Este discurso, que apela al miedo y al chovinismo, impide ver que los intereses a largo plazo del proletariado español y del proletariado migrante son los mismos: la abolición del sistema que los enfrenta.
Por Dani Seixo | 1/08/2026
«Inglaterra, la metrópolis del capital, el poder que hasta ahora ha gobernado el mercado mundial, es actualmente el país más importante para la revolución obrera y, además, el único país en el que las condiciones materiales para esta revolución han alcanzado un cierto grado de madurez. Por consiguiente, el objetivo más importante de la Asociación Internacional de los Trabajadores es acelerar la revolución social en Inglaterra. El único medio de apresurarlo es hacer que Irlanda sea independiente. Por lo tanto, es tarea de la Internacional en todas partes poner el conflicto entre Inglaterra e Irlanda en primer plano, y en todas partes manifestarse abiertamente al lado de Irlanda. «La tarea especial del Consejo Central en Londres es hacer que los trabajadores ingleses se den cuenta de que para ellos la emancipación nacional de Irlanda no es una cuestión de justicia abstracta o sentimiento humanitario, sino la primera condición de su propia emancipación social”.
Karl Marx
«En los Estados Unidos, los inmigrados de la Europa oriental y meridional ocupan los puestos peor retribuidos, mientras que los obreros norteamericanos suministran el tanto por ciento mayor de capataces y de los obreros que tienen un trabajo mejor retribuido[*]. El imperialismo tiene la tendencia a formar categorías privilegiadas también entre los obreros y a divorciarlas de la gran masa del proletariado. Es preciso hacer notar que, en Inglaterra, la tendencia del imperialismo a escindir a los obreros y a acentuar el oportunismo entre ellos, a engendrar una descomposición temporal del movimiento obrero, se manifestó mucho antes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Esto se explica porque, desde mediados del siglo pasado, existían en Inglaterra dos importantes rasgos distintivos del imperialismo: inmensas posesiones coloniales y situación de monopolio en el mercado mundial. Durante decenas de años, Marx y Engels estudiaron sistemáticamente ese lazo existente entre el oportunismo en el movimiento obrero y las particularidades imperialistas del capitalismo inglés.»
«En nuestra lucha por el verdadero internacionalismo y contra el “jingo-socialismo” nuestra prensa denuncia constantemente a los jefes oportunistas del P.S. de Estados Unidos, los cuales son partidarios de limitar la inmigración de los obreros chinos y japoneses (sobre todo desde el congreso de Stuttgart de 1907, y en contra de las decisiones tomadas en dicho congreso). Nosotros pensamos que no se puede ser a la vez internacionalista y declararse a favor de semejantes restricciones”.
Lenin
«¿Dónde está el imperialismo? En nuestros platos de arroz, maíz y mijo importado… eso es imperialismo»
Thomas Sankara
La movilización del Ejército en Ceuta, el cierre de la frontera de Beni Enzar en Melilla, la oferta de apoyo de Frontex, el ICE europeo, la amenaza de Italia de suspender el acuerdo de Schengen y la petición del Partido Popular de un «despliegue masivo» mientras los cuerpos de migrantes aparecen flotando en las costas andaluzas y «españoles muy españoles» se apresuran a salir a las calles para cazar inmigrantes: este es el escenario que hoy nos ofrece la política migratoria europea. Mientras los cadáveres se acumulan en el fondo del mar y los centros de menores de Ceuta soportan una sobreocupación del 1.600%, el debate político se reduce a si hay que enviar más militares o declarar la emergencia nacional, como si el problema fueran los cuerpos que cruzan el espigón del Tarajal y no las décadas de expolio que los empujan al agua. La política fronteriza española y europea, lejos de ser una defensa de los trabajadores, es un mecanismo estructural del imperialismo para dividir a la clase obrera y perpetuar la explotación.
