Mario Amorós: ‘Miguel Hernández como ser humano, poeta, prosista y dramaturgo abrazó la causa antifascista, a la que fue fiel hasta su último aliento’

Entrevistamos a Mario Amorós, con quien conversamos sobre su último libro ‘Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández’. 

Por Dani Seixo | 8/06/2026

Mario Amorós es un periodista e historiador español. Ha escrito numerosas obras sobre Chile, incluyendo biografías sobre Salvador Allende, Miguel Enríquez, Augusto Pinochet, Pablo Neruda y Víctor Jara. Su último libro es «Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández» (Ediciones Akal) sobre el que conversamos.

Se ha escrito mucho sobre Miguel Hernández. ¿Qué ha descubierto usted en los archivos que no supiéramos ya?

Esta es la primera biografía del poeta oriolano escrita por un historiador. Se apoya, por tanto, en un minucioso trabajo con documentación procedente de muchos archivos de España y varios de Chile, en una relación amplísima de publicaciones periódicas y científicas de numerosos países y en la revisión y lectura de una bibliografía de proporciones oceánicas.

Junto con su Legado Literario, depositado en el Instituto de Estudios Giennenses y en el Museo Miguel Hernández-Josefina Manresa de Quesada y digitalizado, una mención muy especial merecen los fondos que consulté en la Biblioteca Pública del Estado en Orihuela “Fernando de Loazes”, en su invaluable Sección Hernandiana, que incluye miles de documentos bibliográficos y hemerográficos cedidos por la Fundación Cultural Miguel Hernández. Asimismo, destaco el dossier sobre el poeta que se conserva en el Archivo General Militar de Ávila del Ministerio de Defensa, relacionado con la conmutación de su pena de muerte por treinta años de cárcel.

Y, por primera vez, en una biografía de Miguel Hernández se emplea un acervo imprescindible para relatar sus tres últimos años de vida: el Fondo Documental Germán Vergara Donoso del Archivo Nacional de Chile, en concreto los volúmenes 16-22, que suman casi cuatro mil páginas e incluyen las cartas de Hernández a Vergara Donoso que descubrí en 2015, cuando preparaba mi biografía de Pablo Neruda. Entonces entregué estas misivas a la familia de Miguel Hernández y, con su autorización, las di a conocer en un reportaje en la desaparecida revista Tiempo. Además, en este Fondo se conservan los informes reservados que Vergara Donoso remitió al Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile en relación con sus gestiones en favor de Miguel Hernández y también su correspondencia con jerarcas de la dictadura como Rafael Sánchez Mazas: esta documentación es absolutamente inédita.

De pastor a comunista. ¿Esa conversión fue sincera o una necesidad del momento?

Miguel Hernández fue hijo de un tratante de ganado caprino y desde su más tierna infancia colaboró con el trabajo familiar, al que se dedicó de lleno desde que en la primavera de 1925 su padre, Miguel Hernández Sánchez, le obligó a dejar los estudios de bachillerato en el colegio Santo Domingo de Orihuela (administrado entonces por la Compañía de Jesús) para dedicarse al trabajo como pastor.

Desde que tenía catorce años y medio hasta que cumplió los 21, en el otoño de 1931, y alcanzó la mayoría de edad, este fue su trabajo. En diciembre de 1931 viajó por primera vez a Madrid, donde permaneció casi seis meses, y desde su regreso a Orihuela, a fines de mayo de 1932, ya no volvería a trabajar más con el ganado. Buscó ocupación como mecanógrafo en dos notarías locales, hasta que desde el invierno de 1935 pudo establecerse en Madrid como empleado de José María de Cossío para participar en la preparación de la enciclopedia Los Toros.

Miguel Hernández se afilió al Partido Comunista en septiembre de 1936 y en esa condición se enroló como voluntario en el 5º Regimiento de Milicias también en aquellos días. En mi biografía dedico muchas páginas a explicar las razones de una metamorfosis poética, estética e ideológica que cambió, junto con los acontecimientos históricos, el curso de su vida y de su obra.

¿Cuándo y por qué Miguel Hernández da el giro hacia la poesía social? ¿Fue la guerra o algo anterior?

A partir de la primavera de 1935, como anunció en su extenso poema “Sonreídme”, se produce su ruptura con la poesía y el teatro de inspiración católica que, en parte, había cultivado hasta entonces, cuya máxima expresión fueron los poemas que publicó en la revista El Gallo Crisis, que dirigía Ramón Sijé, y por supuesto su auto sacramental, de 1934. Debido a la influencia ideológica de los artistas plásticos de la Escuela de Vallecas y del escritor comunista argentino Raúl González Tuñón y a la estética de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, principalmente, ya antes de la guerra civil su poesía y su teatro se nutrieron de “lo social”. Será la agresión armada desencadenada por el fascismo contra la República el hecho que le hará asumir en su vida y en su poesía un compromiso antifascista desde la militancia en el PCE.

‘Aceituneros’ se canta hoy en manifestaciones que nada tienen que ver con la Guerra Civil. ¿Qué pensaría él?

Obviamente, no podemos saber lo que pensaría hoy el poeta. Desde luego, si los versos maravillosos, universales y eternos de este poema se recitan respetando las causas y los sentimientos que lo inspiraron me parece muy apropiado.

¿Qué obra suya es la más olvidada y cuál, en cambio, cree que recibe más atención de la que merece?

Miguel Hernández es un poeta esencial, imprescindible, en la historia de la literatura del siglo XX, tanto española como universal. En la Transición Viento del pueblo tuvo una mayor atención que el resto de su obra. Hoy, creo que la crítica valora especialmente su último proyecto, que quedara inconcluso, Cancionero y romancero de ausencias y El rayo que no cesa, mientras que su principal producción de la guerra, Viento del pueblo y El hombre acecha, es valorada de manera desigual, al tiempo que persiste por parte de algunos especialistas la reivindicación de su opera prima: Perito en lunas.

