Todos los caminos de Ion Arretxe

Eran los años del chiripitifláutico Plan Zen, Zona Especial Norte, según el cual todos los jóvenes éramos sospechosos de terrorismo por el hecho de vestir pantalones vaqueros y calzar zapatillas de deporte.

Por Angelo Nero

Me encontré muchas veces con Ion Arretxe, no sé muy bien si por los caminos del azar, o porque nuestros caminos iban hacia lugares comunes y por fuerza tenían que encontrarse, y me hubiera gustado realmente tomarme unas cervezas con él, o compartir una de esas largas sobremesas, con un buen patxaran acompañando el café, como la que recientemente disfruté con el editor navarro Joxemari Esparza, creador de la editorial Txalaparta –la relación más larga que he tenido en mi vida, como suscriptor de sus libros-.

A Ion Arretxe lo encontré por primera vez en las páginas de la revista satírica El Jueves –digna heredera de otra publicación, El Papus, que hace 44 años, un 19 de septiembre, sufrió un atentado de la ultraderecha-. Allí guionizaba los inolvidables “Gruñidos en el desierto”, unas viñetas de humor inteligente y surrealista, ilustradas por el genial Enrique Ventura. Esas píldoras de realidad onírica de Arretxe y Ventura –junto a las sátiras de Ivá, Kim y Antonio Altarribia- me ayudaron a sobrellevar el torbellino hormonal de la adolescencia, en los ochenta, la absurda experiencia del servicio militar obligatorio, y los primeros años de vida laboral.

En el paso a la vida adulta, aunque a veces creo que todavía estoy en ello, mis lecturas cogieron cierta gravedad (algo que fue permanente), a pesar de que nunca he dejado de gruñir en el desierto, y Txalaparta tuvo que ver bastante en ello, con un puñado de libros que he leído más de una vez, y que no me canso de recomendar.

A través de mi buen amigo, Iosu Urrutia, a quien también el azar o los lugares comunes puso en mi vida, más o menos cuando devoraba las páginas de El Jueves, volví a encontrarme con Ion Arretxe, en unos días de retiro montañero a dos pasos de la muga que divide en dos Euskalerria, en Deba. ¿Todavía no has leído “La sombra del nogal”? me dijo mientras me ponía en la mano la terrible historia del paso de Arretxe por el cuartel de Intxaurrondo. El cuartel de la guardia civil, apodado Fort Apache, a las afueras de Donosti, fue el centro de la lucha antiterrorista en los ochenta y los noventa, y su máximo responsable, el general Enrique Rodríguez Galindo era el destino más temido para la “juventud alegre y combativa” vasca que no acababa de encajar en el diseño de la Transición. “Según declaraciones de detenidos, las torturas fueron una práctica habitual”, y el general Galindo acabó siendo condenado a 75 años de prisión por la muerte de dos de ellos, Lasa y Zabala.

En una entrevista realizada por los compañeros de Loquesomos, Arretxe describía la atmósfera en la que creció: Eran los años del chiripitifláutico Plan Zen, Zona Especial Norte, según el cual todos los jóvenes éramos sospechosos de terrorismo por el hecho de vestir pantalones vaqueros y calzar zapatillas de deporte. Y en mi caso concreto, aparte de moverme en el entorno de la izquierda abertzale, ir a las manifestaciones y quedarme después a defender las barricadas. Yo tenía amigos, muchos amigos y conocidos, de muy distintos pelajes. Y andaba con ellos en ambientes muy diversos: los punkis del barrio; la gente de las Gestoras Pro Amnistía; los del grupo de teatro Orain; el cura Manolo y sus delirantes campamentos donde convivían chavales del Tutelar de Menores con chavales de nuestro barrio y paralíticos cerebrales; mi cuadrilla de Lezo; mis amigos de Bellas Artes; los amigos y amigas del pueblo…

En “Intxaurrondo: La sombra del nogal”, Ion Arretxe narró su descenso a los infiernos, cuando el 26 de noviembre de 1985 fue detenido en un operativo antiterrorista, y torturado salvajemente por los guardias civiles a mando de Galindo. En ese mismo operativo fue detenido Mikel Zabalza, su novia y su prima, y, como ya es conocido, Mikel fue asesinado como resultado de esas torturas, dando lugar a un siniestro montaje mediático y policial que salpicó al mismísimo José Barrionuevo, entonces ministro de Interior. Barrionuevo también fue condenado, cuatro años después, a diez años de prisión, por ser uno de los organizadores de la “guerra sucia”, a través de los GAL, aunque solo paso tres meses entre rejas, gracias a un indulto.

Por entonces, yo ya había visitado, gracias a Txalaparta, esas zonas oscuras del género humano, y leyera los relatos estremecedores de Miguel Bonasso o Eleuterio Fernández Huidobro sobre la tortura, pero nunca con ese humor negro que le imprime a su relato, quizás por el tiempo que paso hasta que consiguió verbalizarlo, en “La sombra del nogal”. Si todavía no has leído este libro, como decía mi amigo Iosu, ya estás tardando, y te aseguro que una vez que te cruces con Ion Arretxe, ya no podrás dejar de buscarle.

Para facilitarte el camino te recomiendo que bucees en el interesante catálogo de El Garaje Ediciones, que dirige un buen amigo de Ion, Manuel Blanco Chivite.