Para entender la migración, hay que mirar al Sur, a las raíces profundas del fenómeno. El imperialismo, como fase superior del capitalismo, explica cómo las potencias centrales obtienen superganancias expoliando los recursos y la mano de obra de las periferias. Los países del Sur Global, sometidos al saqueo continuado de sus riquezas, a guerras provocadas por intereses geopolíticos y a la deuda externa, ven cómo se destruye cualquier posibilidad de desarrollo soberano. El migrante que cruza el espigón del Tarajal no es un invasor, sino un desposeído que huye de las consecuencias del mismo sistema que ahora lo criminaliza. La experiencia colonial ha demostrado que el migrante no es solo un trabajador explotado, sino un sujeto marcado por el racismo, desposeído de su humanidad y excluido del mundo de los colonizadores. Las fronteras europeas no son líneas geográficas neutrales, sino la materialización de ese racismo estructural que convierte a los migrantes racializados en seres vulnerables a la violencia, un proceso que los deshumaniza antes incluso de llegar al puesto de control fronterizo. Cuando se ha arrebatado el futuro a millones de personas, la violencia de las concertinas deja de ser una barrera real. El terrorismo de Estado o incluso el terrorismo supraestatal contra la inmigración olvida que aquellos a los que pretendía amedrentar huían precisamente de las guerras, las multinacionales y las balas que en sus hogares amenazaban y arruinaban cualquier esperanza de soberanía para sus pueblos, fruto de la rapiña imperialista.
La experiencia de los movimientos de liberación nacional en África nos enseña que las fronteras coloniales fueron un instrumento de división impuesto por el imperio para facilitar la explotación. La Europa que hoy levanta muros fue la misma que trazó líneas rectas en el mapa africano para dividir pueblos y someterlos al dominio colonial. La política de externalización de fronteras que España practica en suelo africano, subcontratando la contención de migrantes a regímenes autoritarios, no es sino la continuidad de esa lógica colonial: el Norte utiliza al Sur como muro contra el propio Sur. La frontera sur de Europa no es una línea defensiva, sino una frontera de clase, un instrumento para gestionar la mano de obra barata y desechable que el sistema necesita y, al mismo tiempo, demoniza. El acuerdo entre Reino Unido y Ruanda para deportar migrantes a más de 6.000 kilómetros, el abandono en el desierto de quienes intentan llegar a las vallas de Ceuta y Melilla, las frías aguas del Mediterráneo que se tragan cientos de vidas cada año, no son sino la continuación de esa lógica colonial que trata a los seres humanos como desechos que pueden ser trasladados a voluntad para aliviar los costes políticos de las metrópolis. La misma lógica que impulsó a Garvey a fundar la Black Star Line para el retorno a África es ahora invertida por las potencias coloniales en una política de expulsión directa de todos aquellos contingentes de inmigrantes que suponen ya una molestia insostenible para unas sociedades en plena crisis moral y material, encauzadas de nuevo a la aceptación y posterior auge del fascismo.
El argumento de que la inmigración «rebaja los salarios» es un espejismo que ya fue desmontado en los análisis clásicos del capitalismo. La migración es un fenómeno inherente a la dinámica del capitalismo, que utiliza la población desempleada o subempleada para presionar a la baja los salarios y disciplinar a la clase trabajadora. Sobre el caso concreto de la migración irlandesa a Inglaterra, se vio un conflicto de intereses a corto plazo entre los trabajadores nativos e inmigrantes, pero se sostenía que sus intereses a largo plazo eran convergentes y que la unidad internacional de la clase obrera era esencial para la revolución. La presión a la baja sobre los salarios no la causan los inmigrantes, sino la falta de organización sindical y la complicidad de un Estado que permite la superexplotación al mantenerlos en la irregularidad y la indefensión. El imperialismo, basado en el monopolio colonial y la superganancia, permite a la burguesía de los países centrales «comprar» a una parte de su proletariado, creando una «aristocracia obrera» que se divorcia de la masa global del proletariado. Las migraciones desde la periferia hacia el centro crean un ejército de reserva jerarquizado, y los obreros nativos, al ver a los inmigrantes como competidores que rebajan sus salarios, son empujados a posiciones nacionalistas y racistas. La respuesta a la división que genera el imperialismo no puede ser nacionalista ni racista -prohibir la entrada- porque eso sería aceptar las reglas del juego burgués y abandonar a los camaradas más explotados. La respuesta debe ser organizar al inmigrante, politizarlo, darle derechos y atacar el origen del problema: el imperialismo que crea superganancias y corrompe a una parte del proletariado metropolitano. Las políticas desarrolladas y aplicadas por la Alemania nazi en suelo europeo no eran sino la ampliación al viejo continente de la inmoralidad y la barbarie colonialista que los europeos habían venido desarrollando en África. Los victimarios del Tarajal, las concertinas, los CIE’s, las detenciones arbitrarias, las políticas de excepción y la absoluta falta de derechos a la que hoy se enfrentan los inmigrantes en suelo europeo suponen el aviso final ante el nuevo triunfo de la muerte, un breve preludio antes de la actividad de los campos de concentración y las cámaras de gas en nuestras fronteras. Hoy son los inmigrantes, mañana los rusos y pasado cualquier militante de izquierda que se oponga al estado militarizado que muchos hoy ayudan a erigir.
