Nacho Fuster: ‘sindicalizarse es tomar partido de clase, organizarse colectivamente y confrontar a la patronal y al Estado’

Entrevistamos a Nacho Fuster, Secretario General de la Corriente Sindical de Izquierda.

Por Redacción NR | 21/01/2026

En Nueva Revolución iniciamos un ciclo de entrevistas con el sindicalismo de clase y combativo del Estado español para abordar su estado actual y los retos que deben afrontar frente a un mundo laboral que está experimentando importantes cambios. Hoy conversamos con Nacho Fuster, Secretario General de la Corriente Sindical de Izquierda (CSI).

¿En qué año nace la CSI y en que contexto? ¿Se plantea como una ruptura con el sindicalismo de concertación de CCOO-UGT?

La CSI nace en 1982, en un momento en que el relato dominante de la Transición tendía a presentar acuerdos entre élites como si hubieran representado a la clase obrera entera. Los Pactos de la Moncloa de 1977, firmados por partidos políticos, patronal y sindicatos mayoritarios, fueron presentados como un éxito para estabilizar la economía y consolidar la democracia tras la dictadura, pero en realidad consolidaron un modelo de reparto de crisis y de subordinación de la clase obrera a los intereses del Estado y el capital.

La CSI nace de la ruptura con ese modelo: frente a la lógica de paz social, concertación y subordinación, apostamos por el conflicto, la movilización de la clase obrera y la independencia sindical. La purga en CCOO contra quienes no se plegaban a la paz social fue una expresión de cómo ese sindicalismo había dejado de representar a los trabajadores. La CSI no es una escisión más: es la reconstrucción del sindicalismo de clase obrera que aquellos Pactos y sus herederos desarticularon.

¿Cómo valoráis el estado actual del sindicalismo de clase en el Estado español? ¿Cómo de implantado esta en empresas estratégicas y en el tejido empresarial en general?

El sindicalismo de clase obrera en el Estado español no tiene hegemonía porque, tras décadas de cultura del pacto y pactos como los de Moncloa, el poder ha construido un marco en el que la negociación por arriba sustituye a la lucha por abajo. Esos acuerdos han funcionado históricamente como acuerdos entre élites económicas y políticas para gestionar crisis, no como herramientas para conquistar derechos de la clase obrera.

Aun así, el sindicalismo alternativo no ha desaparecido y se mantiene en sectores estratégicos y en la conflictividad real. En Euskal Herria, LAB sigue siendo un actor clave. En Galicia, CUT sostiene un sindicalismo combativo. En Aragón, CUT Aragón también resiste. En Catalunya, IAC mantiene tradición de lucha, y en Andalucía, SAT continúa siendo referente. En el País Valencià, la Intersindical Valenciana desarrolla un sindicalismo alternativo frente a CCOO/UGT. Junto a la CSI en Asturies, estos sindicatos representan una alternativa real al modelo del régimen, cuya lógica de «paz social» y concertación ha servido repetidamente para externalizar el coste de las crisis sobre la clase obrera.

Actualmente existe un reto generacional. ¿Qué mensaje le transmitiríais a un joven trabajador que se ha incorporado hace poco al mundo laboral para que esté sindicado?

A la juventud obrera hay que hablarle con toda crudeza: la precariedad, la pobreza salarial y la falta de futuro no son casuales, sino producto de décadas en que la clase obrera ha sido empujada fuera de las decisiones. Aquellos acuerdos que prometían estabilidad social no se cumplieron en beneficio de los trabajadores, y la ausencia de movilización fuerte facilitó recortes y retrocesos.

Un sindicalismo verdaderamente de clase no es una ONG ni un gestor de crisis. Sindicalizarse es tomar partido de clase, organizarse colectivamente y confrontar a la patronal y al Estado. La historia demuestra que los derechos solo se conquistan cuando la clase obrera se organiza y lucha desde abajo.

Desde los años 80 se ha producido un proceso de desindustrialización. ¿Cómo ha afectado a la conciencia de clase y al sindicalismo?

La desindustrialización fue también una operación política y económica, no una fatalidad. La destrucción de centros de producción fuertes significó la fragmentación de la clase obrera organizada, dificultando la movilización y favoreciendo la atomización del trabajo. Muchos de los acuerdos sociales y económicos que siguieron a los años setenta estabilizaron esa desindustrialización en interés del capital.

