Las bodas se han convertido en patrocinadoras del sistema capitalista y en asesinas del amor

Por Marta Herrera

Las formas contemporáneas de ostentación y lujo que son las bodas no son más que una mercantilización del amor y un nuevo triunfo desmedido del sistema consumista.

Bodas. “El día más feliz de tu vida”. Ese día incluye niños que, no comprendiendo muy que hacen, desfilan muy elegantes con las arras. Novias con vestidos cuyos precios, con suerte, duplicarán el sueldo de un mes de un trabajador medio. Comilonas salvajes que impiden a los invitados moverse y alcohol para garantizar resacas de 3 días. Fotógrafos en medio de todos los momentos felices. Regalos especiales a los padres, abuelos, hermanos, ciertos amigos y regalos para todos los invitados. Un photocall, recena, y un etc. maravilloso de detalles y sutilezas. Espera, ¿Dónde está el amor en todo esto?

Las bodas (y sus primos los bautizos y comuniones) son las representantes de un dios salvaje llamado “Capitalismo”. Ese señor cuyos valores supremos son la ostentación, el demostrar o aparentar felicidad, el impresionar, el apabullar, el gasto desmedido. Porque, ¿quién va a ponerle precio al amor verdad?

Las bodas son la ilustración de la mercantilización y banalización del amor. Bajo el amparo de hacer felices a los novios, porque es su día, los invitados se esmeran (en su gran mayoría) por lucir trajes adecuados, peinados acordes y, por supuesto, regalos al nivel. Por un lado, muchos invitados han costeado caras y desproporcionadas despedidas de soltera/o. Por otro lado, no contentos con esto, ya ha llegado ese punto en el que se da dinero como regalo “para ayudar a costear la boda”. Pero ¿por qué se costea la boda?

Ver que los novios ponen el número de cuenta en la propia invitación es la consecuencia evidente del triunfo del capitalismo.

Originalmente, en las bodas se regalaba para ayudar a los novios en su nueva vida juntos, pero el evento ha llegado a tener tal desproporción que lo único que se hace con el dinero del regalo es pagar el evento. Y con suerte, parte del viaje de novios. Que por supuesto no es un viaje discreto ni a Canarias, sino que probablemente incluirá variados destinos exóticos en hoteles de lujo en países pobres. Ver que los novios ponen el número de cuenta en la propia invitación es la consecuencia evidente del triunfo del capitalismo. Los novios se quieren y son muy felices en su amor, pero los invitados deben costear ese amor capitalista.

¿Por qué vuestro amor cuesta tanto dinero a tanta gente? ¿Qué os han hecho? Obvio y evidente que nadie pone una pistola al invitado para que regale, invierta en arreglarse o para que se coma el banquete romano y se emborrache, ¿pero somos capaces de asistir a este evento sin colaborar?

El dinero es la consecuencia más evidente del capitalismo en las bodas, que muchas veces costean los padres porque los novios no pueden asumir solos. ¿Qué sentido tiene celebrar algo que no se pueden permitir? ¿Tal necesario y fundamental es demostrar que os queréis?

¿Quién disfruta de la boda si todos los presentes son disparados a flashazos durante todo el día? ¿Si hasta los momentos de lágrimas tienen un objetivo observando?

La boda es en muchas religiones y tradiciones un festejo del amor, pero el amor muere en estos eventos. Se acribilla a fotos a los novios: fotos preparándose, vistiéndose, maquillándose, peinándose, en la ceremonia (¡con video y todo!) y, finalmente, una sesión eterna a los novios durante el cóctel y otra con los invitados, que son llamados a posar para la “foto de familia”. ¿Quién disfruta de la boda si todos los presentes son disparados a flashazos durante todo el día? ¿Si hasta los momentos de lágrimas tienen un objetivo observando?

Finalmente, dejando de lado costes económicos y fotógrafos dicharacheros, quedan los trajes con corbata y los vestidos con tacones. Esa indumentaria tan proclive a la comodidad que en ningún caso jamás se ha visto que termine con corbatas en las cabeza y mujeres descalzándose a escondidas y cambiando el zapato.

El sinsentido de la apariencia, el sobrecoste de algo superficial y pasajero y la banalización del amor en fotos con sonrisas perfectas se unen en el siglo XXI para sostener el monstruo capitalista que nos ordena. El capitalismo dice como amar, que comida ofrecer, cuando sonreír y cuánto pagar. Quizás habría que valorar que si el amor tiene precio, y se paga, en realidad se está matando a la libertad de amar para patrocinar y mantener al sistema.

 

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