Hijos de la clase obrera

«Solo una huelga general en condiciones, indefinida, nos podría llevar al lugar que al menos, nos de la dignidad que merecemos como motor de la historia».

Juanjo – Estibador

Lejos quedan las batallas vecinales en el barrio de la Malvarrosa en Valencia contra los yonkis. Corría el año 1991 en la capital del Turia, y las protestas vecinales crecían hasta el punto de convertirse en una autentica guerra callejera.

Toxicómanos en busca de su papela, pasando por al lado de la buena gente trabajadora, gente honrada, de barrio, que veía como su apreciada Malva se llenaba de estas personas, casi zombies, acaparando sus esquinas, sus portales, sus parques…

Estas personas tenían nombre y apellidos también, casi nunca de apellido compuesto y siempre, en la mayoría de ocasiones quizá fuesen Garcías o Sánchez, quien sabe. Lo que si era seguro, es que estas personas, eran los hijos de la Paqui, del despacho de pan, o de Julio, del taller de la esquina. Hijos de gente obrera, un problema para la sociedad de entonces, también para sus padres, que veían con desgarro y a veces hasta con resignación como a sus hijos se los llevaba la jodida heroína a la vez que sus negocios y sus propias vidas.

Hemos devaluado la lucha obrera, en raras excepciones vemos en los informativos obreros montando piquetes luchando por sus derechos, siempre nos ilustran con barricadas y fuego, como si la lucha obrera fuese el peor de los enemigos de la sociedad, como si no fuese más que un demonio a exterminar en algún tipo de ritual de OkDiario o TV13.

Privilegiados, jetas, caraduras, cualquier adjetivo calificativo negativo es válido para atizar a un obrero que solo busca ganarse la vida dignamente y lo mejor que puede y que solo encuentra miseria y explotación.

Hoy salgo a pasear con mis hijos y nunca, o casi, me cruzo con un toxicómano, apenas se visualiza nada de aquello que atizó a los poblados marítimos de Valencia en los noventa.

Hoy me cruzo con coloridas casas de apuestas, muchas, en cada esquina de camino al mercado, al colegio o al campo de fútbol donde entrenan los chavales.

Dentro de ellas, adolescentes, chavalitos hijos de la clase obrera que ya no pierden su dentadura ni su posición erguida debido a la heroína.

Quitando de eso, pierden todo, pierden su libertad, dinero, salud y también la de sus padres como ocurría en los noventa con la dichosa heroína. Hoy el problema es legal, cobra sus impuestos y lanza mensajes tan directos como juega con responsabilidad a la vez que a continuación reza “apuesta, apuesta,apuesta”.

Tampoco encontraremos chavales con apellidos compuestos, y quizá si a los sobrinos o nietos de los García. Nos ahorramos dinero en policía y encima se recauda, negocio redondo para explotar mas si cabe la miseria y la desgracia de la clase trabajadora.

Decía Marx que el “el motor de la historia es la lucha de clases” y es cierto, pero en esa lucha vamos prácticamente derrotados y a remolque desde hace demasiado. Con las casas de apuestas el Estado gana como si fuese la banca del casino, mantienen a los jóvenes entretenidos, dando beneficios a la vez tranquilos y apartados de las instituciones y la lucha obrera, sus padres atados de pies y manos, trabajando el triple si cabe. Duro, es durísimo.

La realidad de las clases bajas se sigue difuminando, entre recibos incomprensibles de la luz y una cesta de la compra cada vez mas cara nos perdemos en nuestros propios pensamientos de que quizá algún tiempo pasado fue mejor, o lo que es mas frustrante, que esto mejorará.

Solo una huelga general en condiciones, indefinida, nos podría llevar al lugar que, al menos, nos de la dignidad que merecemos como motor de la historia. Dejemos atrás a ministros cantarines que no regulan nada más que la altura de su propio sillón y cojamos la sartén por el mango. Ministerios a medida parecieron ser creados para atajar en parte problemas como este, la única realidad y la única medida que se ha visto es la retirada de publicidad en las zamarras de futbolistas, el resto, sigue campando a sus anchas por medios de comunicación en prime time deportivo sin ningún tipo de complejo.

La ludopatía es una enfermedad que deja severas consecuencias y que rara vez puede curarse. Por ellos, por nosotros, por nuestra clase, ¡fuera de nuestros barrios!.

Ni un paso atrás.

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