Las etapas de la vida

Por Iria Bouzas

Estoy en esa etapa de la vida en la que te conviertes en el cuidador y resolutor de la familia. En algún momento, sin que seas consciente del todo, la generación que te precede comienza su vejez y te dejan a ti al frente sin que tengas tiempo a darte cuenta de qué ha pasado.

De pronto te despiertas un día ejerciendo el rol que siempre había pertenecido a tus padres y ni eres capaz de identificar cuando se produjo el “traspaso de carteras” ni eres capaz de decidir si querías ese puesto. Simplemente sucede.

Cuando eres niño, el mundo fluye a través de ti. El tiempo es infinito y saltas de etapa en etapa mientras, sin saberlo, cada experiencia que vives se te va quedando grabada a fuego en alguna parte más o menos consciente de tu cerebro.

No me pregunten qué comí hace dos días. O dónde estaba el último sábado por la mañana. No puedo recordar apenas nada de mi vida en los últimos tiempos, pero soy capaz de recordar cómo olía el verano de mi infancia o de ver en mi mente cómo eran las delicadas manos de mi abuela que me arropaban amorosamente.

La infancia no es solo una época de la vida (que ahora sé que dura poquísimo tiempo) es también un mundo que se crea y permanece en nosotros. Un mundo que de adultos puede convertirse en un refugio si ha estado llena de amor, comprensión y juegos o que puede transformarse en una cárcel que nos aprisione si nos la han destrozado a base de daño y maltrato.

Mis primos y yo pasamos juntos la niñez. Mi felicidad era que llegase el fin de semana o las vacaciones para irme a su casa y pasarme el día con ellos. Recuerdo cómo empezamos a sentir la llegada de la adolescencia y como alargamos un poco más nuestro tiempo como niños mientras decíamos constantemente “somos unos críos” porque no queríamos crecer. No teníamos ninguna prisa por hacerlo. Creo que sabíamos que nos estaban expulsando de un universo lleno de magia al que no iban a dejarnos volver nunca.

No queríamos crecer, pero crecimos.

Llega el momento en el que has dejado de ser niño, pero tampoco eres un adulto. Eres solo un ser que se autopercibe como único y que se convierte en el centro del universo conocido.

Eres un adolescente.

En ese momento estás programado genéticamente para abandonar a tu familia y formar otra pero la evolución humana y el desarrollo de la sociedad hacen que eso todavía sea inviable, así que no te queda más remedio que rebelarte contra aquellos que te han criado mientras formas una nueva familia virtual en los grupos de amigos con los que socializas.

No voy a escribir demasiado sobre la juventud. La mía fue tan inconscientemente feliz que la tengo absolutamente idealizada como una especie de paraíso vital que me provoca un dolor permanente en la memoria. No se puede vivir en un mundo de adultos habiendo sentido tanta felicidad sin romperte un poco por dentro cuando rememoras su pérdida.

La juventud, cómo todas las etapas de la vida, es frágil y puede terminar de muchas maneras.

Para algunos termina con la entrada en el mercado laboral, para otros con la independencia económica. Algunos la dejan atrás por un desamor o recién asumida la paternidad. Sea como fuere, aunque parece incluso más eterna que la infancia, la juventud también se va.

Y aquí nos encontramos en mi estado vital actual, la etapa adulta.

Esa en la que, salvo que seas un desastre humano infantilizado, ya no puedes ir corriendo a que nadie te resuelva los problemas o te cure las pupas. Estás en la etapa en la que son los demás los que vienen corriendo hacia ti para reclamar esa resolución de problemas y esa gestión de pupas.

Y lo haces.

Supongo que habrá casos y casos, pero estoy convencida de que la mayoría llegamos la madurez pensando que no tenemos ni pajolera idea de lo que estamos haciendo.

Algunos nos convertimos en padres y madres aparentando tener todo bajo control cuando la mayor parte del tiempo estamos apagando un fuego tras otro funcionando cada día en “modo pánico” y rezando a quien se nos ocurre para no cagarla demasiado.

Estás en la etapa en la que, además, los padres empiezan a envejecer y con ello a enfermar. Las personas que representaban los puntales, aquellos que tenían el poder absoluto de solucionar cualquier tipo de problema, se muestran como seres vulnerables qué necesitan de tu ayuda.

Entonces la revelación de una verdad te abofetea en la cara. Te vuelves consciente de que es más que probable que mientras tú creías que todo lo podían y que eran los que tenían la vida bajo control, ellos estuvieran también funcionando como podían sin estar seguros en ningún momento de hacer las cosas bien.

De la vejez, qué es la siguiente etapa que si hay suerte y llego viviré dentro de unos años, no puedo hablar porque no la conozco.

Cada parte de la vida tiene sus cosas malas y buenas, pero hay que pasarlas.

Hay que ser niño y serlo el tiempo suficiente como para poder dejar de serlo y convertirse en adolescente cuando llegue el momento.

Hay que haber sido joven para poder entrar en la madurez y hacerlo de una forma equilibrada.

No se pueden saltar etapas y mucho menos se debería permitir a nadie robárselas a otros.

Vemos a niños absolutamente neurotizados por padres que pretenden hacer de ellos pequeños ejecutivos haciendo que su infancia desaparezca prácticamente antes de haber empezado.

Hay chicos y chicas que llegan a lo que debería ser su despertar a la adolescencia absolutamente quemados y desganados de la vida. Antes de terminar el instituto ya han vivido, mal y sin sentido, las experiencias que por lógica deberían sucederse a un ritmo mucho más lento. Y así, lo único que les queda por delante en la vida es la falta de ilusión por llegar al siguiente paso del camino.

Tenemos a jóvenes a los que la situación económica o de sobreprotección les convierten en viejos prematuros o en eternos adolescentes.

Y por fin, estamos los adultos, muchos infantilizados otros con un pie emocional en la tumba, pero pocos viviendo esta etapa con todo lo que conlleva.

Esta sociedad está enferma y por ello nos está enfermando a todos.

Unas exigencias y una organización totalmente disfuncional que nos vuelve a todos unos seres disfuncionales.

Últimamente se viene hablando mucho de la posibilidad de retrasar la edad de jubilación. Este es la enésima prueba de que mi teoría es cierta.

Esta estructura social nos necesita productivos casi desde la cuna, y por ello termina convirtiendo a niños en seres pequeñitos que viven en función de una agenda y que están estresados antes si quiera de saber qué significa la palabra “estrés”.

Una sociedad que no nos deja ser niños pero que luego nos necesita infantilizados en las siguientes etapas de la vida para que no seamos adultos funcionales capaces de consumir con criterio ni exigir con ese mismo criterio.

Y para rematar, parece que el monstruo este insaciable de sociedad que tenemos tampoco nos va a dejar ser viejos. Por lo visto el plan es seguir hasta el último suspiro produciendo y siendo esclavizados por el sistema.

¡Produce, consume o revienta!

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