Florentino viaja a Transnistria

Según cálculos de expertos, el grupo de Gusan paga más de la mitad de los impuestos que recauda el Gobierno de Tiráspol y controla más del 65% de la economía legal, e incluso algo más de la “ilegal”

Luis Miguel Sánchez Seseña

Transnistria -territorio denominado oficialmente como República Moldava Pridnestroviana o Pridnestrovia- está ubicada en la Europa del Este, dentro del territorio que anteriormente formaba la República Socialista Soviética de Moldavia (1940-91) integrada en la URSS.

Cuando en 1990 el Parlamento Moldavo declaró su soberanía en medio del colapso de la URSS, se puso de manifiesto que la idea de los líderes independentistas era la de volver a la esfera de acción con Rumanía. Los transnistrios percibieron rápidamente que en una Moldavia que girase de nuevo sus ojos hacia Bucarest, ellos pasarían a ser considerados ciudadanos de segundo orden y por eso, en septiembre de ese año, declararon unilateralmente su independencia. La guerra entre Moldavia y la Transnistria secesionista comenzó a los pocos días, con choques en la ciudad de Dubasari, y se intensificó en 1992, con un saldo que se calcula en más de mil quinientos muertos. Rusia colaboró militarmente con las unidades transnistrias y así, en el verano de ese año, fue firmado un alto el fuego considerado un “empate técnico” y colocó el conflicto (no resuelto) en el congelador, donde se mantiene hasta hoy. Oficialmente, Transnistria sigue siendo parte de Moldavia (ningún país ha reconocido su independencia), pero en los papeles la república separatista se constituyó efectivamente como una nueva nación.

Moldavia (la región de Besarabia) era una de las repúblicas socialistas soviéticas que formaba la URSS desde 1940 (Transnistria lo era desde 1918). Cuando en 1990 la Unión Soviética comenzó a desmoronarse, Moldavia no sólo recuperó su autodeterminación y soberanía, sino que inició un proceso de revalorización cultural, declaró el moldavo (muy parecido al rumano) el único idioma oficial y abandonó el alfabeto cirílico a favor del latino. Pero en Moldavia no habitaban solo moldavos, sino que había una fuerte presencia rusa y ucraniana, entre otras. Se habían asentado dos siglos antes en la franja oriental del río Dniéster cuando el general Suvurov había anexionado la zona al Imperio Ruso. Por ende, mientras Moldavia (y otras 15 ex repúblicas soviéticas) se separaban de la Madre Rusia, este bolsón prorruso dentro de Moldavia nadaba contracorriente de la historia para seguir siendo parte de la URSS.

Este territorio, una estrecha franja de tierra de apenas 4.163 km2 (un 12% de toda Moldavia) está situado entre la orilla oriental del río Dniéster y la frontera con Ucrania. Con algo más de medio millón de habitantes censados (de los 2,6 millones que hay en toda Moldavia) su población real ha pasado a poco más de la mitad en 30 años. La razón, un éxodo de la población activa y joven debido a las pocas oportunidades y a los escasos ingresos que existen. Recordemos que Moldavia tiene la renta per cápita más baja de Europa.

Transnistria se declaró independiente en septiembre de 1990, y lo es de facto desde julio de 1992, tras de una breve guerra civil librada con el fin de separarse de la por entonces recién independizada República de Moldavia, en agosto de 1991 (aunque hasta marzo de 1992 no fue reconocida por la ONU). El ejército ruso desplegado allí con más de 1.500 efectivos, decantó rápidamente el conflicto bélico. Se accedió a la autonomía de Transnistria, manteniendo en un limbo su situación desde entonces.

A diferencia de otros conflictos territoriales que estallaron a raíz de la caída de la Unión Soviética, el de Tansnistria se caracteriza por la inexistencia de violencia desde que concluyeran las hostilidades en 1992.

