El extremismo como amenaza estructural

Movimientos como ‘The Base’ tienen una finalidad clara aunque se esconda tras retóricas de “defensa” o “identidad”: eliminar la igualdad. Anular la idea de que todas las personas tienen el mismo valor.

Por Isabel Ginés | 9/12/2025

Hay momentos en los que la realidad nos sacude y nos obliga a mirar sin desvíos aquello que preferíamos mantener en los márgenes. La desarticulación reciente de la célula nazi vinculada a The Base es uno de esos episodios que revelan la naturaleza profunda del extremismo: no es ruido, no es folklore violento, no es un residuo del pasado. Es un proyecto político activo que pone en peligro los derechos humanos y la arquitectura moral que sostiene nuestras sociedades.

El extremismo funciona como una grieta en las democracias. Primero es un discurso, luego es una estética, después es una red. Y cuando nadie lo frena se convierte en acción. Arendt lo llamó la “banalidad del mal”: no porque el mal sea trivial, sino porque la gente que lo ejecuta suele envolverlo en rutinas, en gestos cotidianos, en una lógica que normaliza lo intolerable. Detrás de cada ideología que degrada la dignidad humana hay un proceso lento de simplificación moral: dividir el mundo en puros e impuros, en los que merecen vivir y los que deben desaparecer.

Movimientos como The Base tienen una finalidad clara aunque se esconda tras retóricas de “defensa” o “identidad”: eliminar la igualdad. Anular la idea de que todas las personas tienen el mismo valor. Quitar del centro la dignidad humana y sustituirla por un mito racial, nacional o cultural. Ese es el núcleo del supremacismo, del fascismo y de cualquier ideología que encuentre su sentido en la exclusión.

Popper advertía que las sociedades abiertas deben defenderse de quienes quieren destruirlas, porque la tolerancia ilimitada permite que la intolerancia lo arrase todo. El extremismo vive de esa paradoja. Aprovecha las libertades que da la democracia para intentar destruirla desde dentro. Y en ese proceso dinamita los derechos humanos: el derecho a existir sin miedo, a pensar libremente, a convivir en igualdad, a no ser reducido a un enemigo esencial.

Lo que buscan estos movimientos no es solo poder sino control total. No quieren convivir con la diferencia. Quieren eliminarla. No quieren participar en el debate democrático. Quieren colocar explosivos en los cimientos del espacio común.

Erich Fromm explicó que el fanatismo florece cuando las personas sienten que su identidad es frágil. El extremista, en lugar de trabajar su miedo, lo convierte en arma. Elige un enemigo imaginario que le dé sentido y un relato que le ofrezca pertenencia. Se siente poderoso porque odia, no porque piensa. Esa es la trampa psicológica del extremismo: da una identidad prefabricada en un mundo incierto.

El aceleracionismo encaja perfectamente en este patrón. Promete que la violencia es un atajo hacia un nuevo orden y que la destrucción es purificadora. Es la versión actualizada del viejo mito fascista de la acción redentora. “Si el mundo no te gusta, destrúyelo”, dicen. Y muchos de sus seguidores lo creen, porque no han encontrado otro tipo de pertenencia.

Camus, en El hombre rebelde, diferenciaba entre la rebelión que afirma la vida y la revuelta nihilista que quiere anularla. Los extremistas del presente se sitúan en el segundo grupo. No luchan por transformar la sociedad: luchan por arrasarla.

Mientras una ideología del odio permanece en la cabeza de unos pocos individuos aislados el daño existe, pero la dimensión es limitada. El verdadero peligro aparece cuando se convierte en estructura. Cuando se arman, se entrenan, se financian, se organizan y se conectan con redes internacionales. Es entonces cuando la amenaza deja de ser psicológica para convertirse en material. Y es ahí donde entran en juego los derechos humanos como barrera infranqueable.

El extremismo busca quebrar la frontera más básica: que toda vida humana tiene el mismo valor. Quieren retroceder a un estado de naturaleza donde la fuerza determina quién merece vivir. Es un proyecto incompatible con cualquier sociedad civilizada. Fanon explicó que la violencia colonial nacía exactamente de ese principio: la jerarquía absolutista de unas vidas sobre otras. El supremacismo contemporáneo no difiere demasiado en sus fundamentos.

Cada célula que se organiza, cada grupo que se arma, cada líder que profesa el odio racial pretende instaurar un mundo donde la diferencia es delito y la diversidad es enemigo.

En tiempos de extremismo, los derechos humanos dejan de ser un marco abstracto para convertirse en un acto de resistencia. Defenderlos implica reconocer que la igualdad no es un lujo sino un límite moral que nadie puede traspasar sin romper el pacto civilizatorio.

La Declaración Universal no es un documento del pasado sino un freno a las pulsiones autoritarias del presente. Su artículo primero es radical: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Esa frase, que parece sencilla, contradice todo el edificio ideológico del extremismo. Por eso la atacan. Por eso quieren destruirla.

Defenderla no es ingenuidad. Es supervivencia democrática.

Pensar para resistir, resistir para vivir

El extremismo no es una anécdota. Es un síntoma de algo más profundo: la incapacidad de una parte de la sociedad para convivir con la complejidad. La respuesta no puede ser solo policial aunque sea imprescindible. Tiene que ser también ética, filosófica y pedagógica. Hay que explicar por qué la igualdad es un pilar y no un eslogan y por qué aceptar la humanidad del otro no es debilidad sino fortaleza.

Arendt decía que el mal radical nace cuando dejamos de pensar. Por eso el primer acto de resistencia es pensar. Reconocer la dignidad del otro, incluso cuando el otro nos teme o nos odia. Y a la vez establecer límites firmes a quienes quieren destruir la convivencia.

Porque si algo nos muestra cada avance del extremismo es que los derechos humanos no se heredan, se protegen. No sobreviven solos. Existen porque hay sociedades dispuestas a defenderlos y personas que no aceptan vivir en un mundo gobernado por la raza, el miedo o la violencia.

La lucha contra el extremismo no es abstracta. Es la defensa de lo más básico: la vida, la igualdad, la libertad y el derecho a existir sin ser convertido en enemigo por existir.

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