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El axioma básico de un buen periodista de investigación consiste en contar la verdad hasta donde puedas buscarla. Y encontrarla.
Por Angelo Nero | 21/03/2025
Un periodista de sucesos jubilado escribe su última novela, la más negra y la más personal, haciendo un balance de su vida a la vez que avanza en la trama de un crimen que salpica de sangre, a golpes de hacha, a la política valenciana. En El leñador, Mariano Sánchez Soler, uno de nuestros más prolíficos escritores, desciende a los sótanos de su propio infierno y mezcla, con su habitual habilidad, fragmentos de su propia biografía con los de una investigación detectivesca, a la vez que reflexiona sobre el periodismo de investigación y sobre la corrupción política. Después de haber leído ya unos cuantos -y los que me quedan- libros de este alicantino que se prodiga por igual en el ensayo, en la poesía y en la novela, todavía ha logrado sorprenderme como ningún otro autor, español o extranjero.
Tal vez sea porque también me ha convertido en un personaje de novela en ‘El leñador’. “Todos los personajes de esta novela son reales (aunque algunos son más reales que otros)”, señalas en las primeras páginas de tu libro y en los hechos que relatas. ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción, o de realidad ficcionada?
El leñador relaciona la realidad con la ficción. Como en otras novelas mías, se basa en un conocimiento personal de la realidad. Siempre utilizo hechos auténticos para construir mis libros de ficción. El leñador es, en este sentido mi novela más experimental porque en el relato contrapongo a la ficción el método que empleaba como periodista de investigación hasta que, a través de la novela, se funden en una única historia. Como escritor siempre he pensado que la literatura es más generosa que la vida. En las novelas podemos contar la verdad profunda y hacer justicia, mientras en la vida real la verdad importa bastante poco.
¿Ha pesado más la memoria del periodista o la imaginación del escritor?
Creo que han pesado por igual. Lo que ocurre es que he contado la realidad de un oficio como el periodismo durante los años que lo ejercí, y lo hago a través de una trama novelesca.
El libro comienza con toda una declaración de intenciones: “He pasado mis mejores años tratando de contar la verdad hasta donde fuera posible buscarla, pero la vida es breve y, con su realidad, me persigue”. ¿También te has sentido perseguido, o coartado, en el ejercicio de esa búsqueda de la verdad, a través del periodismo de investigación?
Perseguido, a veces, a golpe de tribunales; coartado, en cierta manera también, pero son gajes del oficio. El axioma básico de un buen periodista de investigación consiste en contar la verdad hasta donde puedas buscarla. Y encontrarla.
¿Hay un cierto ajuste de cuentas en el libro con los que, desde los despachos, te han querido recortar las alas a la hora de escribir?
La novela, más que un ajuste de cuentas es una historia verdadera donde la realidad es mucho más rica que cualquier esquema que tengamos de ella y de los personajes con los que te has ido encontrando en el camino. Las variantes cuando escribes hechos reales son muchas y a veces contradictorias.
Has creado un alter ego, Carlos Albert, para conducirnos a los callejones oscuros de la investigación y para, a través de él, reflexionar sobre una profesión no exenta de peligros. ¿Te has escudado en él para que no te salpique la mugre y la sangre que aflora en la investigación? ¿o ha sido simplemente para tomar distancia al hacer balance de todos tus años de periodista?
Carlos Albert ya protagonizó mi novela Lejos de Orán, hace veinticinco años. Era un periodista en ejercicio, ahora está jubilado. También en esa novela aparecía el inspector Pulido, que yo había creado en mis primeras novelas negras, Carne fresca y Festín de tiburones. Crear un personaje como Albert ha sido fundamental para que el argumento y la denuncia fueran creíbles. Pero sí, Carlos Albert es un alter ego ficcionado de Mariano Sánchez Soler, está vivo y sabe de qué va este mundo corrupto en el que vivimos.
Parece que tuvieras inclinación hacia los crímenes sin resolver, como mostraste en tu anterior libro Una hojarasca de cadáveres, ya que, si no me equivoco, en el crimen que te ha inspirado ‘El leñador’ la investigación en un dique seco, ¿quién se rinde antes, ante la falta de pistas, el periodista o la policía?
Se rinde antes el policía. Es un funcionario que hace su trabajo como puede o como le dejan. Si la investigación no avanza, el caso se archiva, y a otra cosa. Un periodista verdadero siempre busca una historia que contar. Esa es su esencia.
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También hay una reivindicación de los que, como dices en tu libro, “convertimos el periodismo en una militancia comprometida con la verdad”, como Xavier Vinader o Alfredo Grimaldos, ¿qué queda de ese trabajo de investigación, riguroso, honesto y arriesgado, que hacían periodistas como estos en la Transición?
No queda nada o casi nada. Estamos en la era de internet, de los bulos disfrazados de noticias, de los datos sin contrastar, de los falsos intoxicando por intereses económicos o políticos. En la actualidad, periodistas como Xavier o Alfredo no podrían hacer su trabajo como lo hicieron entonces.
En ‘La Transición sangrienta’ desmontaste uno de los mitos fundacionales de esta democracia, y en esta novela aparecen muchas referencias a aquella época, a Yolanda González, a la COPEL, a Rafa Escobedo, a El Nani… ¿crees que la impunidad fue uno de los pilares de nuestra Transición, gracias a que heredamos la policía y los jueces del franquismo?
Más que la impunidad como tal, fue el borrón y cuenta nueva, la “ley de punto final” que significó la amnistía para los criminales franquistas. También ha sido clave que no se rompiera con el pasado y que todos siguieran en sus puestos de poder; que ni siquiera se reformará el aparato del estado franquista y se instalara conscientemente una amnesia colectiva que, al cabo de los años, ha dado este resultado tan penoso que tú citas.
En ‘El Leñador’ está hilvanada con mucha habilidad una novela dentro de una novela, pero, hay mucho más, como una entrevista real que mantuvimos en las páginas de este medio. ¿Por qué decidiste -algo que me sorprendió gratamente- incluir un fragmento de nuestra conversación en tu libro?
Porque en nuestra conversación estaba la esencia de lo que luego convertiría en novela. Era una charla profunda que me permitió decir la verdad en un tiempo como este, en el que casi nadie parece estar dispuesto a escucharla.
La novela tiene también una banda sonora, donde escuchamos desde Pink Floyd a Raimon, pasando por John Fogerty, Camilo Sesto, Van Morrison, Luis Eduardo Aute o los Allman Brothers. ¿Te acompaña la música a la hora de escribir o te vienen la melodías a la cabeza mientras los personajes te dictan sus diálogos?
La música de mi generación me acompaña siempre. Soy un melómano del jazz y el rock and roll. Todos mis libros, mis novelas y mis poemarios tienen música. Como mi vida. La música está presente de manera natural.
La corrupción política y la trama urbanística en la Comunidad Valenciana parecen salidas de la imaginación febril de algún novelista, a mí Rita Barberá y Francisco Camps siempre me han parecido personajes de novela negra. ¿Crees que algún día también leeremos todas las historias que no se han contado sobre la Dana, incluida la de la gestión de Carlos Mazón?
Afortunadamente sí. Como dijo alguien: la mierda flota y la verdad debe saltar siempre sobre la mentira como el aceite sobre el agua. La verdad es el motor de cualquier progreso. De lo contrario, se impondrá un fascismo de nuevo cuño en el que ya están trabajando los psicópatas del poder.
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