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El decrecimiento, lejos de ser una solución emancipadora, perpetúa las desigualdades al no desafiar la estructura de poder del capitalismo.
Por Oriol Sabata | 26/07/2025
En los últimos tiempos, la teoría del decrecimiento ha ganado fuerza en ciertos círculos como respuesta al consumismo desmedido y al deterioro ambiental provocado por el capitalismo, planteando una reducción generalizada de la producción y el consumo con el objetivo de garantizar una mayor sostenibilidad y bienestar social.
Sin embargo, a pesar de que puede tratarse de una propuesta bien intencionada, esta teoría se convierte en una trampa que, en la práctica, agrava las desigualdades sociales y perjudica principalmente a la clase trabajadora, mientras la clase dominante mantiene intactos sus privilegios.
Una ilusión igualitaria
Aunque algunos autores decrecentistas como Carlos Taibo o Giorgos Kallis hablan abiertamente sobre la necesidad de superar el modo de producción capitalista, la corriente hegemónica de este pensamiento se limita a plantear una reducción generalizada de la actividad económica para alcanzar la sostenibilidad bajo el paraguas del mismo sistema. Para ello, aboga por «economías locales, sostenibles y centradas en el bienestar humano».
Sin decirlo de manera explícita, los decrecentistas nos venden una especie de capitalismo reformable, «de rostro humano», obviando que la raíz del problema es precisamente el modo de producción capitalista y su naturaleza desigual, consumista y depredadora.
Resulta sorprendente que el decrecentismo exija la misma responsabilidad a la clase trabajadora que a la clase dominante capitalista. Mientras los trabajadores, que dependen de sus salarios para sobrevivir, sufren directamente las consecuencias de una economía en contracción (precariedad, desempleo, pobreza), la clase dominante, con su acumulación de riqueza a través de la plusvalía generada por la explotación de los trabajadores, no se ve obligada a sacrificar su nivel de vida y sus privilegios.
Por ello, el decrecimiento, lejos de lo que pregona, amplia en la práctica aún más la brecha de desigualdad social. Porque la teoría del decrecimiento no aborda esta asimetría estructural, obviando que estamos en una sociedad atravesada por las clases sociales.
Al proponer una solución «universal» sin cuestionar la distribución del poder y la riqueza, termina legitimando un escenario donde los más vulnerables cargan con el peso de la austeridad, mientras la élite permanece intacta.
El decrecimiento parte de una premisa válida: el modelo de producción capitalista es insostenible y depredador. La sobreexplotación de recursos naturales y la generación de desigualdades son consecuencias directas de un sistema orientado a la acumulación de riqueza en pocas manos. Sin embargo, la solución no pasa por reducir indiscriminadamente la producción, sino por transformar precisamente el sistema y quien controla esos medios de producción. Todo, orientado a un modelo sostenible y con el objetivo de satisfacer las necesidades de la clase trabajadora.
Los trabajadores no deben caer en la trampa del decrecimiento ni aceptar una austeridad disfrazada de virtud ecológica. Su lucha debe centrarse en mejorar sus condiciones materiales: salarios dignos, empleo estable, acceso a vivienda, salud y educación. Estas demandas no son compatibles con un modelo que aboga por la contracción económica, sino con uno que transforme radicalmente el sistema de producción capitalista. La alternativa al decrecimiento es una economía planificada y democráticamente controlada, donde los recursos se distribuyan según las necesidades colectivas y no según los intereses de una minoría privilegiada.
El decrecimiento, lejos de ser una solución emancipadora, perpetúa las desigualdades al no desafiar la estructura de poder del capitalismo. La clase trabajadora no debe resignarse a un futuro de escasez, sino pelear por un sistema que garantice condiciones materiales dignas. La verdadera alternativa no es decrecer, sino transformar el actual sistema de producción, que sí es insostenible.
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