El cambio climático no se debe al CO2

Por Manuel López Arrabal

La polémica levantada a finales de noviembre de 2009, conocida como “climategate”, pocos días antes de la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, surgió debido a unos polémicos e-mails “hackeados” de científicos internacionales de la CRU (Unidad para la Investigación del Clima), que admiten las mentiras, manipulación y fraude que validaron el actual modelo climático y el supuesto calentamiento global debido a la actividad humana. Antes de Copenhague se celebraron la 1ª y 2ª Conferencia Mundial sobre el Clima (1979 y 1990), la Cumbre para la Tierra en Río (1992), el Protocolo de Kioto (1997) y las Cumbres de Marrakech, Montreal y Bali (2001, 2005 y 2007). Y tras Copenhague las siguientes cumbres sobre el clima se realizaron en Cancún (2010), Durbán (2011), Doha (2012), Varsovia (2013), Lima (2014), París (2015), Marrakech (2016) y Bonn (2017).

Las cumbres climáticas son reuniones organizadas por la ONU donde las distintas delegaciones de cada país intentan llegar a acuerdos globales para disminuir sus emisiones de CO2 a la atmósfera planetaria. En este sentido, el Acuerdo de París parece ser el más exitoso al haberse ratificado por más de 200 países, con la importante excepción de EEUU donde la Administración Trump dio marcha atrás y se desmarcó de tal Acuerdo.

Desde hace muchos años, se acusa a la civilización actual de ser la causante de la aceleración del calentamiento del planeta, aunque su origen se retrotraiga a la época de la revolución industrial, llegando a afirmarse que la emisión excesiva de CO2 es el principal o único agente responsable. También se nos responsabiliza a todos los ciudadanos de a pie, de que está en nuestras manos la posibilidad de reducir el famoso efecto invernadero.

Desde hace más de dos décadas, el verdadero movimiento ecologista que perseguía una mejora en la educación ambiental, el respeto a la naturaleza y la reparación de los daños causados a nuestro planeta, fue eclipsado por intereses políticos, al reducirse la problemática del cambio climático únicamente a los efectos producidos por las emisiones de dióxido de carbono. Esto provocó que se desvirtuara el verdadero movimiento medioambiental, trasladándose el foco de atención y la supuesta solución del calentamiento global a la reducción de emisiones de CO2.

La cumbre sobre el cambio climático celebrada en Kioto finalizó sin la obtención de los compromisos esenciales por parte de varios países muy industrializados. Posteriormente, según informaron los medios de comunicación, los que sí pactaron, en su mayoría no han podido reducir sus emisiones a los niveles requeridos. Por otra parte, la cumbre de Copenhague finalizó con un fracaso absoluto. Según lo pactado, cada país podía hacer lo que le viniera en gana, pues los objetivos de reducción de emisiones eran voluntarios y la medición, declaración y verificación las debía realizar cada nación sobre sí misma. Como se ve, un sinsentido. En las siguientes cumbres, hasta la más reciente celebrada en Bonn, los avances han sido pocos, dándose la apariencia de que el fenómeno del calentamiento global es prácticamente imposible de frenar.

Está claro que, de alguna manera, el modelo del cambio climático que nos pretenden “vender” oculta ciertos intereses egoístas que beneficia principalmente a una reducida élite de personas con mucha influencia y poder a nivel internacional.

En todas las cumbres sobre el clima, Naciones Unidas, maniatada por los poderes fácticos y los intereses creados, suele dar el visto bueno y refrendar lo pactado en tales cumbres. Esto, aparentemente nos hace ver que este asunto del cambio climático debe de ser el más importante de todos los problemas a tratar en relación al ecologismo. Sin embargo, la cortina de humo del CO2 oculta o desvirtúa el verdadero movimiento de los ecologistas y activistas que defienden a ultranza objetivos realmente válidos para hacer más habitable nuestro planeta. Estos objetivos son: la reducción de vertidos tóxicos, la reducción y correcta eliminación del uranio empobrecido, la limitación y reparación de daños a causa de la deforestación, la defensa del equilibrio de los ecosistemas, la preservación de las especies en peligro de extinción, la educación y concienciación medioambiental de los ciudadanos, la utilización de energías limpias y renovables, etc.

Frente a la teoría oficial sobre el cambio climático, la Tierra no es el único planeta que se está calentando, sino que lo mismo está sucediendo con los demás planetas del sistema solar. Por tanto, si buscamos información derivada de estudios científicos, llegaremos a comprobar que las verdaderas causas del cambio climático también hay que buscarlas en las influencias cósmicas y telúricas. De esto, nos vienen informando sobre todo los científicos rusos, y entre ellos el Dr. Alexey Dimitriev, miembro de la Academia Rusa de las Ciencias y experto en ecología global, que en 1997 publica un ensayo titulado “Estado Planetofísico de la Tierra y la Vida”, en el que anuncia transformaciones de alta velocidad en la Tierra a nivel geológico, geofísico y climatológico, siendo la causa: “…materiales altamente cargados que han penetrado en las áreas interplanetarias de nuestro sistema solar. Esta donación de energía está produciendo procesos híbridos y estados excitados de energía en el Sol y en todos los planetas”. El Dr. Dimitriev, en este gran ensayo también nos relata que “…las alteraciones geológicas, geofísicas y climáticas de la Tierra se están volviendo cada vez más irreversibles”. También dice que “…no sólo el clima está cambiando. Los cambios electromagnéticos terrestres van a exigir un examen o control de calidad en cada ser viviente del planeta, para determinar su habilidad en el cumplimiento de estas nuevas condiciones y su capacidad de adaptación”.