En cuanto a sus prosas de guerra, destaco su valor histórico y también que en algunas piezas alcanzó la calidad del mejor reportaje periodístico. Su teatro, de difícil representación y muy desigual en términos dramáticos, ha quedado eclipsado por la calidad sobresaliente de su poesía.

¿Por qué cree que la poesía de Miguel Hernández conecta tan fácilmente con lectores jóvenes que no saben nada de la Guerra Civil?

En primer lugar, no puede asociarse toda su lírica con la guerra civil. Sería un error, puesto que antes de julio de 1936 su poesía publicada y la que entonces quedó inédita es muy amplia y diversa. Creo que la vigencia de este poeta obedece a que su mejor poesía es la proyección de las preocupaciones humanas más profundas, que son intemporales: el amor, la amistad, la maternidad, la muerte, la esperanza, la justicia social, la libertad…

¿Murió de tuberculosis o lo dejaron morir? ¿Dónde traza usted la línea?

Nadie como Josefina Manresa, en una carta hasta ahora inédita que menciono en mi libro, dirigida al diplomático chileno Germán Vergara Donoso en abril de 1942, lo ha explicado mejor. Refugiada en el secreto íntimo de la correspondencia, se refirió con esta crudeza a su muerte: “En primer lugar, le diré que más que otra cosa lo que hicieron con él fue asesinarlo. Le dieron una muerte lenta y dolorosa, sistema muy peculiar en esta gente sin entrañas e inhumana porque hubieron (sic) mil medios para poder haber evitado su muerte, pero como les estorbaba y lo que querían eran quitarlo del medio pues desde el principio fue mal atendido. Las curas se las hacían con trapos para que se le infectaran. Le operaron y el tratamiento por el estilo. Sé que usted hizo porque la situación de Miguel hubiera cambiado. No fue Vd. solo el que tropezó con las dificultades que me dice, sino todo el que se interesó por él. Siento no poder darle más detalles sobre esta cuestión, son demasiado (ilegible) las escenas que recuerdo y temo no poder continuar…”.

Dedico un capítulo de casi cuarenta páginas a explicar sus últimos meses de vida en el Reformatorio de Adultos de Alicante, con numerosos testimonios, varios documentos inéditos y citando el propio epistolario del poeta.

¿Quién lo rescató del olvido? ¿Los exiliados, los poetas del 50 o tuvimos que esperar a la llegada de la democracia?

He escrito un epílogo de casi cincuenta páginas a explicar cómo se fue gestando la recuperación de su figura desde los años más sombríos de la dictadura hasta su impresionante vigencia actual. Fue una labor paciente, tras su muerte, de muchas personas, pero el mérito principal corresponde a su viuda, Josefina Manresa, quien contó con un apoyo esencial: Vicente Aleixandre.

Hoy es un símbolo de izquierdas. ¿Le molesta esa apropiación o es fiel a lo que él habría querido?

Miguel Hernández se consagró como poeta en la España de su época en el invierno de 1936, con la publicación de El rayo que no cesa, que impresionó no solo a un vate como Juan Ramón Jiménez, sino también a los poetas jóvenes. Alcanzó muy pronto a los grandes poetas de su tiempo.

Posteriormente, en septiembre de 1936, como ser humano, como poeta, como prosista y como dramaturgo abrazó la causa antifascista, a la que fue fiel hasta su último aliento. Resistió con dignidad el chantaje al que le sometieron varios jerarcas de la dictadura, que le ofrecieron insistentemente la libertad a cambio de una adhesión pública al franquismo. Su calvario y su muerte en prisión lo convirtieron, junto con Federico García Lorca y Antonio Machado, en el símbolo de una época y de una causa.

Pero tenemos que ir más allá de los símbolos, los tópicos y los estereotipos para conocer la obra imprescindible de un gran hombre de letras y la vida de uno de tantos jóvenes antifascistas que pagó su compromiso con la muerte.

He intentado escribir una biografía total de Miguel Hernández, que comienza con su nacimiento en aquella Orihuela de 1910, en el seno de una familia dedicada a la actividad ganadera, y concluye no con su muerte, sino con este epílogo que llega hasta la actualidad, en el que hablo de la universalidad que su persona y su obra han conquistado.

Junto con el relato de los avatares de su vida, expongo también cómo y cuándo empezó a escribir sus primeros poemas y dedico un amplio espacio a la gestación y recepción de los cuatro poemarios que llegó a definir (Perito en lunas, El rayo que no cesa, Viento del pueblo y El hombre acecha), el que quedó como un proyecto inconcluso (Cancionero y romancero de ausencias), sus seis obras de teatro (desde el auto sacramental de 1934 a Pastor de la muerte, de 1937) y sus artículos en prosa. También me detengo en los amplios conjuntos que entonces quedaron excluidos de su obra publicada, como la poesía religiosa que incluyó en la revista El Gallo Crisis, que dirigió Ramón Sijé, las diferentes versiones de El silbo vulnerado y las composiciones que reflejan su metamorfosis estética e ideológica desde la primavera de 1935, con especial atención a la influencia de Raúl González Tuñón, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda.

Y voy citando la opinión y el análisis sobre su obra de los grandes especialistas: Juan Cano Ballesta, José Carlos Rovira, Carmen Alemany, Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, Agustín Sánchez Vidal, José María Balcells, Luis García Montero…

Si solo pudiera quedarse con un verso de Miguel Hernández para el resto de su vida, ¿cuál sería?

Permíteme elegir estos dos, de “Eterna sombra”: “Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida”.

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