Por último, en el referéndum celebrado en 2006, el 97% de los transnistrios reafirmaron su sentimiento de independencia de Moldavia y, lo que es más importante, su deseo de una futura unión con Rusia.

La República Moldava Pridnestroviana (RMP) –con capital en Tiraspol- es desde entonces un estado soberano de hecho con un reconocimiento internacional muy limitado, ya que únicamente los territorios secesionistas de la antigua URSS que se encuentra en una situación similar -Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno Karabaj- la reconocen como estado independiente.

Cuenta con su propio sistema político (presidencialista, designado mediante elecciones libres por un mandato de cinco años), parlamento unicameral, gobierno, estructura institucional, policía y fuerzas armadas, aduanas, e incluso su propia moneda (el rublo transnistrio) y un banco, el Banco Republicano de Pridnestrovia. A fines prácticos el país se autogobierna a su antojo.

Con una población de unos 133.000 habitantes, la capital de Transnistria es la ciudad de Tiráspol, fundada a finales del siglo XVIII por los ejércitos rusos.

Otra curiosidad en el mapa de Moldavia es la ciudad de Bender. Aunque está ubicada en la orilla izquierda del río Dniéster, está controlada por la región separatista de Transnistria. Sin embargo, esta última no la incluye dentro de su territorio. 

Moldavos, rusos y ucranianos representan partes casi iguales en la población de la zona. Las autoridades de la república emplean los tres idiomas de forma oficial. No obstante, el idioma de la administración, en su mayoría, es el ruso. El idioma moldavo es considerado como un dialecto del rumano, lengua romance emparentada con el idioma español. En el territorio de Transnistria el moldavo se escribe con alfabeto cirílico a diferencia del resto de Moldavia, donde se utiliza el alfabeto latino desde los años noventa.

Más de 30 años después de que declarara su independencia de la Moldavia recién fundada como Estado tras la Perestroika y el colapso de la URSS (el 8 de diciembre de 1991, Gorbachov anunció la disolución de la Unión Soviética) la región separatista prorrusa de Transnistria vive en estos días y gracias al fútbol, su momento de mayor gloria internacional.

Una ECONOMÏA muy particular

Antes de la separación, Transnistria era la parte más próspera de la República Socialista Soviética de Moldavia.

Oficialmente, la industria pesada y la producción eléctrica son los principales sectores en el país, aunque en la práctica es el apoyo y constante soporte económico ruso lo que hace funcionar la economía nacional. Transnistria debe su existencia como Estado fantasma al poderío militar soviético y a los intereses geopolíticos de la Rusia imperial.

Con el antiguo ‘apparatchik’ soviético Igor Smirnov como presidente (1991-2011), Transnistria se convirtió en un agujero negro de corrupción y de blanqueo de dinero, y un foco de tráfico y contrabando de cigarrillos, combustible e incluso armamento y municiones de los depósitos que dejó allí el 14º Ejército Soviético. En esta transición postsoviética, un estrecho círculo de “camaradas”, generalmente asociados a los servicios secretos, se llevó la mejor parte del pastel de las privatizaciones desarrollado en los años ´90. El gran triunfador del proceso en Transnistria fue el antiguo policía Viktor Gusan, apodado el Sheriff.

Con el apoyo de Smirnov y de Moscú, el imperio empresarial de Viktor Gusan fue acumulando empresas públicas y monopolios que aún conserva en sectores claves como las gasolineras, los supermercados, la industria, la telefonía móvil, la TV; y tan variados como la exportación de vino y coñac Kvint, de caviar de esturiones belugas, o la importación de Mercedes-Benz. A los pocos años de la independencia, Transnistria había consumado su transición de una economía centralizada en el Estado, a una economía centralizada en el grupo Sheriff de Viktor Gusan.

Según cálculos de expertos, el grupo de Gusan paga más de la mitad de los impuestos que recauda el Gobierno de Tiráspol y controla más del 65% de la economía legal, e incluso algo más de la “ilegal” (de los muchos negocios que se siguen haciendo allí). Una economía con unas características tan excepcionales ha tenido que idear con los años maneras menos ortodoxas de desarrollo: una peculiar combinación entre capitalismo underground y economía planificada.

