La tibieza del feminismo español: cuando incomodar a los hombres se convierte en un problema

El patriarcado no solo se sostiene mediante la resistencia masculina, sino también cuando las mujeres aprendemos a vigilarnos, corregirnos y castigarnos entre nosotras por ser demasiado contundentes o poco dispuestas a pedir permiso.

Por Isabel Durán Báez | 26/10/2026

Hay una pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia dentro del feminismo español: ¿en qué momento empezamos a preocuparnos tanto por no incomodar a los hombres que algunas de nuestras reivindicaciones perdieron fuerza? ¿Cuándo comenzamos a medir nuestras palabras, a matizar nuestras denuncias y a buscar aprobación antes de señalar aquello que nos oprime? Y, sobre todo, ¿por qué parece que necesitamos demostrar constantemente que no odiamos a los hombres, como si cuestionar un sistema de poder exigiera disculparnos ante quienes se benefician de él?

En España, el feminismo se ha vuelto demasiado tibio frente a los hombres. Nos cuesta confrontarlos, señalar sus privilegios sin rodeos y sostener un discurso que no dependa de su aprobación. Hemos terminado justificando nuestras posiciones, anticipándonos a las críticas y preocupándonos más por no parecer excesivas que por la contundencia de aquello que denunciamos. Parece que debemos demostrar una y otra vez que también comprendemos sus dificultades, como si reconocer la desigualdad entre mujeres y hombres nos obligara a tranquilizarlos. ¿Desde cuándo tenemos que disculparnos por denunciar una realidad que no hemos creado? ¿En qué momento ha llegado a preocuparnos más la incomodidad masculina que la subordinación de las mujeres? Un feminismo que teme incomodar acaba adaptándose a los límites de aquello que pretende transformar.

Pero también debemos dirigir la mirada hacia nosotras mismas. El patriarcado no solo se sostiene mediante la resistencia masculina, sino también cuando las mujeres aprendemos a vigilarnos, corregirnos y castigarnos entre nosotras por ser demasiado contundentes o poco dispuestas a pedir permiso. El buenismo, disfrazado de diálogo, empatía y voluntad de entendimiento, nos lleva a justificar comportamientos masculinos, suavizar las críticas y buscar explicaciones que atenúen responsabilidades. Hemos confundido comprender con disculpar, el apoyo entre mujeres con la complacencia y la convivencia con la renuncia al conflicto. Mientras nos esforzamos por no herir susceptibilidades, dejamos en segundo plano las relaciones de poder que deberían ocupar el centro de nuestra lucha.

El feminismo no nació para resultar cómodo. Surgió porque las mujeres estaban hartas de vivir bajo unas normas que no habían escrito, de depender de los hombres para acceder a derechos y de que su libertad estuviera condicionada por decisiones ajenas. Pretender que esa transformación se produzca sin confrontación es desconocer la historia del movimiento. Exigir que las mujeres mantengamos siempre un tono amable, pedagógico y conciliador, incluso cuando denunciamos explotación o violencia, es imponer otra forma de disciplina.

España se declara feminista, pero ¿hasta dónde llega ese compromiso?

Los datos ofrecen una imagen reveladora. Según el estudio internacional de Ipsos publicado en marzo de 2025, el 51 % de la población española se identificaba como feminista, uno de los porcentajes más elevados de Europa en aquella edición. Sin embargo, el 52 % consideraba que se había ido demasiado lejos en la promoción de la igualdad hasta el punto de discriminar a los hombres. Entre los varones, esa percepción alcanzaba el 60 %.

Además, el 46 % opinaba que se había ido demasiado lejos al conceder a las mujeres los mismos derechos que a los hombres.

Estas cifras muestran una contradicción significativa: identificarse con el feminismo no implica necesariamente comprender las estructuras que pretende transformar ni respaldar todas sus reivindicaciones. La palabra ha ganado presencia en el discurso público, pero eso no significa que exista un compromiso equivalente con los cambios que exige.
Conviene preguntarse qué significa realmente declararse feminista. ¿Defender la autonomía de las mujeres cuando sus decisiones cuestionan los intereses masculinos? ¿Analizar las relaciones de poder que atraviesan la pareja, la sexualidad, la familia y el mercado?

¿Cuestionar aquellas prácticas que se presentan como elecciones individuales, aunque estén condicionadas por la desigualdad económica o social?

¿O basta con defender una igualdad abstracta mientras no altere demasiado las costumbres, los deseos y las expectativas masculinas?

El riesgo de convertir el feminismo en una identidad socialmente aceptable es que termine perdiendo su capacidad de cuestionar aquello que la sociedad considera normal. Y una lucha que deja de cuestionar la normalidad difícilmente puede transformarla.

El espejismo de los hombres aliados

Otra cuestión que merece una revisión crítica es la presencia de hombres que se presentan como aliados del feminismo. Su compromiso no debería medirse por su vocabulario, por las publicaciones que comparten o por su capacidad para expresar públicamente su rechazo a la violencia machista.

Los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas publicados en enero de 2024 reflejaban algunas resistencias. El 44,1 % de los hombres encuestados estaba muy o bastante de acuerdo con que las políticas de igualdad habían llegado demasiado lejos y discriminaban a los varones. El estudio también recogía que el 11,9 % desaprobaba que un hombre reprendiera a sus amigos por mantener comportamientos machistas.

Estos resultados no representan a todos los hombres, pero permiten observar una resistencia que va más allá del antifeminismo explícito: la dificultad para aceptar que la igualdad exige modificar comportamientos propios y cuestionar los del entorno.

Por eso conviene distinguir entre declararse aliado y asumir las consecuencias de serlo. Un hombre comprometido con la igualdad no necesita ocupar el centro de los debates, dirigir las reivindicaciones de las mujeres ni recibir reconocimiento por cumplir responsabilidades básicas.

Tampoco deberíamos conceder autoridad feminista automática a quien utiliza un lenguaje aparentemente progresista. Las palabras pueden cambiar mientras las relaciones de poder permanecen intactas. El compromiso se demuestra en los hechos, no en la imagen que cada cual construye de sí mismo.

No necesitamos hablar más bajo ni encontrar una formulación que agrade a todo el mundo. Necesitamos argumentos rigurosos, organización colectiva y voluntad política para cuestionar aquello que mantiene a las mujeres en una posición de desigualdad.

Porque el feminismo no tiene que demostrar que resulta agradable. Tiene que demostrar que es capaz de transformar la realidad.

Y para hacerlo, debemos abandonar la necesidad de obtener aprobación masculina, dejar de castigarnos por ser contundentes y recuperar la disposición a formular preguntas que incomodan, incluso cuando las respuestas nos obligan a revisar nuestras propias convicciones.

La igualdad no llegará cuando aprendamos a decir las cosas de una manera que nadie cuestione. Llegará cuando dejemos de confundir la aceptación con la justicia y asumamos que ninguna transformación profunda puede depender de la comodidad de quienes tienen más que perder con ella.

Un feminismo que teme incomodar a los hombres acaba limitando sus propias posibilidades de emancipación. Y un feminismo que renuncia a cuestionarse a sí mismo termina convirtiendo sus principios en consignas. Lo que necesitamos es un movimiento capaz de hacer ambas cosas: señalar los privilegios sin pedir disculpas y revisar sus propias contradicciones sin miedo.

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