Fariña, una fina raya de hipocresía

Por Daniel Seijo

“Si hubieras invertido 1.000 euros en acciones de Apple a principios de 2012, ahora tendrías 1.670. No está mal. Pero si hubieras invertido 1.000 euros en coca a principios de 2012, ahora tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!”

Roberto Saviano

“La droga es el producto ideal…La mercancía definitiva. No hace falta literatura para vender. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para suplicar que le vendan…El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente.”

William Burroughs

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Si en este artículo comenzase a hablar de la Benzoilmetilecgonina, con toda probabilidad la mayoría de los lectores no sabrían exactamente a que me estoy refiriendo, pero la cosa cambiará rápidamente cuando el nombre que salga a escena sea el de la cocaína, todos sabemos de que estamos hablando cuando hablamos de cocaína…después de todo, hace ya mucho tiempo que el mito lúdico le ha ganado la partida a la pura química. La blanca, coca, farlopa, mandanga, perico, merca…cientos de nombres para denominar a un simple alcaloide cristalino que sin duda se ha coronado por sus propios méritos como la reina de las drogas recreativas en nuestro país.

Desde el fallido artículo 344 bis, con el que España pretendía regular y castigar el consumo y tráfico de drogas en pleno gobierno de Carrero Blanco, hasta hoy, la historia de nuestro país con los estupefacientes es una historia largamente marcada por la muerte, el dinero negro, la corrupción y especialmente por muy altas dosis de hipocresía y cinismo. Atrás parecen quedar los oscuros años ochenta, una década ya olvidada en la que la heroína dinamitaba la vida social de muchos barrios acompañada por la pobreza y la desesperación, y cuyos principales protagonistas, en forma de jóvenes consumidores, eran fácilmente identificables a simple vista: ejércitos de auténticos zombies hijos de la clase obrera, neutralizados al ritmo que contaminaban su torrente sanguíneo y quizás, también algún pequeño hijo de papa fruto de la movida, atrapado sin remedio por su inconsciencia en las redes de una sustancia que pronto pasaría a convertirse en la enemiga número uno para las autoridades. Si tuviésemos que ponerle banda sonora a aquella generación, sin duda las desgarradoras notas del “Heroin” de la Velvet Underground serían las elegidas, un sonido desgarrador y una letra hipnotizante para intentar acompañar y comprender a una generación perdida entre pico y pico, una consecuencia directa del desconocimiento, que arrojó a miles de jóvenes a una búsqueda sin sentido entre sus venas y la muerte, un sedante social, un sinsentido cimentado entre política y prohibición.

El largo experimento de la cruzada contra las drogas ha mostrado sobradamente su ineficiencia, prohibir determinado tipo de sustancias no sólo no ha hecho que estas sean menos asequibles, sino que ha dado como resultado una masa de consumidores inconscientes en manos de mafias criminales

Resulta curioso que haya sido la decisión de la jueza de Collado Villalba, Alejandra Pontana, acordando el secuestro del libro Fariña, la que haya puesto una vez más sobre la mesa el tema de la droga en España. En un país en el que cada hora son cientos los gramos de cocaína que inundan nuestros despachos, baños públicos, reservados, clubs, salpicaderos, vestuarios,  prostíbulos, camerinos, hogares…resulta ciertamente hipócrita tratar a la cocaína como una auténtica desconocida, como un accidente en el camino únicamente cercano para nuestra sociedad en la ficción. Mucho tiempo antes de que la acción de la justicia actuase incomprensiblemente contra la obra del periodista Nacho Carretero, ha sido la propia sociedad española la que ha decidido aplicar el denso manto de la censura sobre la realidad del consumo de estupefaciente en nuestro país. Cannabis, heroína, cocaína, anfetaminas, MDMA y cientos de las más nuevas e inestables sustancias psicoactivas, inundan en estos momentos nuestras calles destinándose a nuestro consumo interno o simplemente como un alto en su camino para a continuación recorrer inexorablemente cada una de las capitales europeas. Pese a la estricta reglamentación estatal e internacional sobre la producción, comercio y uso de sustancias psicotrópicas, la estrategia del prohibicionismo hace mucho tiempo que se ha destapado como totalmente fútil a la hora de luchar contra una sociedad que siendo claros, le pone colocarse. Desde el viejo y refinado consumidor de vino, pasando por la joven adicta al MDMA en sus sesiones de música electrónica,  el yuppie desinhibido tras esa última raya de cocaína en el servicio o el típico consumidor compulsivo de heroína, una infinidad de perfiles y roles totalmente variados y en ocasiones contradictorios, continúan y continuarán paseándose por el lado oscuro de la conciencia alterada pese a las temibles consecuencias legales. Tradicionalmente la droga se ha cimentado socialmente como un pilar maestro en todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad, ni la moralidad, la legalidad o la religión, parecen haber llegado a comprender que hay puertas que jamás podrán terminar de cerrarse. 

