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En el siglo XX, especialmente durante el segundo franquismo la dictadura promovió una imagen folclórica y tradicional de España que reforzó algunos de estos estereotipos (toreros, flamenco, sol y fiesta) como parte de la propaganda turística ligada a la apertura económica del desarrollismo.
Por Lucio Martínez Pereda | 26/03/2025
El concepto de «españolada» surge en el siglo XIX vinculado a la manera en que se caricaturizaba y representaba lo español en Europa: tubo su origen en la visión romántica de la cultura española como algo exótico, excesivo y orientalizante. Originalmente, la expresión “españolada” se refería a exitosas piezas teatrales que exageraban los estereotipos asociados a España: temperamento apasionado, folclore de colorido e intenso tipismo (flamenco, toros, bandoleros, manolas y gitanas echadoras de cartas ). Estas representaciones eran comunes especialmente en Francia o Inglaterra, donde lo «español» se veía a menudo con el interés morboso de lo extraño- próximo.
La Españolada en Francia
El concepto de «españolada», está profundamente ligado a la visión romántica y estereotipada de España que se popularizó en Europa debido al trabajo de los escritores franceses. Durante este período, España era vista como un lugar lleno de pasión, color y drama, un contraste con la racionalidad y el orden que muchos asociaban con Francia. Esta imagen fue explotada por novelistas franceses que, inspirados por el Romanticismo, incorporaron elementos de la «españolada» en sus obras, ya fuera a través de personajes, ambientaciones o tramas que resaltaban los clichés de lo español: toreros, gitanas, bandoleros, paisajes ardientes y un carácter temperamental.
Uno de los primeros autores en consolidar estos tópicos es Prosper Mérimée cuya novela corta Carmen (1845) es el paradigma más reconocido y proteico de la «españolada». Mérimée, fascinado por España tras sus viajes al país, creó una obra que encapsula los estereotipos de la gitana apasionada y el drama trágico decimonico. La protagonista, Carmen, es una mujer seductora y libre, asociada al flamenco y a un estilo de vida fuera de las normas sociales. Vive en Andalucía, como representación de una España salvaje y sensual. Mérimée exagera estos thopoi para ajustarse a la visión romántica que los lectores franceses esperaban. La posterior adaptación de Carmen en la ópera de Georges Bizet (1875) amplificó y convirtió en exitosa esta percepción popular.
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La españolada en Théophile Gautier se manifiesta como una representación romántica y exotizada tanto por su experiencia personal durante su viaje en 1840 como por la moda hispanófila que predominaba en Francia en la primera mitad del siglo XIX. Gautier, en obras como Voyage en Espagne, España (1845) y Militona (1847),describe España como un lugar de paisajes góticos, alcázares moriscos, bandoleros y gitanos, reforzando una imagen de exótica lejanía que fascinaba al público francés de la época. En obras teatrales como Un voyage en Espagne, incorpora el contexto de las guerras carlistas, lo que añade un matiz contemporáneo. En sus obra Voyage en Espagne (1843)- un relato de viaje- y en piezas como Une nuit de Cléopâtre (1838), pintó un país de colores vivos, fiestas populares y personajes larger-than-life, como toreros y bailarinas. Su estilo, cargado de adjetivos sensoriales, ayudó a normalizar en la opinión pública francesa del momento la imagen española.
Alexandre Dumas, célebre por sus novelas de aventuras, también incursionó en la «españolada» con obras como Le Comte de Monte-Cristo (1844-1846), donde aparecen personajes y referencias a España que- aunque secundarias- son empleadas para crear un ambiente de misterio y exotismo. Más expresamente , en Les Mohicans de Paris (1854-1859), introduce elementos de intriga que recuerdan a los bandoleros y las pasiones desbordadas asociadas a lo español. Dumas, usó estos tropos para enriquecer sus tramas: la «españolada» era un elemento muy apropiado para dotar de verosimilitud las tramas propias de los relatos de aventura.
