Las voces que Galindo no pudo callar

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Por Angelo Nero

Hace ahora veinte años, fue en enero de 2001, Pepe Rei era detenido por orden del juez Baltasar Garzón, que ordenó la clausura de la revista que dirigía el periodista gallego, Ardi Beltza, La Oveja Negra, por el atrevimiento de nuestro paisano, un verdadero adelantado en el periodismo de investigación en todo el estado, por publicar bajo ese sello la primera biografía, obviamente no autorizada, del monarca Juan Carlos I, “Un rey golpe a golpe”. El libro fue escrito por otra gallega, la periodista Rebeca Quintáns, que tuvo que firmar con un seudónimo entonces, por miedo a ser señalada como objetivo por los sectores más reaccionarios del régimen, y ser linchada mediática y judicialmente, o algo peor. Pepe no se amilanó con su detención, -a pesar del silencio cómplice de los medios y del boicot de las distribuidoras, el libro llegó a vender 50.000 ejemplares- y a su salida de prisión, cinco meses más tarde, puso en marcha un nuevo medio, Kale Gorria, Barrio Rojo, que no tardó en situarse en la mira del juez que, con el tiempo, sería recordado por la prensa oficial como gran defensor de los derechos humanos. Tuve la honra de ser suscriptor de ambas publicaciones, que conservo como testimonio de aquellas valientes iniciativas periodísticas.

Ahora estamos acostumbrados a leer reportajes –no tantos, tampoco- sobre las cloacas del estado, sobre la corrupción de los políticos e incluso de la monarquía, pero entonces pocas voces se atrevían a publicar artículos de investigación, o incluso de opinión sobre estos temas. Pepe Rei era uno de esos periodistas, apasionados de su oficio, que se metían en los callejones más oscuros de la información, sin importarle lo que podía aguardarle en ellos. Se había iniciado en el diario vigués El Pueblo Gallego, ya desaparecido, y en 1988 se incorporó, después de su paso por varios medios, como Interviú, al diario abertzale Egin, del que llegó a ser su jefe de redacción.

En 1997 fue detenido, acusado de proporcionar información a ETA sobre posibles objetivos del grupo armado, aunque finalmente fue absuelto, y al año siguiente, en uno de los episodios más tristes de la prensa contemporánea en el estado, Garzón –el empeño del juez con Euskaherria era notable- ordenó el cierre cautelar de Egin. Diez años más tarde los tribunales resolvieron que la actividad del diario, y de su radio, Egin Irratia, eran licitas, aunque se habían quedado sin medios para reabrirlos. Más de doscientos trabajadores se fueron a la calle, Xabier Salutregi, el director, fue condenado a doce años de prisión, y Teresa Toda, la subdirectora, a diez, cumpliendo finalmente siete y seis años de cárcel. Pero no pudieron callar a la prensa abertzale, que enseguida sacó adelante un nuevo proyecto editorial, Gara, que continúa hasta nuestros días.

A Pepe no consiguió apartarle de las trincheras del periodismo la (in)justicia española, por muchos intentos que tuvo –cuatro detenciones, ninguna condena- sino un grave accidente de circulación que le dejó graves secuelas, en 2002. Es obligado reivindicar su docena de libros de investigación, publicados por la editorial Txalaparta –que también intentaron cerrar, afortunadamente sin éxito-, entre los que cabe destacar “El jesuita”, sobre Xabier Arzalluz, “El periodista canalla”, “Egin investigación”, “La cloaca vasca”, “Carabanchel”, sobre su estancia en prisión, o “Garzón, la otra cara”, donde desnuda y señala todas sus oscuras conexiones con el poder, al juez que lo persiguió de una forma enfermiza.

