La Guerra Civil, el franquismo, la Transición o incluso episodios más recientes no operan en el plano de la opinion pública como objetos de estudio, sino como repertorios de hechos disponibles para la disputa política.
En la España franquista, la política familiar combinó nacionalismo, catolicismo de Estado y retórica falangista para construir una moral reproductiva que subordinaba a la mujer al hogar y a la maternidad como deber patriótico.
Vallejo-Nájera no fue un excéntrico aislado, sino una pieza funcional en el engranaje de una dictadura que necesitaba dotarse de legitimidad científica para clasificar, excluir y castigar.
La dimisión o abandono de Lara Hernández en Sumar no es una simple peripecia orgánica, sino el síntoma de este agotamiento: el de las construcciones políticas nacidas como artificios tácticos, sin densidad doctrinal suficiente para sobrevivir a la primera prueba de resistencia.
El nacionalismo, en ambas propuestas ultraderechistas no es el núcleo del proyecto sino su envoltorio disimulador, es solamente un artefacto movilizador para suscitar adhesiones emocionales.