Por su parte, Gustave Flaubert, influido por esta moda cultural tan francesa, mostró interés por lo exótico en sus escritos de juventud y en sus viajes. En Hérodias (1877) y en sus cartas de viaje a España y el norte de África se percibe una atracción por los paisajes y las culturas que se alejan de la norma francesa. Aunque su enfoque fue menos estereotipado que el de Mérimée o Gautier, su visión de España, sin embargo, seguía influida por la idea de un lugar de excesos y contrastes, un eco sutil e inevitable de la asentada “españolada» francesa.
Estos novelistas, cada uno a su manera, contribuyeron a la construcción literaria de la «españolada» durante el siglo XIX. Sus obras reflejan no solo una fascinación por España, sino también una tendencia a simplificar y teatralizar su cultura para el público francés, alimentando un imaginario que perduró en la literatura y las artes. Este fenómeno, como señalaba Juan Goytisolo no solo marcó la percepción externa de España, sino que también influyó en cómo los propios españoles, más tarde, reflexionaron sobre su identidad cultural.
La Españolada en Inglaterra
La «españolada» en la literatura inglesa del siglo XIX y principios del XX también tiene un espacio de tradición importante. Aunque los escritores ingleses compartían con sus contemporáneos franceses un interés por los estereotipos de lo español —toreros, gitanos, bandoleros, paisajes ardientes y un carácter indomable—, su enfoque a menudo se tiñó de una mezcla particular de admiración, distancia cultural y, en ocasiones, un toque de superioridad moral derivado de una perspectiva anglosajona.
Uno de los primeros y más influyentes ejemplos de la españolada inglesa es Lord Byron (1788-1824), cuyo poema narrativo Childe Harold’s Pilgrimage (1812-1818) y especialmente Don Juan (1819-1824) reflejan su fascinación por España. En Childe Harold, Byron describe la Península Ibérica durante las Guerras Napoleónicas con un tono romántico, resaltando su belleza salvaje y su la historia de heroísmo de los guerrilleros. En Don Juan, aunque el protagonista es español solo nominalmente (basado en la leyenda de Don Juan), Byron juega con la imagen de un seductor apasionado, un arquetipo que encaja con la visión de la «españolada» viril. La España de Byron es un lugar de aventura y emociones intensas, filtrado por su imaginación romántica tras visitar el país en 1809. Byron ayudó a popularizar esta visión entre los lectores ingleses, estableciendo el precedente modélico para futuros escritores anglosajones.
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Walter Scott, conocido por sus novelas históricas, también tocó elementos de la «españolada» en The Vision of Don Roderick (1811), un poema inspirado en la leyenda del último rey visigodo de España. Aunque su enfoque es más histórico que pintoresco, Scott no escapa a la tendencia de romantizar España como un lugar de destinos trágicos y figuras legendarias, una tierra de extremos que resuena con los tropos de la «españolada». Su interés por las gestas medievales y los paisajes dramáticos asienta el tópico español en el género de la novela histórica.
Un caso más explícito es George Borrow, autor de The Zincali ( 1841) y The Bible in Spain (1843). Borrow, que trabajó como agente de la Sociedad Bíblica Británica en España, escribió desde una perspectiva de viajero inmerso en la cultura local, pero sus textos están impregnados de la «españolada». En The Zincali explora la vida de los gitanos españoles con un tono entre antropológico y sensacionalista, enfatizando su exotismo y su carácter indómito. En The Bible in Spain, relata sus aventuras entre bandoleros, curas fanáticos y campesinos pintorescos, presentando una España que parece sacada de cualquier pintura de romanticismo . Aunque sus obras tienen valor documental, exageran los rasgos estereotipados para captar la imaginación de su audiencia inglesa ávida lectora de los libros de viajes.