La agricultura está bastante desarrollada. Sus centrales hidroeléctricas suministran electricidad a Moldavia. Y sus principales pilares son las grandes plantas industriales construidas durante la época soviética -textil, cemento, siderurgia- donde el 95% de la producción es exportado. En conjunto, los países de la UE son destino del 45% de las exportaciones transnistrias, mientras que los países de la CEI suponen el resto.

Pero como ya se ha mencionado, el aspecto clave que caracteriza a la economía de la RMP, es su elevado grado de dependencia respecto a agentes externos, principalmente de Rusia. En este sentido, la ayuda rusa que recibe el gobierno de Tiráspol supone uno de los cimientos que sustentan el funcionamiento económico en aquel territorio. Una ayuda que se materializa de distintas maneras, siendo la principal el sistema de subsidios en el suministro de gas. Desde 2009 la RPM no ha pagado ni un rublo a MoldovaGaz/Gazprom por el gas consumido, y a su vez ha conseguido generar unes recursos importantes para el gobierno local gracias al precio que la RMP cobra a los consumidores transnistrios.

Además, otro sujeto externo del cual la RPM es dependiente es la propia República de Moldavia, sobre todo a nivel comercial. Así, el gobierno de Chisináu (capital de Moldavia) no solamente es su principal destino exportador, sino que desde 2006 toda empresa transnistria que desee exportar legalmente sus productos al exterior está obligada a registrar su negocio en un juzgado en Chisinau, con lo que los productos exportados por la RMP figuran como fabricados en Moldavia.

Su moneda, el rublo transnistrio (al cambio, unos diez céntimos de euro), solo tiene validez en Transnistria y frente a otras divisas internacionales tiene tanta entidad como un billete del Monopoly. En 2014, Transnistria emitió las primeras monedas de plástico del mundo (un tesoro para coleccionistas).

Aun así, una de las ventajas de llevar décadas en el olvido es que los precios están por los suelos. Aunque en los pequeños supermercados que pueblan las calles (el único modelo de tienda que hay) no son nada baratos para algunos ciudadanos que no cobran más de 200 o 300 euros al mes (un buen sueldo puede llegar a los 400€). La sanidad y la educación, todavía siguen siendo gratuitas.

Al pasaporte le ocurre algo similar que a los rublos transnistrios. Es papel mojado y la gran mayoría del medio millón de transnistrios tiene también el documento moldavo y/o ruso para poder salir del país.

En definitiva, un statu quo rocambolesco, pero bastante favorable, en el país más pobre de Europa.

El FÚTBOL como acicate

Y aquí viene la parte del fútbol: una vez que el conflicto se congeló (julio de 1992) las autoridades moldavas determinaron que los clubes de fútbol transnistrios podían jugar en Moldavia. Comenzaron a competir en la temporada 98-99.

Esto convenía a ambas partes. Al integrar a los equipos transnistrios, Moldavia se muestra como un país unificado. Para Transnistria, es la oportunidad de participar de una competición muy reconocida, y ya sabemos que el fútbol es una herramienta de identidad nacional.

El FC Sheriff Tiráspol es el principal equipo de Transnistria. Juega en la Liga nacional de Moldavia -donde gana casi siempre y sin rival- y puede disputar competiciones internacionales gracias a su afiliación a la Federación Moldava de Fútbol (Transnistria no está considerada un Estado y no tiene una federación de fútbol propia reconocida por la FIFA). En comparación con los equipos moldavos, invierte mucho dinero: es parte de la corporación Sheriff, que incluye muchas otras actividades como ya se ha señalado. Es otra de las excentricidades de este pequeño territorio europeo: es poco probable que un equipo de Abjasia (región rebelde prorrusa en Georgia) pudiera jugar en la Liga georgiana, y además ganarla.

