España se ha acostumbrado a que asesinen mujeres

El feminicidio se ha convertido en un goteo que no interrumpe nada. Una mujer. Luego otra. Luego otra. Como si la fragmentación del horror lo hiciera más soportable.

Por Isabel Ginés | 19/02/2026

España se desangra por una herida que demasiados se empeñan en negar. A 18 de febrero de 2026 ya contamos catorce feminicidios. Catorce nombres. Catorce vidas arrancadas. Entre ellas, el horror absoluto de una madre y su hija degolladas en Xilxes.

Catorce asesinatos en mes y medio.

Intentemos imaginarlo de otra manera. Una librería llena. Una presentación. Gente sentada, tranquila, escuchando. De pronto, un hombre entra y mata a quince personas. El país se paraliza. Se decreta luto. Las portadas se llenan de rostros. Las calles se llenan de velas. Las redes se llenan de nombres. Nadie habla de otra cosa durante días.

O pensemos en un restaurante un domingo al mediodía. Familias comiendo. Conversaciones cruzadas. Un hombre entra con una escopeta y dispara contra los comensales. Quince muertos. El país entero entra en shock. Se habla de trauma nacional. Se multiplican los homenajes. Se exige justicia. Se promete que algo así no volverá a ocurrir.

Eso mismo —quince personas asesinadas— es prácticamente la cifra de mujeres asesinadas que llevamos en 2026. Y, sin embargo, el país no se detiene. No hay conmoción sostenida. No hay duelo colectivo permanente. No hay ruptura de la normalidad.

Porque las mujeres están siendo asesinadas de una en una.

El feminicidio se ha convertido en un goteo que no interrumpe nada. Una mujer. Luego otra. Luego otra. Como si la fragmentación del horror lo hiciera más soportable. Como si la repetición lo volviera normal. Hemos convertido el asesinato machista en el segundo plato de la actualidad: algo que se consume y se olvida mientras llega el siguiente.

Nos estamos acostumbrando a que asesinen mujeres.

Y esa costumbre es el mayor fracaso moral de este país.

Mientras tanto, una parte de la sociedad niega la violencia de género. No la niega por falta de datos, sino porque reconocerla obligaría a aceptar que existe una violencia estructural contra las mujeres. Prefieren llamarla exageración, ideología o conflicto privado. Se repite que no es para tanto. Que hay denuncias falsas. Que la ley discrimina al hombre. Se diluye así la responsabilidad y se protege, en última instancia, al agresor.

Negar la violencia de género no es una opinión inocente. Es un discurso que debilita la reacción social y política frente a los asesinatos.

El sistema de protección tampoco está funcionando como debería. Las órdenes de alejamiento no detienen cuchillos. Los dispositivos de seguimiento no impiden que un agresor decida matar. Muchas mujeres viven vigilando puertas, trayectos y horarios. Duermen mal. Viven con miedo. Saben que otras denunciaron antes que ellas y aun así fueron asesinadas. Saben que la protección puede fallar y que, cuando falla, el resultado es irreversible.

El caso de la mujer retenida durante dos años en Montserrat es una herida abierta en la conciencia colectiva. Dos años de violaciones, vejaciones y cautiverio. Fue al hospital y nadie detectó la violencia. Nadie activó la protección. Nadie rompió el encierro.

Y, aun así, la vida pública sigue.

Una enfermera de 64 años en Benicàssim. Otra noticia. Un minuto de silencio. Otra noticia.

La violencia contra las mujeres se ha convertido en ruido de fondo. Algo permanente y, por eso mismo, tolerado. La indignación dura horas. La memoria, días. La estructura que permite la violencia, décadas.

España debería estar sacudida por una indignación constante. Deberíamos exigir de forma sostenida que ninguna mujer más tenga que vivir con miedo. Porque la pasividad social no es neutral. Cada minimización, cada burla, cada recorte, cada negación erosiona el límite que debería proteger la vida de las mujeres.

Y ese límite está cediendo.

Una sociedad se revela en aquello que permite que ocurra sin detenerlo todo.

Si quince personas asesinadas en una librería o en un restaurante paralizarían el país, pero catorce mujeres asesinadas en mes y medio no lo hacen, la diferencia no está en la violencia. Está en el valor que otorgamos a las vidas.

Ese es el núcleo insoportable.

Las mujeres están siendo asesinadas de forma continuada y el país sigue funcionando. Las agendas siguen. Los debates siguen. La normalidad sigue. Como si no fuera una emergencia nacional. Como si no fuera una violencia selectiva contra la mitad de la población.

Nos hemos acostumbrado a que asesinen mujeres.

Y una sociedad que se acostumbra a eso ha cruzado una frontera moral muy peligrosa. Significa que el asesinato de una mujer ya no rompe el orden, solo lo punctúa. Que ya no provoca una conmoción, solo una mención. Que ya no detiene el país, solo lo interrumpe unos minutos.

Hasta que la muerte de una sola mujer provoque la misma sacudida que cualquier otra matanza colectiva, seguiremos sumando nombres. Seguiremos pasando de una a otra. Seguiremos viviendo en un país donde ser mujer implica un riesgo añadido de muerte violenta.

Ese es el espejo. Y lo que refleja es devastador.

2 Comments

  1. Por desgracia el feminicidio no es noticia salvo casos excepcionales, en la Pola Llarga desapareció una joven de origen marroquí pero que creció aquí,y cada viernes salió el pueblo a la calle hasta que apareció muerta, si no hubiese sido un letrero de se buscá como mucho.
    Y por desgracia pará todas estan subiendo mucho los partidos que no lo condenan.

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