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Y opinar sin saber, con un megáfono de millones de seguidores, no es libertad de expresión inocua. Es contaminar el debate público con autoridad prestada, la que da la fama y no el conocimiento.
Por Isabel Ginés | 4/08/2026
Jessica Goicoechea, modelo e influencer con millones de seguidores, ha decidido que Pedro Sánchez “pasará a la historia como el peor presidente de España” a raíz de la crisis migratoria en Ceuta. La frase es contundente, viral y, sobre todo, falsa por simplificación. No porque la crisis no sea grave —lo es, y de una magnitud que merece un análisis serio— sino porque reducir décadas de historia política española a un titular de Instagram es, como mínimo, un ejercicio de ignorancia con altavoz. La memoria corta de quien nunca ha tenido que mirar atrás Ceuta y Melilla no han vivido una crisis migratoria porque se han vivido muchas. En 2005 se produjeron asaltos masivos a las vallas con varios muertos bajo el Gobierno de Zapatero. En 2014, con Rajoy en Moncloa, las devoluciones en caliente en El Tarajal terminaron con quince personas ahogadas. En 2017 casi 500 migrantes derribaron la valla en un solo asalto. En 2021 entre 8.000 y 12.000 personas cruzaron en 48 horas. Ninguno de esos presidentes fue coronado como “el peor” por sacar a la luz un problema estructural —la frontera sur de Europa— que ni empieza ni termina con quien gobierne en cada momento. Decir que esta crisis convierte a Sánchez en el peor presidente de la historia de España no es una opinión política es no conocer qué ha pasado antes. Y opinar sin saber, con un megáfono de millones de seguidores, no es libertad de expresión inocua. Es contaminar el debate público con autoridad prestada, la que da la fama y no el conocimiento. El lugar desde el que se habla también es un argumento. Hay una asimetría incómoda en todo esto que es quien lanza la sentencia lo hace desde una posición absolutamente ajena a las consecuencias de lo que critica. No va a pisar el Tarajal, no va a cruzar un control fronterizo con miedo, no va a tener que gestionar un ayuntamiento desbordado ni una comisaría sin efectivos. Opina desde el confort, sin el coste de haberse informado y sin el coste de vivir lo que describe. La filosofía política tiene un concepto útil aquí, la “posición del observador desinteresado” —hablar de un conflicto ajeno sin estar situado en él— es cómoda porque no exige responsabilidad por el error. Se puede decir cualquier cosa porque nadie va a pedir cuentas.
Crispación: el negocio de jalear el odio
Este tipo de declaraciones no buscan explicar, buscan encender. Cuanto más categórica y más falsa la frase, más engagement genera. Es el mecanismo que en ciencia política se conoce como polarización afectiva: no se discute sobre políticas migratorias, se discute sobre quién odia más a quién. La influencer no está haciendo periodismo ni análisis ella está monetizando la crispación, alimentando un clima donde la conversación pública se sustituye por bandos. Byung-Chul Han lo describe bien cuando habla del “enjambre digital”: una multitud que se indigna en ráfagas cortas, sin cohesión ni memoria, incapaz de sostener un argumento más allá del titular que lo provocó.
Mentir con un titular
La frase de Goicoechea no es una crítica a una política migratoria concreta —algo perfectamente legítimo y necesario—, es una mentira dictada como sentencia histórica. Y las mentiras dichas con seguridad, repetidas por cuentas con audiencia masiva, se convierten en verdad percibida aunque no tengan ningún respaldo factual. Es la lógica de la posverdad: no importa si es cierto, importa si se siente cierto y si genera reacción. La pregunta que nadie le hace Si el criterio para ser “el peor presidente de la historia” es enfrentar una crisis migratoria en la frontera sur, entonces casi todos los presidentes de la democracia deberían llevar esa etiqueta. Lo que distingue a un Gobierno no es si aparece la crisis —aparece siempre, es estructural—, sino cómo se gestiona, con qué recursos, con qué cooperación internacional y con qué coste humano. Ese es el debate que merece la pena tener. La sentencia de una influencer, sin ese contexto, no es debate: es ruido con forma de titular.
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