En 1997, el entramado empresarial Gusan decidió entrar también en el sector del deporte con la creación del FC Sheriff. Siguiendo las tendencias europeas, el Sheriff fue fichando jugadores extranjeros hasta formar un equipo competitivo, hegemónico en el campeonato nacional y con aspiraciones cada vez más sólidas de lograr lo que ha acabado consiguiendo esta temporada: llegar a la fase de grupos de la Champions.

El magnate construyó además un estadio de estándares europeos y un complejo deportivo, únicos entonces en la región, que aún hoy alquilan para entrenar equipos ucranianos. El coliseo del Sheriff también alberga, pese al conflicto, partidos de la selección nacional de Moldavia.

La sorprendente victoria del FC Sheriff Tiráspol sobre el Real Madrid en el estadio Santiago Bernabéu el pasado 28 de septiembre, no solamente se convirtió en la mayor sorpresa en la historia de la Liga de Campeones de Europa, sino que también puso en el mapa un conflicto territorial derivado de la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Con una nómina de apenas 12 millones de euros, el modesto Sheriff venció al 13 veces ganador de la Champions. Según reflejaban las apuestas deportivas, el Real Madrid sólo tenía 1,4% de posibilidades de perder el partido.

El próximo 23 de noviembre será el partido de vuelta, y los merengues viajarán al “país que no existe” de la mano de su futurista presidente (seguro que Pérez, con el invento de la Superliga, quería evitar estos viajes tan incómodos). Otra derrota, esta vez en Tiráspol, podría ser el lanzamiento “galáctico” del Sheriff.

Además de la economía y el fútbol, el conglomerado de Gusan domina la política. En el año 2000 creó su propio partido, Obnovlenie (Renovación, en ruso) y ganó sus primeras elecciones en 2005 con el antiguo directivo del grupo Sheriff, Yevgeni Shevchuk, al frente. Shevchuk se convertiría años después en presidente (2011-2016), una posición de poder desde la que se inmoló políticamente al impulsar una reforma fiscal que pusiera fin a los privilegios fiscales de los que gozaban sus “padrinos”.

Sin el apoyo del imperio de Gusan, el candidato Shevchuk perdió las elecciones en 2016, en las que el actual presidente, Vadim Krasnoselsky, leal al Gran Sheriff fue aupado a la jefatura del Estado (su campaña electoral fue financiada por el holding de la estrella de 5 puntas). El poder omnipresente de la Corporación pudo verse también en las elecciones al “Soviet Supremo” -así sigue llamándose el legislativo en Transnistria- de noviembre de 2020, donde el partido Obnovlenie se hizo con más del 85% de los escaños en juego.

Es la primera vez en la corta historia de Transnistria en que el presidente, el parlamento y el poder económico están todos en el mismo lado, en el grupo Sheriff.

Dentro del territorio transnistrio se pueden encontrar alusiones constantes a la Unión Soviética. Estatuas de Lenin, construcciones propias de las zonas eslavas, imágenes con la hoz y el martillo… Su propia bandera y emblema nacional son –remodelados- los que existían en la República Socialista Soviética de Moldavia. Toda esta simbología está allí para reforzar los vínculos históricos con la Madre Rusia (siguen conmemorando las victorias militares soviéticas), no como reivindicación del comunismo. La sensación, según describen los visitantes, es similar a la de vivir en un lugar en el que se paró el tiempo en 1990, situación que las autoridades transnistrias están intentando rentabilizar mediante el fomento del turismo a la región.

A pesar de toda esta parafernalia, la economía de mercado está plenamente integrada en el modelo capitalista. Pese a los souvenirs leninistas y a la “sovietnostalgia” de los mayores, lo cierto es que la realpolitik transnistria asienta sus bases en una estructura capitalista de corte monopolístico, en una región muy próxima a la UE, en la que casi nadie repara. Excepto Florentino, supongo.

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