Blanco Chivite fue dirigente del PCE ml, en la convulsa época de los setenta y ochenta, y fue condenado a muerte en el mismo consejo de guerra que Humberto Baena –este mes se cumple también el aniversario de su ejecución-, y, aunque he tenido largas conversaciones telefónicas con él, todavía tenemos pendiente una cerveza. No puede ser casualidad que lo descubriera, también, en una de las primeras publicaciones de Txalaparta (el nº 9 de su colección Orreaga), con “Operación Mendi”. El escritor y periodista nacido en Donosti tiene también una curiosa bibliografía, en la que hay un poco de todo, desde novela negra, ensayos, libros de viaje, y hasta un delicioso libro de poemas “Dudosos amores, certeras muertes”, publicado a principios de este año.

Como decía, en el catálogo de El Garaje, y gracias a la recomendación de Manuel, volví a encontrar a Ion en otros dos libros que devoré con apetito durante el pasado confinamiento: “Parole parole. Una infancia en Rentería”, y “Los mismos bares”. En este último Arretxe describe, con el fino humor negro que lo caracteriza, aquella Rentería de los años ochenta, como apuntaba en la entrevista de Loquesomos: En aquellos años, en Rentería sufríamos un auténtico estado de excepción: el centro del pueblo estaba ocupado por las Fuerzas de Orden Público un día sí y otro también; las calles se llenaban de furgonetas; los agentes patrullaban en plan chulesco, pidiendo la documentación y cacheando indiscriminadamente al personal. Aquello parecía Belfast. Pero al contrario de lo que ellos pretendían, la gente no nos acoquinábamos. Y mucho menos los jóvenes. Aquella situación generó en la juventud una conciencia antirrepresiva muy fuerte. Basura, un grupo punki del pueblo, cantaba en Redadas de la Policía: “No te dejan descansar, todo el día molestando. No os podéis ni imaginar el asco que nos dais”. Y al grito de Alde hemendik! “Que se vayan”, casi todas las tardes nos enfrentábamos con piedras contra sus botes de humo y sus pelotas de goma.

Con un catálogo delirante de retazos de su adolescencia, y una banda sonora en la que bien podría ser la mía en aquellos años: The Clash, Kortatu, Itoiz, Ruper Ordorika, Hertzainak… entre canutos y cocteles molotov, travestismos políticos y reconversión industrial, Arretxe dibuja un fresco de su juventud que coincidió con la adolescencia de todo un país, esa época a la que, con mucha rimbombancia y énfasis, gustan llamar transición.

En su otra novela “Parole parole”, va un paso atrás, a su infancia en Rentería, en el descubrimiento de palabras que, hasta entonces, eran tabú, como follar, ETA, tetas, amnistía… con las que teje hábiles juegos de palabras que dan como resultado un caleidoscopio en el que está reflejada toda una sociedad y una época. Dejamos de ser niños cuando comprendimos que el extraño casco que llevaba Don Quijote era en realidad una palangana de barbero. Este hallazgo coincidió en el tiempo con otro descubrimiento, el de las pajas, pero esa es otra historia”, afirmaba.

Historias habría podido contar muchas más, seguro, si la parca no lo hubiera ido a visitar cuando solo contaba 52 años.

No pude tomarme una cerveza con Ion Arretxe, ni tan siquiera hacerle una entrevista telefónica –se la hice a Manuel Blanco Chivite, aunque, muy a mi pesar, la docena de folios que salió de nuestra conversación sigue en el cajón, esperando su permiso para publicarla-, pero todavía me quedan muchos lugares donde seguir encontrándolo.

Ion Arretxe no fue solamente un escritor notable, inclasificable diría yo, sino un director artístico prolífico, en películas como “Acción mutante”, de Alex de la Iglesia;  “Éxtasis”, de Mariano Barroso; “La vida de Nadie”, de Eduard Cortés; o “La Soledad” de Jaime Rosales; por citar alguna de mis preferidas.

Mi penúltimo encuentro –como decía otro buen amigo mío: el que busca, siempre encuentra”- fue ayer, mientras le daba vueltas a este artículo, en la charla que tuvo con Aitor Merino y Sabino Cuadra durante la presentación en Madrid del proyecto documental de Ahotsa.info (otro medio de comunicación que no hay que perder de vista) Galdutako Objektuak, realizada con el material extra de la película Non dago Mikel? sobre el asesinato de Mikel Zabalza.

Con Sabino Cuadra también tuve la suerte de compartir mesa (y sobremesa) hace unos meses en Amaiur, con otro Urrutia, Patxi, como anfitrión, donde hablamos de los lugares comunes, de Ion Arretxe y Blanco Chivite, de Joxemari Esparza, de Chato Galante, de la importancia de tejer otra vez las redes de Galeuzka, de apoyar a los medios de comunicación y a las editoriales sin mordaza, de enlazar la Memoria con el Antifascismo, de resistir, cada uno en su trinchera, esperando el momento de la nueva ofensiva, de seguir fomentando la ternura de los pueblos, también de seguir buscando caminos, a través de los libros, como los que me llevaron, todavía lo hacen a tomarme una cerveza brindando por la memoria de Ion Arretxe.

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