente a las élites más encumbradas y dependen de ellas para prosperar y medrar. La magia negra que sí dominan a la perfección estos personajes es la de señalar chivos expiatorios para explicar las causas por las que todo va mal. Pero la incitación al odio como único programa político tiene limitaciones, a pesar de la aparentemente inagotable reserva de bilis de quienes lo jalean. Y el aparato represivo levantado contra los parias de la tierra acaba por volverse contra el conjunto de la población, incluidos sus asombrados feligreses.

El neoliberalismo es un terreno abonado para el crecimiento y proliferación de egoístas carroñeros y poco fiables. Los más espabilados o faltos de escrúpulos son auténticos espaldas mojadas del río de la Ley, que vadean con facilidad gracias a los coyotes del Derecho torcido. En cuanto a las líneas rojas morales, ya hace que las dieron por amortizadas, abolidas y extinguidas. Dos de sus armas favoritas son la tergiversación del lenguaje hasta convertirlo en instrumento de incomunicación, y el divorcio duro con la idea de verdad, expulsada sin contemplaciones del tablero de juego. La legitimación de la mentira es una de las grandes lacras morales de estos tiempos menesterosos. Lo que otrora fue el noble edificio de la Política se escribe ahora con minúscula. Se ha convertido en un entramado ficticio, un simulacro construido y sostenido a base de relaciones de poder sesgadas.

La realidad, mientras tanto, hace mutis por el foro. La equivalencia entre las palabras y los hechos ha saltado por los aires. La política anoréxica de las emociones, las pulsiones y los instintos, el irracionalismo como veneno puro, pretende destruir cualquier atisbo de razón, fundir los plomos y dejarnos a oscuras. A la vez, un aspiracionismo onírico lleva a ovejas y corderos a identificarse con la riqueza y el poder, o sea, con los intereses de quienes los detentan, los lobos de Wall Street y sus sucursales provincianas. Las multitudes siguen hipnóticamente a líderes cuyo fin último es aniquilarlas, sin encontrar en ello contradicción alguna. Hasta lo que creemos más nuestro se convierte en un juguete en las garras del Poder. «Nuestro horizonte de deseo ha sido fagocitado y homogeneizado por el de la clase dominante» (Alicia Valdés: Política del malestar).

Fortalecida por unas circunstancias tan favorables, «la nefasta alianza de los demagogos, los populistas, el sector de los combustibles fósiles y los intereses empresariales nos está llevando con rapidez a sobrepasar los límites del planeta» (Stiglitz: Camino de libertad). Para mantener su endeble castillo de naipes ideológico y presentarlo como sólido hormigón, el Tinglado necesita azuzar constantemente las pasiones racistas, xenófobas, machistas, homófobas o clasistas. Incluso añade a su muestrario fobias de nueva creación, como el edadismo o la gordofobia. Y, por supuesto, se fomenta el odio visceral a cuantos disienten de esas políticas. Ahí encuentran acomodo las barbaridades de Trump, que tan pronto califica a Mamdani de comunista como pretende ilegalizar a una organización, Antifa, que jamás ha existido como tal. Toda respuesta razonable, razonada y razonante a los deseos y órdenes del Gran Hermano queda rigurosamente proscrita.

Para hacer frente a ese asalto a la Razón y a una política rastrera volcada en administrar las pulsiones de muerte y los más bajos instintos de la gente, no basta una izquierda brahmánica. El Partido Demócrata, al igual que otras formaciones progresistas en el mundo occidental, lleva tiempo enfocando prioritariamente su discurso a un auditorio con alto nivel de estudios, capacidad crítica, inquietudes intelectuales y presupuestos éticos. Pero refocilarse en una presunta superioridad moral no conduce a ninguna parte. Predicar máximas morales para uso de iniciados y convencidos, olvidando el abismo de las desigualdades, el agujero negro que amenaza con tragarse a los más vulnerables y seguir creciendo, es resignarse a la irrelevancia política. Pues no se trata de ganar alguna elección, de llegar a puestos de gobierno, sino de introducir cambios reales, de mover el mundo en la medida de lo posible y aún más allá.

Habrá que prestar atención a la evolución de los acontecimientos en los Estados Unidos, dado que, mal que nos pese, lo que allí sucede repercute en todo el planeta. Los Orban, Meloni, Milei, Bukele y sus imitadores todavía fuera de los gobiernos serían mucho menos peligrosos si se produjera un reflujo de la extrema derecha entre los sobrinos del Tío Sam, y el Tío Gilito perdiera sus prestigios. Ya es tiempo de recuperar el sentido cabal de una palabra hoy usurpada por el egoísmo depredador y caníbal auspiciado por el turbocapitalismo:

Así pues, vuélvete y no te alarmes, ¡Oh Libertad! Vuelve tu rostro inmortal
Hacia el lugar donde el futuro, más grande que todo el pasado,
Se prepara, seguro y ágil, para recibirte.
(Walt Whitman: Hojas de hierba)

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