Sólo el sexo podría llegar a competir con las drogas para alzarse con la corona del tabú más extendido, y como en el caso de la sexualidad, los continuos intentos por eclipsar el consumo de drogas y su prohibición no han podido aportar al conjunto social otra cosa excepto la ignorancia y las consecuencias derivadas de esta. El negocio de la droga en nuestro país supone en su mayor parte un negocio clandestino, un complejo entramado oculto entre las opacas redes de narcotráfico internacional, en las que la figura del consumidor únicamente cobra importancia en su papel de generador de valor real durante el proceso de intercambio monetario por la mercancía. Podría en estas líneas hablar de que el kilogramo en nuestro país ha subido  de 34.087 euros hasta los 34.369,  citar que los principales países de procedencia son Bolivia, Colombia y Perú o incluso aportar elocuentes datos sobre el “ligero” descenso de la adulteración de la cocaína en España durante el último año. Supongo que para buscar mayor repercusión en estas páginas, para mendigar sus clicks, debería internarme en algún barrio depauperado por el mercadeo de la droga y forzar la máquina hasta terminar recibiendo una pedrada que consiguiese pegarlos a todos ustedes al televisor durante su desayuno: La Línea, Villaverde, las Tres Mil, La Cañada, Virgen del Carmen, el Raval…barrios a los que acudir únicamente durante una semana para exprimir las declaraciones y testimonios de sus vecinos, para a continuación desaparecer sin dejar rastro. En realidad a los mass media no les interesa bucear en el trasfondo oculto de esos barrios, al igual que tampoco a ustedes les interesa conocer como en los años 80 Galiza pudo convertirse en la principal entrada de droga a Europa. Dicha información no concentra el interés de la audiencia porque para ello tendríamos que bucear demasiado en el tiempo, y la memoria histórica es un ejercicio no desarrollado en demasía en nuestro país.

La peculiar orografía, los miles de kilómetros de costa, la dificultad de nuestras rías o la experiencia en el mar, jugaron un importante papel a la hora de transformar a Galiza en una pequeña Sicilia, pero no debemos olvidarnos de la presencia de la gran protagonista: la pobreza. En los años ochenta, en una nación empobrecida y adormecida tras décadas de sometimiento al papel de despensa y granero de España, el narcotráfico vino a suponer para gran parte de su población, una de las escasas oportunidades reales para escapar rápidamente de la miseria en un territorio asolado por los caciques y en el mejor de los casos la indiferencia de Madrid. Galiza comenzó entonces a exportar cocaína a la península del mismo modo que anteriormente había exportado alimentos durante la Guerra Civil y hoy exporta energía: sin apenas repercusiones positivas para nuestra tierra, pero sí con sus grandes efectos negativos para la misma.

La desmesurada presencia de la droga en Galiza arrebató la vida a decenas de jóvenes nacidos en los años setenta, una auténtica generación perdida entre la inercia de un desastre que muy pocos vieron venir. Los convulsos años ochenta arrojaron a nuestro país al precipicio de la precariedad económica, con una tasa de paro disparada por encima del 21% y una alarmante falta de servicios sociales y sanitarios, la droga comenzó a desembarcar en Galiza, atrapando sin aparentes alternativas a miles de jóvenes, en una cruel cadena humana en la que las grandes cantidades de dinero y la dosis  garantizada, les impediría ver el peligroso coctel del que inconscientemente eran participes al ritmo de Los Chichos, Los Chunguitos, el Torete o el Vaquilla. Pronto al lujo de la Fariña sobre la mesa le siguió la cárcel, los tirones, los ajustes de cuentas, miles de afectados por hepatitis, cirrosis, sida, las temidas sobredosis… miles de jóvenes arrastrándose por las calles para buscarse la vida, víctimas de una auténtica epidemia que arrastró a familias y barrios enteros a un infierno totalmente desconocido hasta ese momento.

Un capítulo aparte merecería el estudio económico del impacto de la droga en Galiza, según informes del Instituto de Estudios Fiscales, cada año un 1% de la riqueza de nuestro territorioel equivalente al negocio anual de toda la industria eólica o del sector lácteo gallego, desaparece en nuestro tejido social destinado al gasto sanitario y las perdidas de productividad evaporadas entre inhalaciones y las rápidas estelas de las planeadoras. Con una clara tendencia a criminalizar todo esfuerzo por implementar un mayor conocimiento a los consumidores, y sin una estrategia de actuación clara contra la drogodependencia más allá del ineficiente empeño por la prohibición, Galiza continuará perdiendo directamente 133 millones de euros anuales por el consumo de drogas ilegales entre su población.

