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Ebbaba Hameida ha publicado su primera novela, ‘Flores de Papel’, donde a través de la historia de tres generaciones de mujeres, Aisha, Naima y Leila, dibuja un amplio calidoscopio de la sociedad saharaui desde una perspectiva femenina.
Por Angelo Nero | 16/03/2026
Ebbaba Hameida nació en la hamada argelina, en uno de los campamentos de refugiados saharauis. A los cinco años se trasladó a Roma, con una familia de acogida, por motivos de salud, donde vivió nueve años, y aunque regresó a Tinduf para no perder sus raíces, otra vez fue acogida, esta vez en España, debido a su celiaquía, difícil de sobrellevar en las duras condiciones en las que viven en los campamentos. Estudió periodismo y desde 2018 trabaja en RTVE. En 2020 fue elegida miembro de la junta directiva de Reporteros sin Fronteras, y dos años después fue nombrada vicepresidenta de la organización.
En 2025 ha publicado su primera novela, Flores de Papel, donde a través de la historia de tres generaciones de mujeres, Aisha, Naima y Leila, dibuja un amplio calidoscopio de la sociedad saharaui desde una perspectiva femenina, de un pueblo que habita el desierto pero sueña con el océano, con recuperar su país arrebatado. Tres historias que se entrelazan, las de la abuela, la madre y la hija, que transcurren en diferentes épocas y lugares, a través de las que haces un recorrido por la historia, de las tradiciones y de la cultura saharauis, pero también de su propia memoria familiar.
Leila, la abuela, conserva la memoria del nomadismo, las noches contando estrellas en su jaima, la libertad de un pueblo sin fronteras, como el desierto que los habita, pero también de las tradiciones en las que su voz no cuenta para decidir su destino, obligada a un matrimonio con un desconocido, siendo casi una niña. Con su nueva familia se traslada a la costa del Sáhara español, donde se asientan muchas familias nómadas. Su marido, Alí, trabaja para una constructora española, en El Argub. Pero con sus cinco hijas tendrá que huir, en 1975, con el abandono de la potencia colonizadora y la invasión del ejército marroquí.
El Frente Polisario organiza la resistencia saharaui, y la familia de Leila se establece en Um Draiga, primero, y en los campos de refugiados de Tiduf, donde crece Naima, fruto de su quinto embarazo. Naima se hace mujer con el estigma de la guerra, pero lleva la lucha de liberación de su pueblo en su adn, y se prepara para servir a su país como enfermera. Ella representa a la mujer saharaui que combate la colonización, pero también el patriarcado, como en Palestina, en Kurdistán y en tantos otros pueblos en conflicto. Son las mujeres como Naima las que organizan los campamentos, las que crean un sistema de sanidad, de educación, de logística, mientras los hombres mantienen el frente de guerra.
Aisha es la tercera generación, hija de Naima y nieta de Leila, nacida en Tinduf, será la primera que sale de África, debido a sus problemas de salud, tendrá que enfrentar los problemas de identidad que conlleva el desarraigo, el choque cultural, las tradiciones que se pierden y adaptarse a otra forma de vida. Pero un hilo rojo la conecta con la herencia recibida por las mujeres de su familia, y hacen que en la diáspora también se hagan más fuertes sus raíces.
“Vivías entre dos mares que chocaban en tu mente cándida. La efervescencia del Mediterráneo te animaba a experimentar con tu cuerpo, pero la sobriedad del desierto te obligaba a reprimir el deseo. Italia y el Sáhara, dos mundos incompatibles y tú, desesperada por satisfacerlos. Eras consciente de tus deberes como mujer saharaui y a la vez escuchabas a las italianas con la curiosidad de quien quiere volar. Querías encajar, integrarte en Occidente, pero la arena pesaba demasiado.”
Esta es quizás la parte más atractiva del libro, donde la tradición y el deseo entran en conflicto, donde Ebbaba se abre en canal para mostrarnos los retos que las jóvenes saharauis, al entrar en contacto con Europa, tienen que afrontar, entre la modernidad y las costumbres de su pueblo, entre vivir de espaldas al conflicto o enarbolar la bandera de la lucha. “No existía medicina que pudiese curar un corazón desarraigado”, llega a escribir la periodista.
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