Richard Ford aunque no es un novelista sino un ensayista y autor de viajes, merece mención por su Handbook for Travellers in Spain ( 1845). El precedente contemporáneo de lo que posteriormente serían las guías de viajes. Este influyente libro, leído ampliamente por la élite inglesa, retrata España como un país de contrastes: ruinas moriscas, corridas de toros, mujeres con mantilla y un pueblo apasionado pero atrasado. Ford, con su estilo irónico, a veces critica estos clichés, pero al detallarlos minuciosamente contribuye a perpetuar la «españolada» como una lente a través de la cual los ingleses veían España.
Más adelante, D.H. Lawrence, aunque activo en el siglo XX, refleja ecos de la «españolada» en obras como sus ensayos de viaje y referencias a España en The Plumed Serpent ( 1926). Lawrence, atraído por las culturas «primitivas» y pasionales, vio en España un lugar de vitalidad cruda, opuesto a la industrialización inglesa. Su visión, aunque más introspectiva, sigue encajada en la tradición de romantizar lo español como algo visceral y exótico, pero esta vez como un recurso para escribir sobre lo que en el mundo de la antropología inglesa se entendió como “ los primitivos actuales”: una mirada que indirectamente asimilaron los “ hispanistas” de los años 30.
En la literatura inglesa, la «españolada» se constituyó sobre una base similar a la francesa —el Romanticismo y el gusto por lo exótico—, pero a menudo con un matiz de distancia cultural o juicio implícito. Mientras los franceses tendían a idealizar lo español con exuberancia teatral, los ingleses lo hacían con una mezcla de fascinación y condescendencia y hasta con cierta mirada antropológica final. Autores como Byron y Borrow, en particular, moldearon una España literaria de excesos y aventuras que resonó en la imaginación británica, dejando un legado que, al igual que en Francia, influyó en cómo se percibió y representó la cultura española más allá de sus fronteras.
La Españolada en Alemania
La «españolada» en la cultura alemana, particularmente en la literatura y las artes del siglo XIX y principios del XX, comparte con sus equivalentes francesa e inglesa la influencia del Romanticismo y la percepción de España como un lugar exótico, apasionado y lleno de contrastes. Sin embargo, en el contexto alemán, esta visión se vio matizada por factores específicos: la tradición filosófica y literaria germánica, la menor interacción histórica directa con España en comparación con Francia o Inglaterra, y una tendencia a idealizar lo español como un contrapunto a la racionalidad y la disciplina asociadas a la cultura alemana. Por otra parte, en Alemania el Romanticismo encontró en España un escenario ideal para sus ideales de libertad, pasión y lo “sublime”.
Friedrich Schlegel, teórico clave del Romanticismo alemán, aunque no escribió obras extensas sobre España, mostró interés por su literatura medieval y renacentista, especialmente por el teatro de Calderón de la Barca. En sus ensayos y críticas alabó la intensidad emocional y el carácter «poético» de la cultura española, contribuyendo a su idealización como un espacio de creatividad desbordante. Esta visión influyó en otros escritores que adoptaron los elementos de una “ españolada» que casi podríamos llamar mística en sus obras.
Otro ejemplo es Heinrich Heine, poeta y ensayista que, aunque más conocido por su lirismo y sátira, abordó España en textos como Almansor (1821), una tragedia ambientada en la España “mora”. Heine usa este escenario para explorar el amor, el conflicto cultural y destino trágico, pintando una imagen de España como un lugar de pasiones intensas y exotismo orientalizante. Aunque su enfoque es más simbólico que descriptivo, su obra refleja la tendencia a ver lo español como un terreno de emociones psicológicas extremas. Además, en sus escritos de viaje y poemas, Heine menciona España con un tono que mezcla fascinación y distancia, típico de la mirada romántica alemana.