En los fardos que desembarcaban en Galiza durante los años ochenta se conjugaba la ignorancia acerca de las drogas en el estado español,  la necesidad de un pueblo abandonado a su suerte y la codicia siempre presente en el sistema capitalista. Con el secuestro y el posterior estreno de Fariña, en España hemos vuelto a la cocaína encima de la mesa, pero de nuevo lo hemos hecho desde la más profunda hipocresía, con demasiado corte y muy poco interés por conocer sus verdaderos efectos, algo que sin duda cualquier consumidor o estudioso de la droga le diría que es la peor forma de acercarse a ella. Muchas quintas se perdieron completamente en Galiza por esa ignorancia y avaricia, un pequeño número de familias comieron de aquel polvo blanco y muchas otras sufrieron en sus carnes sus consecuencias en forma de muerte o lenta agonía en el intento por escapar de la más absoluta dependencia.

Desde el fallido artículo 344 bis, con el que España pretendía regular y castigar el consumo y tráfico de drogas en pleno gobierno de Carrero Blanco, hasta hoy, la historia de nuestro país con los estupefacientes es una historia largamente marcada por la muerte, el dinero negro, la corrupción y muy altas dosis de hipocresía y cinismo

Atrás han quedado ya los tiempos en los que Sito Miñanco podía permitirse hablar con el párroco de su localidad para que la procesión de la Virgen del Carmen –patrona de los marineros– se demorase al día siguiente con tal de facilitar una descarga, las relaciones del cártel de Medellín –liderado por Pablo Escobar– con los narcos gallegos o la ostentación del Cambados en segunda B y el Pazo Baión, por desgracia la Fariña televisiva volverá inevitablemente a hacer de Sito Miñanco, Laureano Oubiña o los Charlines grandes figuras para una generación de jóvenes carentes de mejores referentes con los que acceder al sueño del éxito. No olvidemos que hoy el salario mínimo mensual en España se sitúa en 735,90€, mientras que un patrón de barco puede llegar a llevarse 5 millones por descarga, 3 el mecánico y 2,5 cada marinero, los grandes lujos ya no se dan con tanta facilidad como en décadas pasadas, el inicio de las dificultades comenzó con la Operación Nécora y países como Guinea Bissau o Senegal, así como la ruta alternativa a través de los contenedores que cada día llegan a los puertos españoles procedentes de Latinoamérica, han disminuido considerablemente la importancia de las rías gallegas en las rutas del narcotráfico internacional, pero los nuevos clanes de la droga continúan situando a Galiza como un punto intermedio entre los paramilitares colombianos, las diferentes guerrillas, los cárteles y los consumidores europeos. Los clanes gallegos siguen siendo sin duda relevantes en un mercado vinculado a la corrupción política y el lavado de dinero. Mientras tanto, el prohibicionismo y la ya establecida hipocresía social en España, continuarán haciendo que nos fijemos siempre en la parte menos importante de la foto. Políticos, abogados, Guardias Civiles, agentes de aduanas, banqueros…todos ellos resultan todavía hoy necesarios para el correcto funcionamiento del sistema, todos ellos resultan vitales en un negocio que continuará en activo mientras existan consumidores dispuestos a pagar por una raya de cocaína sobre la mesa, algo que nos guste más o menos, sin duda va a continuar sucediendo.

El intenso repunte, tras la invasión norteamericana, de la exportación de heroína procedente de Afganistan –un país que produce el 75% de la heroína del mundo, y en el que los talibanes habían llegado a reducir el cultivo de amapola casi en un 90% la complacencia internacional con los narcogobiernos en México y Colombia, las estrecha relación entre los canales del dinero negro de los cárteles y el sistema económico mundial o la en muchas ocasiones estrecha relación entre narcos y gobernantes, continuaran siendo un secreto a voces.

Nuestra negativa y temor a encarar un debate serio sobre las drogas en nuestro país, tan solo nos ha llevado a enterrar el problema, encerrándolo en barrios empobrecidos para exponerlo a la luz únicamente en nuestros más sensacionalistas matinales o en la ficció,. una ficción que a menudo nos lleva a creer que los estados cuya política está o ha estado en manos del poder de los narcos y su dinero, son algo demasiado ajeno a nuestra realidad. Es hora de poner fin a una siniestra rueda, en la que de la mano del prohibicionismo, la teracaína y otras mierdas, unida a la sangre de miles de personas en América Latina, pero también en Europa,  continúan a día de hoy adulterando el producto final para unos consumidores igualmente indefensos y desinformados.

El largo experimento de la cruzada contra las drogas ha mostrado sobradamente su ineficiencia, prohibir determinado tipo de sustancias no sólo no ha hecho que estas sean menos asequibles, sino que ha dado como resultado una masa de consumidores inconscientes en manos de mafias criminales cuya adulteración del producto y disputas por el dominio del mercado causa cada año miles de muertos en el mundo. El derecho a las drogas es en definitiva, un derecho civil inmemorial, depende por tanto del conjunto social arrebatarle el dominio del mismo a las mafias criminales y políticas. Nuestra salud, seguridad y economía, sin duda lo agradecerán.

 

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