Ese proceso debilitó la conciencia obrera al dispersar a la clase trabajadora, pero también dejó claro que sin organización y lucha no hay futuro. Revertir esa dinámica exige reconstruir la conciencia de clase y reindustrializar con criterios de soberanía social.

Hemos entrado en la era de la Inteligencia Artificial y la robotización. Dos cuestiones que sin duda dibujan un nuevo horizonte de lucha obrera y nuevos retos para el sindicalismo. ¿Cómo afronta el sindicato el hecho de que miles de trabajadores puedan ser sustituidos por IA y robots en las próximas décadas? ¿Qué medidas habría que tomar para proteger a los trabajadores?

La IA y la robotización se están utilizando hoy como mecanismos para disciplinar a la clase obrera y aumentar la explotación, como en su momento sirvió la contención salarial y la reestructuración del empleo en los Pactos de la Moncloa. Nuestro sindicalismo propone el reparto del trabajo, reducción de jornada sin pérdida salarial, control colectivo y prohibición de despidos tecnológicos. El progreso tecnológico no puede seguir pagándose con paro y precariedad para la clase obrera.

¿Qué mensaje lanzar a quienes se definen como “clase media” y reniegan de su condición de clase obrera?

La llamada “clase media” es muchas veces una construcción ideológica que sirve para diluir la conciencia obrera y hacerla más gobernable. Si vives de un salario, si vendes tu fuerza de trabajo, si puedes ser despedido mañana, eres parte de la clase obrera. La historia de los acuerdos pactados desde arriba ha despojado de poder a la clase obrera; no aceptarlo es aceptar esa derrota.

¿Cómo se aborda desde el sindicalismo de clase la integración de la inmigración en la lucha sindical?

La patronal trata de utilizar la inmigración como una herramienta de división. Nosotros decimos lo contrario: unidad, igualdad de derechos y organización conjunta. No hay obreros nacionales o extranjeros, hay obreros explotados.

Con el auge del comercio online se están produciendo cambios importantes en el mundo laboral. ¿De qué manera se está trabajando sobre la necesidad de sindicar a sectores precarizados como los ‘riders’ o trabajadores de empresas digitales?

Las plataformas digitales y sectores precarizados representan la punta de lanza de un capitalismo flexible que externaliza el empleo y erosiona derechos. La respuesta no puede ser institucional: organización desde abajo, conflicto y lucha colectiva.

El sindicalismo de clase sufre represión y criminalización por parte del Estado, que a menudo os etiqueta como ‘violentos’. ¿Cómo se hace frente a esta ofensiva que busca restringir y limitar vuestra actividad sindical?

En la CSI conocemos muy bien lo que significa la represión y la criminalización porque no es una abstracción: es historia viva de luchadores y sindicalistas que fueron perseguidos por defender a sus compañeros y defender puestos de trabajo. Tenemos ejemplos muy concretos. En Naval Gijón, dos ex-secretarios y referentes de la lucha obrera como Morala y Cándido fueron metidos en la cárcel por su actividad sindical combativa. Allí no hubo simples palabras, hubo represión directa. Fueron encarcelados porque defendieron su industria y se enfrentaron al poder económico y político. Solo con la fuerza de las movilizaciones desde abajo se consiguió su libertad, porque sin presión popular las instituciones del régimen no conceden nada que no les beneficie.

Mi propia experiencia es otra demostración de hasta dónde llega el aparato para intentar acallar a quienes no se someten. Cuando en Vauste denuncié el cierre que se estaba pactando entre el comité y la empresa, lo que recibí no fueron disculpas ni reconocimiento: me pidieron 34 años de cárcel. Intentaron utilizar todo el peso del aparato judicial y mediático para neutralizar mi voz, con el apoyo explícito de CCOO y UGT y del resto del marco sindical del régimen. No era casualidad: era una advertencia de hasta dónde se está dispuesto a llegar para defender un modelo basado en la paz social y la sumisión de la clase obrera.

Estas experiencias no son aisladas. Son parte de la historia de una CSI que siempre ha elegido la confrontación cuando se trata de defender a la clase obrera y de no negociar derechos por migajas. Mientras los sindicatos del régimen buscan acuerdos y gestión de crisis a puerta cerrada, la CSI ha estado siempre en primera línea de fuego, encarando represión, criminalización y persecución sin renunciar a la lucha.

La historia de Tenneco y de Naval Gijón habla por sí misma: el conflicto no se negocia en despachos, se libra en la calle y en los centros de trabajo, y la represión solo fortalece la conciencia de clase y la determinación de la clase obrera organizada

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