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El hambre no era únicamente síntoma del fracaso económico, sino prueba del control absoluto del Estado sobre los cuerpos y las conciencias.
Por Lucio Martínez Pereda | 13/11/2025
El hambre, en los años posteriores a la Guerra Civil, no puede interpretarse únicamente como una consecuencia de la devastación bélica o de la ineficiencia económica del nuevo régimen. El poder franquista comprendió pronto que la escasez no era solo una tragedia, sino también una herramienta política de primer orden. La administración de la penuria alimentaria se convirtió en un instrumento de cohesión vertical: quien controlaba el acceso a los víveres controlaba la obediencia.
El miedo al hambre, real y cotidiano, estructuró una sociedad dispuesta a aceptar la humillación del racionamiento, las colas, las cartillas y el mercado negro como parte de una normalidad impuesta. La dependencia del Estado, canalizada a través de instituciones como la Delegación Nacional de Auxilio Social, generó una relación paternalista en la que la gratitud debía dirigirse al régimen y no a la solidaridad vecinal o familiar. En ese sentido, la dominación no se sostenía solo con la fuerza de las armas o la represión directa, sino con la administración meticulosa de la necesidad.
La escasez se convirtió, así, en un lenguaje político. El pan, el aceite o la leche condensada eran elementos de propaganda tanto como el uniforme o el sermón dominical. El hambre no era únicamente síntoma del fracaso económico, sino prueba del control absoluto del Estado sobre los cuerpos y las conciencias. De esa forma, la dominación adquiría un carácter íntimo y cotidiano: se introducía en las cocinas, en los comedores de caridad, en las colas del racionamiento, convirtiendo cada alimento en un recordatorio de la dependencia.
* La imagen es de un comedor de Auxilio Social en Bilbao, probablemente 1937: los niños muestran con la evidencia de su lenguaje corporal -especialmente ella- su reticencia a obedecer. La fotografía en principio formaba parte de un artículo propagandístico. Finalmente no fue publicada, en su reverso figuraba la x de un rechazo: no se ajustaba a la imagen de espacio alegre que la organización falangista quería proyectar sobre la sociedad.
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