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El aula no es un espacio ajeno a la cultura patriarcal: es su espejo. Lo que ocurre fuera se reproduce dentro, con la misma lógica de dominación, pero con códigos más sutiles.
Por Isabel Durán Báez | 30/10/2025
El machismo no desapareció: solo cambió de tono, de formato y de plataforma. Ya no siempre grita, pero sigue ahí, respirando en las aulas, disfrazado de chiste, de “broma entre colegas”, de silencio cómplice. Muchos adultos creen que las nuevas generaciones son “más igualitarias”, pero basta entrar en un instituto para ver que no: el patriarcado ha aprendido a hablar el lenguaje de TikTok, de Twitch y de los memes.
Se cuela en las conversaciones entre clases, en los comentarios que banalizan la violencia sexual o que convierten el feminismo en motivo de burla. Se manifiesta cuando una chica levanta la mano en clase y un compañero la interrumpe; cuando se difunde una foto íntima y el grupo entero calla; cuando se normaliza que los chicos “bromeen” sobre el cuerpo de las compañeras.
El aula no es un espacio ajeno a la cultura patriarcal: es su espejo. Lo que ocurre fuera se reproduce dentro, con la misma lógica de dominación, pero con códigos más sutiles.
La pornografía, las redes sociales y los discursos antifeministas en internet están moldeando la mirada de los adolescentes. Chicos de 14 años consumen vídeos donde la violencia sexual se erotiza y las mujeres son objetos sin deseo propio. Influencers y streamers machistas les repiten que el feminismo “odia a los hombres”, y muchos lo compran porque nadie les ofrece una alternativa crítica ni un modelo diferente de relación.
Mientras tanto, las chicas cargan con el peso de la exposición, del juicio constante, del miedo a ser grabadas o ridiculizadas. El patriarcado ya no necesita imponerse con autoridad: ahora lo hace con likes.
El sistema educativo habla mucho de “igualdad”, pero evita las palabras que de verdad incomodan: patriarcado, prostitución, pornografía, cosificación, poder. Se enseña a respetar “a todos por igual”, pero no se explica quién tiene el poder ni cómo se ejerce.
Se apela al buen trato, pero se omite el análisis estructural de la desigualdad.
Y así, la educación se vuelve inofensiva. Políticamente correcta, pero ineficaz. No molesta a nadie, pero tampoco cambia nada.
Por eso necesitamos coeducación: una educación que no solo mezcle a niños y niñas, sino que cuestione activamente los roles de género, el reparto desigual del poder y los mitos del amor romántico. La coeducación no es una asignatura: es una forma de mirar el mundo y de desarmar el patriarcado desde la raíz.
Cada vez que un profesor no interviene ante un comentario machista, el mensaje es claro: eso se puede decir.
Cada vez que se resta importancia a un acoso o a una burla, se enseña que la violencia simbólica no es grave.
Las aulas no solo transmiten conocimientos: también jerarquías. Y hoy, esas jerarquías siguen teniendo nombre de hombre.
Si queremos que las aulas sean espacios de libertad, no basta con pintar carteles cada 8 de marzo.
Hace falta una transformación profunda:
Educación sexual y afectiva crítica y abolicionista.
No basta con hablar de “consentimiento”: hay que hablar de deseo, de autonomía, de libertad interior. Enseñar que las mujeres no nacen para complacer, sino para decidir qué quieren, cuándo y con quién. Desmontar el mito de la prostitución “libre” y analizar la pornografía como violencia, no como entretenimiento.
Incorporar el feminismo y la coeducación al currículo.
No como un tema opcional, sino como una mirada transversal que atraviese todas las materias y que enseñe a leer el mundo en clave de poder, justicia y deseo propio.
Formar al profesorado con perspectiva feminista.
Los docentes deben saber identificar y confrontar el machismo sin miedo ni ambigüedad.
Callar es ser cómplice. Educar también es posicionarse.
Dar voz y apoyo a las alumnas.
Que sepan que no están solas. Que su palabra vale, que su deseo es legítimo, que su indignación es política. Que el feminismo no es una moda: es defensa propia.
El machismo en las aulas no es un fallo del sistema: es el sistema mismo reproduciéndose. Y si no lo detenemos ahí, donde se forman las conciencias, seguiremos fabricando generaciones de hombres convencidos de que su dominio es natural.
La igualdad no se hereda, se enseña.
Y mientras no se enseñe con coeducación, deseo y feminismo, el patriarcado seguirá teniendo asiento en primera fila.
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