El capital derivado de los combustibles fósiles no solo calienta el planeta, sino que alimenta las guerras y ocupaciones que aceleran el colapso ecológico.
Se puede presumir del Puente Colgante, Patrimonio de la Humanidad, y del Casco Viejo bilbaíno con sus edificios renacentistas, mientras a un paseo de distancia el litoral acumula años de abandono sin que ninguna administración asuma con seriedad la responsabilidad de resolverlo.
Gracias a la “desinformación” producida por la falta de rigor y veracidad del contenido que se difunde, la ciudadanía termina acatando el relato distorsionador de la realidad que le ofrecen quienes manejan los medios y sus entresijos.
¿Qué le preguntaron a los habitantes de Lemoiz, Gatika y Maruri-Jatabe antes de decidir que su subsuelo, su costa y su paisaje iban a convertirse en la autopista eléctrica de Europa?.
La guerra en el estrecho de Ormuz no es un accidente geopolítico. Es el aviso de que seguir apostando por un modelo energético y territorial sin resiliencia tiene consecuencias.
El autor no dice esto para dar lecciones de antropología barata. Lo dice porque es escritor, porque sabe que las historias importan. Porque sabe que si no puedes imaginar el desastre, no puedes prevenirlo.
¿A qué huele Lemoiz? Por que todo parece indicar que huele a ruina industrial, a contaminación histórica, a negocio privado disfrazado de interés público, a opacidad institucional, y a un futuro hipotecado.