E.T.A. Hoffmann, el maestro del cuento fantástico, en relatos como Der Sandmann (1816) o Die Elixiere des Teufels ( 1815-1816) introduce ocasionalmente personajes o motivos españoles para evocar misterio . Hoffmann, influido por el gusto romántico y por lo que después será llamado el cuento gótico, usa estos elementos para amplificar el dramatismo del miedo, alineándose con la «españolada» al presentar lo español como algo oscuro y fuera de lo común.
En la literatura de viajes, Alexander von Humboldt- el célebre naturalista y explorador- aunque conocido por sus expediciones americanas, escribió sobre España en sus diarios y cartas durante sus breves visitas. Humboldt describió el paisaje y la cultura española con admiración, pero también con un tono analítico que a veces exotizaba sus gentes y costumbres, contribuyendo a crear la imagen de una España pintoresca y distinta en el mundo de las ciencias naturales.
Más adelante, en el siglo XX, Thomas Mann ofrece una visión aún influida por estos estereotipos. En Der Tod in Venedig ( 1912) y otros ensayos, Mann menciona España como un lugar de vitalidad y liberación de la sensualidad reprimida, un espacio que contrasta con la frialdad intelectual que se asociaba a Alemania. Aunque su enfoque es más analítico, la sombra de la «españolada» persiste en su retrato de lo español, ya no tan exótico- romántico como el XIX sino como algo instintivo y apasionado más ajustado a la influencia de la cultura psicologizada de las vanguardias del XX.
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En la cultura alemana, la «españolada» no tuvo la misma intensidad que en Francia ni el juicio histórico que a veces se percibe en Inglaterra, debido en parte a la menor rivalidad histórica con España. Sin embargo, los alemanes adoptaron los clichés de toreros, gitanos y paisajes ardientes como parte de un imaginario romántico que contrastaba con su propia identidad cultural, más asociada al orden y la introspección. En resumen, la «españolada» en la cultura alemana se expresó como una idealización romántica de España como tierra de pasión, misterio y libertad, un contrapunto a la sobriedad germánica. Autores como Heine, Hoffmann y Humboldt, contribuyeron a esta visión, que, aunque menos caricaturesca que en el caso francés e inglés mantuvo los rasgos esenciales de exotismo y exceso que definen el concepto.
La Españolada española: El Landismo
En el siglo XX, especialmente durante el segundo franquismo la dictadura promovió una imagen folclórica y tradicional de España que reforzó algunos de estos estereotipos (toreros, flamenco, sol y fiesta) como parte de la propaganda turística ligada a la apertura económica del desarrollismo y a la gigantesca campaña propagandística “ 25 años de Paz “. El término «españolada» pronto adquirió un matiz peyorativo entre los críticos de la dictadura, quienes lo usaban para señalar lo que consideraban una simplificación burda en la representación de la identidad española. La «españolada» en su versión «landista» alcanzó su apogeo entre finales de los años 60 y mediados de los 70. El “ landismo» es una comedia de enredos con un toque de erotismo ligero. Toma su nombre de Alfredo Landa, quien interpretó en numerosas películas al arquetipo del «macho ibérico»: un hombre corriente, a menudo de clase trabajadora, de modales rudos y reprimido sexualmente, que se enfrenta a situaciones cómicas al intentar conquistar a mujeres extranjeras (frecuentemente turistas suecas o del norte de Europa) o adaptarse a los cambios sociales y culturales del desarrollismo. El landismo en estas películas- No desearás al vecino del quinto (1970), Vente a Alemania, Pepe (1971) o Manolo la nuit (1973) – reflejaba las frustraciones generacionales y sociales de la época, con tintes machistas y costumbristas. A diferencia de la «españolada» decimonónica de los relatos literarios, este cine – que podría calificarse como populista- se enfocaba hacia la sátira vacía de crítica. Buscaba conectar, valiéndose de recursos narrativos de auto identificación, con el espectador, especialmente con los que habían experimentado vitalmente el contraste entre lo rural y lo urbano, y sentían la fascinación por lo extranjero como símbolo de progreso inalcanzable.
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