Pero hoy quiero recomendar, para aquellos que desconocen la obra del periodista gallego, y que todavía no han leído nada de él, dos de sus libros, estrechamente ligados: “Intxaurrondo, la trama verde”, y “La Red Galindo”. Inicialmente este artículo pretendía hablar de Enrique Rodríguez Galindo, recientemente fallecido por coronavirus, pero creo que la mejor necrológica es volver a leer a Pepe Rei, ya que nadie ha investigado tan a fondo a este general de la guardia civil, que se nos presentó como adalid de la lucha antiterrorista, y que fue condenado, finalmente a 75 años de cárcel, por el secuestro y asesinato de Lasa y Zabala, y su pertenencia a los GAL, una de las muchas siglas bajo las que actuaba el terrorismo de estado en la llamada guerra sucia.

El mismo Pepe Rei escribía sobre su obra: “Está claro que La Red Galindo ha sido una de las armas más letales que la guardia civil utilizó en nombre del estado español contra la izquierda independentista vasca. Y tampoco son palabras mías, las corroboró el narco Vedat Çiçek delante del titular del juzgado de instrucción nº 1 de Donostia: La guardia civil introdujo la heroína en Euskalherria por motivaciones políticas contra la juventud de este pueblo”. La justicia española persiguió al periodista gallego, una vez más, por la publicación del libro sobre la trama que dirigía el general Galindo desde el cuartel de Intxaurrondo, y lo condenó, junto a la editorial Txalaparta a pagar cinco millones de pesetas, en el año 2000, porque resultaba “indiscutible” que el “objetivo primordial» del libro «no podía ser otro que el de dar a conocer la implicación del demandante, como personaje real o principal, en una red de actividades de narcotráfico, contrabando y prostitución”.

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Otra obra a reivindicar es “’Intxaurrondo: la sombra del nogal”, del escritor y director artístico Ion Arretxe, que recoge su detención, junto a Mikel Zabaltza, en noviembre de 1985, y las torturas que sufrió en ese cuartel durante diez días, hasta que quedó en libertad sin cargos. Mikel Zabaltza no tuvo tanta suerte, y su cuerpo apareció flotando en el Bidasoa, un crimen por el que, 35 años después nadie ha sido juzgado. Así contaba Arretxe en un artículo su primer encuentro con el general de la guardia civil:

“Alguien importante entró en la estancia. Lo noté enseguida. Tal vez por el silencio que se produjo a su alrededor, o por la manera servil con la que le recibieron. Se puso frente a mí… Me quitó el capirote…

“¿Tú sabes quién soy yo?”, me preguntó. “Sí. Usted es Galindo”.

“¿Me estáis haciendo algún seguimiento los de tu comando, o qué?”

“No, nada de eso”. “Entonces, ¿por qué me conoces?”

 “Lo conozco de verlo en la tele…”

Me agarró de los huevos y me los retorció. “Aquí te hemos traído para que nos cuentes cosas… Así que no nos hagas perder el tiempo y vete hablando, chaval… porque si no, te retorceré los cojones hasta reventártelos”. Me apretó los testículos y me dejó doblado. Volvió a colocarme el cucurucho y se marchó.

Así fue como conocí en persona al tantas veces laureado comandante Galindo.

Los tres días que pasé en el cuartel de Intxaurrondo no estuve en ningún calabozo. Me tuvieron en un piso, sentado en una silla, sin poder dormir. Por la noche, un guardia me zarandeaba y me echaba agua en la cara cada vez que me vencía el sueño. Desde donde yo estaba, oía la televisión de los otros pisos y a los hijos de los guardias bajando por la escalera camino del colegio. Y en mitad de un interrogatorio, podía aparecer la mujer de uno de ellos para resolver cualquier cuestión doméstica.”

En “La sombra del nogal”, publicado por El Garaje Ediciones, Ion Arretxe hace un relato pormenorizado de su detención y de las torturas a las que fue sometido. Torturas que quedaron en la más absoluta impunidad, como las miles que se denunciaron a lo largo de estos cuarenta años de “democracia”, y cuyos culpables siguen siendo señalados por los libros de Pepe Rei e Ion Arretxe, voces a las que Galindo no pudo callar.

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