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Pagan para tener vía libre. Pagan para desahogar el odio que no pueden sacar en casa. Pagan para convertir a una mujer en escombro humano. Para cumplir sus fantasías. Para sentirse los jefes de algo.
Por Isabel Ginés | 18/05/2025
Camila migró para alimentar a su familia. Hoy, con 26 años, sobrevive entre jornadas de limpieza y prostitución forzada. Su cuerpo ha sido un campo de batalla donde hombres descargan odio, poder y fantasías violentas. Pero aún no han conseguido quebrarle el sueño: salir.
Camila salió de su pueblo con lo puesto. Atrás quedaron su madre, su padre y dos hermanas pequeñas con hambre en el estómago y barro en los pies. En casa no había comida diaria, ni escuela, ni futuro. Lo único que había eran deudas y silencio.
Viajó a la ciudad, y luego a España, con una promesa en la maleta: trabajar, enviar dinero, salvar a las suyas. Lo que encontró fue precariedad, empleos intermitentes, habitaciones compartidas, dolor y estómago vacío. Ni los trabajos de limpieza bastaban. Cuando no pudo más, alguien le ofreció una “salida”.
Camila no quería. Se resistió. Pero al otro lado del teléfono, su madre le decía que las niñas necesitaban mochilas, cuadernos, zapatos. Comida. Camila no podía fallar. Así que aceptó. No por elección. Por desesperación.
La primera vez fue una violación. Así lo dice ella. Con todas las letras: violación. Lloró todo el tiempo. El hombre lo ignoró. Había pagado. Tenía derecho. Cuando él se fue, Camila se metió en la ducha, se frotó la piel hasta irritarla, pero no pudo sacarse el asco. Ni el miedo. Ni la sensación de haber dejado de ser persona.
Poco después apareció el chulo. Le dijo que sin él no podía trabajar. Que él la “protegería”. Pero la protección tenía un precio: cuotas imposibles y obediencia ciega. Si no cumplía, llegaban las palizas. Si se negaba a algún acto, llegaban las violaciones. No siempre del chulo: a veces enviaba a otros. Para “enseñarle”. Para “corregirla”.
Una vez se negó a seguir con un cliente porque le dolía. Él la ató. La violó. Camila desangraba por el ano y la vagina. Tenía el labio partido. El chulo le dijo que no denunciara: “El que paga manda. Si paga, puede hacer contigo lo que quiera.”
Esa noche lloró. A la mañana siguiente fue a limpiar casas. Con las muñecas moradas, el cuello marcado y el cuerpo desgarrado.
Camila aprendió rápido. En prostitución se aprende muy deprisa. Se aprende que tu cuerpo ya no te pertenece. Eres marioneta y un juguete que rompen cada día. Para sobrevivir, hay que desaparecer de dentro. No debes sentir y menos pensar. No recordar. Tomar pastillas para dormir y para que te violen.
Los hombres vienen sudados, con olor a trabajo, a cerveza, a misoginia. Se tiran pedos. Te escupen. Te insultan. Pagan para tener vía libre. Pagan para desahogar el odio que no pueden sacar en casa. Pagan para convertir a una mujer en escombro humano. Para cumplir sus fantasías. Para sentirse los jefes de algo.
Camila lo dice sin temblar: “Hay hombres que no buscan sexo. Buscan castigar, humillar, romperte. Pagan para descargar su violencia. Pagan para torturar. Pagan para hacer lo que sus mujeres no les permiten.”
La ataron. La amordazaron. Le metieron objetos. Le pegaron. La mordieron. Le pedían que gemiera, que suplicara, que agradeciera. Todo por dinero. Por comida. Por una mochila. Por no dejar de pagar el alquiler.
Camila no es blanca. No es europea. No es rica. Y eso, en el sistema prostitucional, se paga caro. El cuerpo de una mujer migrante y empobrecida es el eslabón más bajo de una cadena construida por hombres, para hombres.
En la prostitución, el racismo no es un subtítulo. Es estructura. La misoginia no es un insulto: es el guion. El clasismo no es un contexto: es la puerta de entrada.
El sistema prostitucional no es un trabajo. Es un campo de concentración sexual para mujeres vulnerables. Es el lugar donde se ejecuta la crueldad con total impunidad.
Si Camila tuviera delante a uno de los hombres que la ha comprado, le diría esto:
“Imagina que lo que haces conmigo se lo hicieran a tu hija, a tu madre, a tu hermana. Delante de tus ojos. Imagina que una mujer que amas es atada, golpeada, violada. Imagina que sufre por dentro y por fuera. Si puedes imaginarlo sin revolverte, es que ya estás perdido.”
Camila lleva un año y cuatro meses en prostitución. Tiene 26 años. Ha empezado a ahorrar. Hace uñas a sus compañeras. Sueña con ser esteticista. Con abrirse un Instagram. Con grabar TikToks. Con trabajar en un centro de belleza. Ya tiene el dinero para el curso. Si le confirman una segunda casa de limpieza, dejará la prostitución para siempre.
Y lo hará. Porque aún tiene algo que nadie ha podido robarle: la voluntad de vivir con dignidad.
Camila no es un caso aislado. Camila es sistema. Es estructura. Es consecuencia de un modelo que permite que el hambre convierta a las mujeres en mercancía, que las fronteras conviertan la desesperación en disponibilidad sexual, y que los hombres con dinero se crean con derecho a todo.
El sistema prostitucional es la forma más extrema y tolerada de violencia sexual en masa. Es legalizada. Es invisible. Es diaria.
Las mujeres no nacen para ser putas. Las convierten en putas a través de la pobreza, la exclusión, la violencia y el abuso.
Camila ha sobrevivido. Pero no sin cicatrices. Su salud mental, su integridad física y su percepción del mundo han sido brutalmente quebradas.
La pregunta no es si la prostitución debería regularse. La pregunta es: ¿cuánta crueldad estamos dispuestos a permitir a cambio de que unos pocos puedan pagar por destruir a una mujer?
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