Como sabemos, los acontecimientos cíclicos que afectan a nuestro planeta y a nosotros mismos es un hecho indiscutible, pero sólo conocemos aquellos que tienen una duración relativamente corta y que podemos observar (el día y la noche, las estaciones del año, las mareas y su relación con la luna, etc.). Sin embargo, existen otros ciclos que igualmente nos afectan, pero que la mayoría de nosotros desconocemos por ser muy prolongados en el tiempo en relación con la vida humana. Vamos a centrarnos en tres fenómenos cíclicos que según la ciencia actual pueden estar influyendo enormemente en el cambio climático que sufrimos:

  1. Los polos magnéticos del Sol cambian cada 11,2 años, o lo que es lo mismo, la actividad solar aumenta o disminuye aproximadamente cada 11 años. Últimamente, se está comprobando que estos picos de actividad están por encima del nivel de ciclos anteriores y siguen en creciente aumento. En estos ciclos hay periodos donde el Sol lanza fotones de alta energía y materia altamente cargada hacia la Tierra, sacudiendo la ionosfera del planeta y su campo geomagnético. Estos fenómenos afectan muy seriamente a las centrales de energía eléctrica y a los satélites que orbitan alrededor nuestro. Un informe, fruto de una mesa redonda entre expertos de compañías de telecomunicaciones y de la NASA, nos advierte de los efectos que para el fluido eléctrico y las comunicaciones pueden tener esas formidables explosiones solares.
  2. Las glaciaciones de nuestro planeta ocurren cíclicamente en períodos de decenas de miles de años. La última glaciación alcanzó su máxima extensión hace unos 18.000 años, para empezar a retroceder unos 8.000 años después, es decir, hace tan sólo 10.000 años. En ese período las grandes masas de hielo llegaron a cubrir un tercio de las Tierras emergidas, o lo que es lo mismo, más de tres veces la extensión de los glaciares de hoy día.  Actualmente, seguimos en una fase muy avanzada de la post-glaciación, donde la disminución de los hielos ocurre de forma cada vez más acelerada, siendo esto el paso previo del comienzo de una nueva glaciación.
  3. Desde que se formó la Tierra hace unos 4.500 millones de años, se ha podido leer por los científicos la historia geológica del planeta, y comprobar que en los últimos 75 millones de años se ha producido unas 170 veces la inversión de los polos magnéticos, es decir, el polo norte magnético que actualmente se encuentra en el norte geográfico, en otros tiempos estuvo en el sur geográfico y viceversa. Según mediciones y observaciones científicas, los cambios de polos parecen coincidir con grandes cataclismos naturales y con la extinción de muchas especies animales. También se ha podido comprobar que desde hace unos 2.000 años, el campo magnético de la Tierra ha ido debilitándose en progresión geométrica. En relación a esto último, hay que decir que existen ciclos galácticos que la ciencia actual está midiendo, y que además coincide con algunas de las mediciones de la antigua y sorprendente civilización Maya. La ciencia de los Mayas conocía el movimiento de precesión equinoccial, que se debe a que la Tierra no es esférica sino achatada por los polos, y cuyo ciclo completo dura aproximadamente 26.000 años. Al finalizar dicho ciclo, los ejes magnéticos de la Tierra se alinean con el centro de nuestra galaxia, pasando por lo que la ciencia llama “una región de impulsos electromagnéticos escalares”, o lo que es lo mismo, un área del espacio donde las polaridades del campo electromagnético se debilitan.

Independientemente de que estos factores cíclicos, tanto cósmicos como telúricos, sean o no los responsables principales del llamado cambio climático terrestre, nosotros los “pequeños” seres humanos de a pie podemos hacer dos cosas:

  • Creernos a pies juntillas todo lo que nos cuentan los principales medios de comunicación sobre el cambio climático, dejando que sean los gobiernos y las grandes multinacionales las que tomen las medidas oportunas para paliar en lo posible esta compleja problemática, limitándonos nosotros a ser meros espectadores que básicamente apoyamos la causa climática mediante la separación de nuestra basura a la hora de reciclarla y poco más, para sentirnos así menos culpables.
  • O bien, pensar que no merece la pena preocuparse por tan interesada problemática de agenda global que beneficia a unos pocos, centrándonos en las cuestiones más importantes de nuestro día a día que puedan repercutir en verdaderas mejoras para el medio ambiente y, por extensión, para todo el planeta. Para ello, podemos prestar más atención a qué, cuánto y cómo consumimos. Como posibles guías, en mis artículos anteriores “La huelga tranquila” y “La vida más sostenible: la Vida Sencilla” se pueden encontrar ciertas pautas o ideas que pueden ayudarnos a mejorar nuestro estilo de vida. Esto, a su vez, nos permitirá que vivamos no solo más sanos en un medioambiente más limpio y preservado, sino que también nos hará más felices.

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