Góndola, cuando la poesía no necesita palabras

Aunque el teleférico es uno de los principales protagonistas del film, y el escenario donde se desarrolla la mayor parte de la historia, esta se centra en dos jóvenes operadoras del transporte por cable, Iva (Mathilde Irrmann) y Nino (Nini Soselia), y de como se relacionan en cada cruce de cabinas.

Por Angelo Nero | 13/07/2025

Hablando hace unos días del arte, en general, defendía que lo relativo de las críticas, porque, aunque haya un consenso general en señalar a los maestros de la pintura, a los genios de la música o a los grandes escritores, no creo que haya arte bueno o malo, sino que en cualquiera de las disciplinas artísticas, lo importante es su capacidad de emocionar y, en definitiva, el arte te emociona o no, y creo que eso es lo que nos define también como personas, las imágenes que realmente nos llegan al corazón, las melodías que se nos pegan a la piel.

A mí, por ejemplo, siempre me han volado la cabeza los versos desgarradores de Alejandra Pizarnik (Y cuando es de noche, siempre, / una tribu de palabras mutiladas / busca asilo en mi garganta / para que no canten ellos, / los funestos, los dueños del silencio), me he estremecido como una hoja de otoño bajo una bota cuando he estado frente a un cuadro de Giorgio de Chirico, o he escuchado en directo la voz melancólica y oscura de Jonas Renkse. Seguro que a otra persona, estas tres referencias de mi imaginario le dicen poco o nada. Lo que a unos nos emociona hasta las entrañas, a otros les deja indiferente, y esa también es una de las características de la naturaleza humana.

Esta larga introducción es para hablarles de una de las películas que más me ha emocionado en los últimos tiempos, tal vez porque hoy en día el aluvión de productos audiovisuales tampoco busca tanto emocionarnos como entretenernos. El cine, las series, se han convertido en productos de consumo rápido, algo que es transversal al resto de las artes, y cada vez es más difícil que algo te sorprenda, y, sobretodo, que unos fragmentos de celuloide se te metan en las venas, para convertirse en parte de ese imaginario del que hablaba antes.

La película en cuestión no es para todos los públicos, y esto lo digo no como una calificación moral, sino estética. Su título es “Góndola”, y se trata de una coproducción alemano-georgiana, dirigida por Veit Helmer, un realizador alemán con una decena de largometrajes en su original biografía, entre los que destaca “The Bra”, protagonizada por Miki Manojlovic y Paz Vega. Decía que “Góndola” no es para todos los públicos, porque a muchos ya les echará para atrás que en sus ochenta minutos no se pronuncie una palabra. Hablando con un músico hace poco me decía que lo más importante en la música son los silencios, que en los silencios también hay música. Me viene a la mente esto para señalar que aunque no hay palabras, esta película es pura poesía.

Una poesía que comienza por la exquisita fotografía que bajo la dirección de Goga Devdariani, retrata la deslumbrante belleza de las montañas de Adjara, en Georgia, y de un valle atravesado por un vetusto teleférico que comunica los pueblos de Khulo y Tago. Construido en 1985, este pintoresco transporte es el segundo teleférico de tramo libre más largo de Europa, y sobrevuela la garganta del río Adjaristskali.

Aunque el teleférico es uno de los principales protagonistas del film, y el escenario donde se desarrolla la mayor parte de la historia, esta se centra en dos jóvenes operadoras del transporte por cable, Iva (Mathilde Irrmann) y Nino (Nini Soselia), y de como se relacionan en cada cruce de cabinas, al principio poco más que un saludo formal, una sonrisa, pero, poco a poco, venciendo sobretodo la timidez de Iva, se va forjando una complicidad, y algo más, utilizando el teleférico como forma de expresión, y donde dan rienda suelta a su imaginación y a sus deseos. A mitad de camino, silueteadas entre las nubes, se cruzan sus miradas, sus gestos y su música, mientras los escasos pasajeros son también cómplices o testigos de sus aventuras. Solo tendrán que lidiar con un jefe déspota y acosador (Zviad Papuashvili), para que este curioso romance en las alturas llegue a buen fin.

A pesar de las limitaciones del espacio, casi reducido a las dos cabinas y a las estaciones del teleférico, del reparto, en el que Iva y Nino ocupan la mayoría de los planos, y de lo difícil de contar una historia en el cine de hoy en día sin utilizar palabras, Veit Helmer es capaz de construir una de las películas más bellas de los últimos tiempos con recursos del cine mudo (aunque esta sea una película sonora y, también hay que decirlo, con estupenda banda sonora, a cargo de Malcolm Arison y Sóley Stefánsdóttir), y es capaz de emocionarnos hasta los huesos, gracias a la expresividad de las dos actores protagonistas, pero también a un guión muy bien construido que evita que la historia se convierta en algo demasiado azucarado.

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