Ser feminista y tener pareja

Por Marta Herrera

El primer tema de conversación con el que conocí a P fue sobre el feminismo. Partíamos de lo que consideraríamos unas buenas bases educativas (de corte progresista, abierta…), ambos nos considerábamos feministas, comprometidos, en activo, etc. Todo aparentaba tener un marco conceptual muy bueno.

Uno de los primeros problemas con los que choqué fue con el quién paga qué. Lo recuerdo no porque fuera una gran cantidad de dinero, si no por el dilema que me suponía que él me pagara algo sin consultarme. Aquello acabó en una conversación muy larga que en fondo tenía más que ver con el uso del dinero que con el machismo, pero que me sirvió para pedirle que me consultara todos los pagos que fuera a hacer que tuvieran que ver con ambos, que no los diera por sentado nunca más.

Si cuento esto fue porque aquel detalle tan tonto de preguntar, pero tan tajante,  pronto nos llevó a que yo todo lo veía machista y él se sentía atacado por mis críticas constantes. Así llegó la segunda gran conversación. Tuve que explicarle y reconocer que mi posición era de constante combate porque el entorno en el que me muevo y la sociedad en la que vivimos son machistas. Pero es que, además, yo he elegido exponerme públicamente, hacer micropolítica y educar cuando considero que alguien quiere aprender. Y aquello le volvió loco. No podía comprender que “todo” fuera machismo, que siempre hubiera algo oculto. Fue muy frustrante compatibilizar mi lucha con mis sentimientos por él. Pero, sobre todo, él no entendía como siendo él feminista yo podía ver tantos errores en sus conductas. Era un continuo choque.

Opté por que leyéramos el mítico “Calibán y la bruja” juntos para destripar la historia del machismo y que él entendiera todo desde los cimientos. Yo no digo que cada ser humano deba ser un experto en historia del feminismo, pero creo firmemente que es muy difícil comprender la situación de la mujer, sin todo el contexto y sin formación en feminismo. Suena prepotente y quizás exagerado, pero sin fundamentos la lucha es superficial.

P siguió peleando mucho conmigo, intentaba empatizar pero mostrándome sus afectos desde su posición de hombre (preguntándome a diario si estaba bien, acompañándome a casa sin preguntarme si yo necesitaba o era peligroso volverme sola, usando su coche cuando yo también tengo…) hasta que descubrió que, como todas y todos, él también había sido programado para cumplir un rol: de protector, de cuidador, fuerte, seguro, convencido, con el poder de la relación, sin necesidad de mostrar sus emociones por no mostrar debilidad. Sentía la carga de cuidarme como forma de mostrar afecto y literalmente dijo sentirse “aliviado” cuando le pedí que dejara de sobreprotegerme.

El problema residía en que no entendía como querer lo mejor para mí podía estar limitándome, si él era feminista. Sólo a través de una expresión muy sincera de mis emociones logré convencerle de que nuestra relación no era una lucha de roles, que éramos dos sumando, no unificándonos, que estábamos creando un tercer espacio, no hueco en los espacios del otro. Que su manera de quererme debía ser expresándolo, manifestándolo, usando sus palabras. Nos educan en que el hombre es frío, cerrado, no debe expresarse, ellos son así y no “les sale”. Pues que les salga.

“Cuando eres feminista y tienes pareja tienes la obligación de romper convenciones”

No he mencionado que yo tuve y aún tengo miedo a la dependencia, a hacer que esta relación me facilite y termine usándole para mi vida en términos egoístas. Esa es la gran lucha que aún vivo como mujer educada en tener un príncipe azul que me rescate del castillo. Para ello estoy realizando introspecciones y analizando mis miedos con técnicas, libros, terapias que recomiendo muy encarecidamente.

P no es perfecto, yo muchísimo menos, y nos queda mucho camino. Pero lo que quiero transmitir no es tanto nuestras vivencias si no que siendo feministas la lucha interior de quienes elegimos una relación de pareja “clásica” debe aumentar. Considero que deben replantearse todas las decisiones a diario y, sobre todo, hacer un trabajo de autoconocimiento ambas partes.

