Esclavas bajo techos ajenos

Por Suka

Hace 4 años se aprobó en Marruecos la ley 19.12, que protege a las empleadas del hogar. 

Para que este artículo se entienda, a las empleadas del hogar las llamaremos “esclavas bajo techos ajenos”, pues así las llaman en el país que ha estado permitiendo estas aberraciones y este atropello masivo de los DDHH de las mujeres y niñas durante todos estos años sin que nadie se cuestione nada, sin que nadie rechiste y sin que ellas tengan voz.

Esta ley era necesaria, pero no va a erradicar esta servidumbre normalizada en casi todas las familias. Este estatuto no va a conseguir que las familias ricas dejen de avasallar y negociar con la dignidad y la vida de estas niñas y mujeres. Tampoco va a conseguir que las familias pobres dejen de hacer negocio con sus hijas por el simple hecho de nacer mujeres y venderlas a castas ricas de Marruecos a cambio de 50 euros mensuales.

Cuando digo que esta ley no ha conseguido ni va a conseguir erradicar la “esclavitud bajo techos ajenos”, me refiero a que en Marruecos siguen robándole la infancia a muchas niñas de 7 años, la adolescencia a las que tienen 16 y la vida a las que se han visto atrapadas en mansiones hipócritas desde pequeñas. 

La única escapatoria para estas mujeres es la otra cárcel, el matrimonio. 

Es imposible acabar con décadas de sometimiento sin haber solucionado el analfabetismo en el ámbito rural, sin haberle plantado cara al patriarcado y sin denunciar al que esclaviza y, sobre todo, sin proteger a la esclava.

Todas estas mujeres y niñas, más de 65.000, dejaron de ser invisibles para la sociedad marroquí y pasaron a ser números al crear una ley que es más un motivo para callar a la sociedad occidental (que poco a poco se está dando cuenta de la realidad marroquí) que una ley realmente efectiva a la hora de proteger a las víctimas de esclavitud burguesa. Esa realidad  es la que intentamos visibilizar las que hemos convivido y crecido con esta falta de escrúpulos hacia miles de mujeres y niñas.

La llamaremos violencia silenciada, ya que ellas no pueden hablar porque saben que su voz no tiene ningún valor para la sociedad. Esta violencia es como todas las demás, con los mismos patrones en todos los casos: a todas les arrancaron el derecho de ser niñas vendiéndoles el cuento de ir a la gran ciudad y trabajar para familias ricas e importantes.

Este es el cuento de la cenicienta marroquí, una cenicienta que nace, crece, se convierte en una carga para el padre. Este la arranca del seno familiar llevándola a la gran ciudad para trabajar en una mansión en la que solo existe cuando se levanta a las 5 de la mañana para prepararle el desayuno a la familia, para limpiarle los zapatos al dueño de la casa, para volver a hacer la comida, para limpiar, para seguir a limpiando y para irse a dormir cuando todos se hayan dormido. Crece haciendo camas, poniendo lavadoras, fregando platos y cocinando. Crece comiendo sola, cuando todos hayan acabado de comer. Crece y pasan los días sin saber exactamente cuántos años han pasado desde que dejó de ser una niña.

No deja de crecer y con ella crecen las probabilidades de que los hijos de estas familias abusen de ella. Desaparece la probabilidad y se convierte en realidad. Esta cenicienta, como la mayoría de las otras, se reproduce. Después de reproducirse es repudiada por la familia que la ha esclavizado y por la familia que la ha vendido. La repudian por dar a luz a un bebé fruto de un abuso sexual.

 La ley sigue sin protegerlas, la sociedad sigue sin verlas y ellas dejaron de ser niñas invisibles para convertirse en madres invisibles.

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