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Norman G. Finkelstein sabe que las bombas no son toda la historia. Hay otra maquinaria, menos visible y no menos destructiva: la propaganda.
Por Dani Seixo | 5/11/2026
Los sepultureros de Gaza, de Norman G. Finkelstein, publicado por Akal, es uno de esos libros en los que el pulso del lector debe permanecer firme durante la lectura. Esta no es una lectura que te pueda dejar indiferente, ni tampoco pretende serlo. Se trata de un expediente contra la barbarie, pero también contra quienes, desde sus cálidos despachos, sus tribunales y sus redacciones, han contribuido a levantar el silencio que la protege y oculta ante la opinión pública. Finkelstein no escribe para tranquilizar conciencias, escribe para arrancar las máscaras.
Gaza se dibuja a lo largo de estas páginas como una geografía del exterminio, una tierra donde los hospitales se convierten en escombros fruto del fuego y la barbarie de las bombas sionistas, las escuelas en cementerios y los niños en cifras que los portavoces oficiales pronuncian con una frialdad realmente obscena. Pero el autor sabe que las bombas no son toda la historia. Hay otra maquinaria, menos visible y no menos destructiva: la propaganda. Una fábrica de coartadas que busca transformar al verdugo en víctima, al ocupado en amenaza y a la resistencia palestina en una categoría deshumanizada. Un objetivo de crítica y no de solidaridad internacionalista. Finkelstein examina los argumentos, rastrea las contradicciones, confronta las declaraciones oficiales con los hechos. Hechos que no admiten manipulación, ni opinión. Allí donde el poder fabrica una versión, él coloca documentos que expone claramente ante cada una de las páginas que pasamos. Allí donde los gobiernos ofrecen excusas, el autor devuelve preguntas.
La palabra genocidio no puede convertirse en un eufemismo diplomático ni en una hipótesis eternamente aplazada. Lo que a día de hoy sigue sucediendo en Gaza y comienza a incrementarse también en Cisjordania, exige nombrar la destrucción sistemática de una población, el desmantelamiento de sus condiciones materiales de existencia y la voluntad política que sostiene semejante devastación. El presente libro obliga a mirar más allá del humo, porque detrás de cada ataque hay decisiones militares, acuerdos comerciales, suministros de armas, vetos diplomáticos y complicidades perfectamente reconocibles.
La denuncia más devastadora de Finkelstein alcanza a quienes debían custodiar el derecho internacional. Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional. Todas ellas instituciones nacidas, al menos en su promesa, para impedir que la fuerza se imponga sobre la justicia. ¿Qué sucede cuando sus procedimientos se convierten en laberintos, cuando la prudencia institucional parece tener siempre más paciencia que las víctimas, cuando la legalidad se administra con dos varas de medir? El problema no es la existencia del derecho internacional, sino su aplicación selectiva y la facilidad con que los poderosos consiguen convertir sus obligaciones en simples recomendaciones.
Los funcionarios no son espectadores inocentes de la historia. Tampoco los jueces, los diplomáticos ni los burócratas que confunden neutralidad con inmovilidad. La justicia que llega tarde, que se esconde detrás de tecnicismos o que se acomoda a los intereses de las potencias, corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de abandono. Finkelstein señala en este título esa distancia insoportable entre las declaraciones solemnes y la realidad de una población que sigue enterrando a sus muertos.
Estados Unidos y buena parte de Europa han pronunciado palabras de preocupación mientras sostienen relaciones políticas, militares y económicas con el genocida sionista responsable de la devastación. Sus discursos humanitarios tienen el tamaño de una venda sobre una herida que todavía sangra. Los grandes medios tampoco salen indemnes, la selección interesada de las imágenes, la descontextualización histórica, la jerarquización de unas vidas sobre otras y la repetición disciplinada del vocabulario oficial forman parte de una batalla por el significado. No basta con bombardear una ciudad, también hay que disputar el relato de sus ruinas.
Quizá la mayor virtud de este título sea combatir el olvido antes de que el olvido se convierta en otra victoria del poder. Porque los pueblos también pueden ser asesinados dos veces, primero mediante las armas y después mediante la manipulación de su memoria. Contra esa segunda muerte se levanta Finkelstein. Sus páginas recuerdan que los crímenes no desaparecen cuando dejan de ocupar las portadas, que la impunidad no es un accidente y que la memoria puede ser una forma de resistencia.
Leer Los sepultureros de Gaza significa aceptar una responsabilidad. Un libro que devorarás rápidamente pese a la amplitud del estudio. No basta con conmoverse ante las fotografías ni con compartir durante unos días la indignación de las redes. Nuestra tarea consiste en mirar de frente las estructuras que hacen posible la barbarie, reconocer a sus beneficiarios y exigir que quienes la han sostenido respondan por sus actos. La monumental investigación de Finkelstein nos coloca ante un espejo incómodo. Gaza no pregunta únicamente dónde estaba el mundo mientras caían las bombas, pregunta qué hizo el mundo con lo que sabía. Y nos pregunta también a nosotros: cuando la historia señale a quienes permitieron este horror, ¿podremos decir que fuimos simples espectadores? ¿O descubriremos, demasiado tarde, que nuestro silencio también formaba parte del paisaje de los sepultureros?
Este libro se ha escrito para desenmascarar las mentiras y restablecer la Verdad. No salvará vidas. El genocidio en Gaza ha ido demasiado lejos. ¿Es entonces inútil? Para los muertos, sí. Pero para los vivos, no. La exigencia planteada en el prólogo sigue en pie: no solo los responsables en Israel, también sus cómplices en las altas esferas -todos ellos con las manos manchadas de sangre-deben rendir cuentas. Aun así, a la luz de la enormidad de lo que Israel ha infligido a Gaza, sería una recompensa insignificante.
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