Ser feminista y parte de una institución tan clásica como es la pareja, y sobre todo la familia, debe suponer un ejercicio extra por destruir toda una serie de criterios y pautas clásicas que nos han ido transmitiendo. A modo de ejemplos: tenemos conceptos del amor absolutamente egoístas, dependientes, que la pareja ayude en nuestras ocupaciones, pretendemos que se faciliten las rutinas en lugar de romperlas, la mujer es una sentimental, el hombre es frío, las mujeres queremos regalos, los hombres son muy activos sexualmente y siempre les apetece…

Esa necesidad de pareja surge de la creencia de que somos incompletos sin alguien que nos quiera románticamente y de que alguien debe salvarnos y, además, a las mujeres se nos debe salvar porque tenemos salarios menores, nos violan, nos matan, etc.

En el fondo se trata de detectar todas esas pautas románticas en las que se “muere por amor” y hay que “ser caballeros y princesas”. El amor romántico mata la naturalidad y, sobre todo mata la originalidad de la mujer a base de criterios estéticos. Más pedos y menos pintalabios en las relaciones.

Queridos feministas y otros seres: pongamos en tela de juicio todo lo que pensamos que es correcto, vayamos a los porqués, formémonos constantemente. No encajemos vidas, creemos espacios. Cualquier tipo de ser feminista debe luchar dentro de su propia relación por otro tipo de relaciones, que no encajen en estereotipos, que sean únicas. Lo contrario es seguir en el convencionalismo y perpetuar el sistema. Sólo el cuestionamiento constante romperá las convicciones actuales y acabará con los roles y modelos.

Las parejas heterosexuales y cerradas son las más peligrosas porque somos las relaciones más típicas y conocidas, las más fáciles de juzgar y sobre las que más pautas hay. Corremos el riesgo de transmitir las ideas románticas mucho más rápido que quienes practican el poliamor, las relaciones abiertas o simplemente homosexuales (aunque ninguna relación está exenta de pautas machistas).

Mi último mensaje para las mujeres: no reivindiquéis a vuestras parejas desde el “ataque”, simplemente transmitir a vuestro compañero que está ocupando un espacio personal vuestro y que no os está protegiendo, si no ahogando.

Mi último mensaje para los hombres: ninguna mujer os necesita, ni vosotros nos necesitáis. Crear sentimientos desde el respeto absoluto y preguntar, preguntar mucho y transmitir aún más.

3 thoughts on “Ser feminista y tener pareja

  • 26/11/2018 at 5:07 am
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    Luis: Si no hay necesidad de usar maquillaje, por qué en algunas ocasiones decidimos usarlo? Porque nos gusta y porque nos hace felíz, punto. Así, hay muchos ejemplos más. La sociedad y el sistema cada día nos inventa nuevas “necesidades” y la verdad es que se puede ser felíz viviendo simplemente, teniendo pocas cosas, siendo y dejando ser a los demás.

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  • 01/06/2018 at 7:06 pm
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    Dice: “Mi último mensaje para los hombres: ninguna mujer os necesita, ni vosotros nos necesitáis.”

    Si no hay necesidad ¿para qué tener pareja? No tiene sentido.

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    • 26/11/2018 at 6:48 pm
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      Suena coherente el comentario Luis, sin embargo yo definiría (si la autora no me corrige), que la pareja se establece no por una necesidad, sino como un complemento cuyo objetivo es alimentar la calidad humana y sumar emociones, sentimientos, éxitos y metas personales como en conjunto.

      No obstante lo anterior, solo quisiera realizar el siguiente comentario personal y externar una situación desde mi experiencia en el tema. Los hombres con los que hoy conviven las mujeres, no somos corresponsables ni responsables del abuso a las mujeres y sus derechos durante las décadas pasadas (sería “culparnos” por situaciones ocurridas incluso antes de nuestra concepción), somos responsables sobre lo que hoy en día como individuos hacemos y replicamos en todos las esferas sociales.
      Es claro de muchos pudimos haber sido formados con muchas de las bases “machistas”, esterotipos y roles errados en la dinámica social de géneros; pero contamos con autonomía de pensamiento y la capacidad de reconstruir (a voluntad) criterios por lo tanto, existimos hombres con la capacidad mental, la disposición total y la convicción de defender los derechos de niñas, niños, adolescentes, mujeres y hombres, abogar por una igualdad social, laboral y familiar. Existimos hombres con la apertura a entender lo que aún no alcanzamos a ver y, con el apoyo de aquellas personas que conducen este tipo de movimientos y estudiando por nuestra parte, se podrá alcanzar a un mediano plazo, esos objetivos que enriquecerán a las sociedades.
      Lo que llega a ser un obstáculo (bien sabido), es la resistencia a la ruptura de paradigmas fuertemente arraigados por las tradiciones y la cultura donde los esterotipos y roles errados en la dinámica social de géneros son incluso bases familiares aceptadas e incluso impuestas para sus integrantes contribuyendo a la permanencia de dichos estigmas.
      Aunado a lo anterior y, como factores de deterioro y desgaste a los resultados esperados del proceso de evolución social en la materia; la violencia e intolerancia que se llega a dar hacia los hombres que pretendemos interiorizar estas premisas fundamentales es avasallante y a la vez preocupante.

      En mi caso personal (y por experiencias compartidas similares), he tenido la fortuna de conocer a una gran mujer, en toda la expresión de la palabra. El término lo ocupo, no por su apariencia o poder adquisitivo, sino por la pasión en sus acciones, la voluntad de su pensamiento, la fortaleza ante las adversidades, su profesionalismo laboral intachable y la entrega a sus ideologías y si, es partidaria del movimiento feminista.
      Yo por el contrario, no me encontraba estudiado con el movimiento, sus orígenes ni objetivos, pero tampoco predico muchas de las creencias machistas, y digo muchas, por que de alguna manera tengo vestigios de algunos dogmas fincados en instituciones como el hogar, la escuela y la sociedad en las que aún debo trabajar.

      De alguna mágica manera, nos conocimos y al paso de los instantes se formalizó una inspiradora relación basada principalmente en la comunicación (como pilar fundador); pero al paso de los dias y semanas las situaciones comenzaron a tornarse (gradual pero constante) en incómodas e insostenibles. La razón de este cambio fue, principalmente la intolerancia, el señalamiento y el orgullo. No hablo de cuestiones de grandes dimensiones, sino de pequeños detalles cuyo desentrañe impactaban de manera negativa las discusiones que se generaban. Para ejemplificar, al momento de entrar a cualquier establecimiento y encontrarme del lado de la bisagra de la puerta, anatómica y ergonómicamente era conveniente que yo abriese la puerta y le cediera el paso; a lo que rápidamente se disparaba el comentario discriminatorio etiquetando mi actuar de “machista”, argumentando que ese tipo de acciones indicaban una minusvalía inexistente hacia ella.
      En otro momento, y bajo un contexto de alegría y euforia emocional, me nació decirle “mi cachetonsita hermosa”; lo cual detuvo contundentemente el momento y se vió transformado en molestia, al señalarme que no volviera jamás a decrile así, ya que es una acción de “violencia”. Confundido con lo sucedido, pedí me explicara para poder entenderle y de esta manera interiorizar profundamente su idea al respecto; pero no recibí la respuesta esperada, fui señalado nuevamente de “machista” y que no era mi “culpa”, sino que asi era y jamás cambiaría. Ese orgullo y señalamiento, causaron gran molestia e indignación en mí, ya que mi principal intención con el “sobrenombre” no venía cargado de ningún tipo de intención violenta o agresiva hacia ello o a alguna mujer, pero si este no fue de su agrado, considero que tengo la suficiente capacidad y madurez para respetar lo que pueda racionalmente, generarle incomodidad.
      De acuerdo con Óscar Galicia, investigador del Departamento de Psicología de la Universidad Iberoamericana “Decirle al ser amado un sobrenombre es para dejar en claro que no eres cualquier persona, eres especial. Con esto se crea intimidad, armonía y una respuesta positiva en la relación. Tú no eres “Claudia”, “Tania” o “Mariana”, eres única. Al hacer esto, las parejas cambian el significado de lo que eres en términos de una relación, es decir, dejas de ser esa persona que todo mundo conoce para ser alguien más para mí”, explica el también experto en manejo de emociones.

      Con estas reflexiones personales, solo es mi deseo que las mujeres y hombres que sean y quieran ser motor de cambio para erradicar el machismo, los esterotipos y roles errados en la dinámica social de géneros, sean mas consientes de que la violencia, la intolerancia, el señalamiento y el orgullo hacia aquellas personas cercanas y empáticas a los principios del movimiento; causarán el efecto contrario.

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