Desde América Latina, la perspectiva de quienes analizaron la opresión de los pueblos originarios nos conecta la cuestión migratoria con la lucha por la soberanía. El indoamericanismo no es un nacionalismo excluyente, sino la reivindicación de una historia de opresión que une a todos los explotados del continente. La tierra y el trabajo son los ejes de la lucha de clases, y la migración interna y externa es consecuencia del despojo de esos dos elementos fundamentales. Las fronteras actuales no son sino la continuación de las divisiones impuestas por el colonialismo y la solidaridad entre los trabajadores de todo el mundo debe construirse sobre el reconocimiento de esas historias comunes de explotación. El socialismo no puede ser una importación europea, sino que debe encontrar sus raíces en las luchas concretas de los pueblos oprimidos y esa misma lógica debe aplicarse a la cuestión migratoria: no podemos importar soluciones reaccionarias de los nacionalismos europeos, sino que debemos construir una respuesta internacionalista desde la especificidad de cada territorio.
El llamado «rojipardismo» es una desviación que, bajo una aparente retórica de clase, asume las tesis nacionalistas y racistas de la ultraderecha. Defiende «cuotas», «gestión» de fronteras y privilegios para el «trabajador nacional», situándose así en el campo del Estado burgués y abandonando la solidaridad internacionalista. Se olvida de que el verdadero enemigo no es el inmigrante que compite por un salario miserable, sino el capitalismo que crea esa competencia. Quienes contraponen la sostenibilidad del Estado de bienestar al ejercicio de la solidaridad internacionalista, intentando provocar una inexistente confrontación entre la clase obrera nativa y la población inmigrante, se sitúan abiertamente en un marco únicamente útil a sus propias burguesías y a los discursos claramente xenófobos. Este discurso, que apela al miedo y al chovinismo, impide ver que los intereses a largo plazo del proletariado español y del proletariado migrante son los mismos: la abolición del sistema que los enfrenta. Traicionan así el núcleo del internacionalismo proletario, para quien la migración era un fenómeno progresista que rompía los estrechos marcos nacionales y preparaba el terreno para la lucha de clases mundial. El blindaje de las fronteras europeas no detendría la maquinaria del capitalismo global de modo alguno y los intentos de dar respuesta a estas dinámicas mediante la creación de una categoría privilegiada para el trabajador nativo solo ahondan en la división de la clase trabajadora, alejando la necesaria integración del proletariado de las antiguas colonias con el proletariado europeo en la lucha por la abolición del capitalismo.
Aquellos que desde el españolismo más recalcitrante pretenden hacer pasar por planteamientos de izquierda las cuotas, la gestión o las barreras fortificadas contra los flujos migratorios, no solo dan muestra de una total falta de visión estratégica, sino que con sus acciones ejercen de tontos útiles en la eterna estrategia burguesa destinada a dividir a la clase obrera. Aquellos que nos tenían acostumbrados a la alabanza de las condiciones del proletariado europeo en el capitalismo fabril, como si fuese posible detener el tiempo y retroceder a esas dinámicas ya superadas, pretenden ahora convencernos de que el camino a esos tiempos debe trazarse mediante la expulsión y el abandono a su suerte de la clase trabajadora extranjera. Lo pinten del modo que lo pinten, lo que abiertamente están diciendo es que ellos sí están dispuestos a pasar por encima de los muertos del Tarajal, los ahogados en el río Bravo o el dolor y la desesperanza de millones de personas que deben abandonar su hogar, únicamente con tal de recuperar las migajas de un sistema de explotación que la verdadera izquierda busca derruir. Especial mención merece el actual gobierno español, supuestamente progresista, cuyos representantes presionan a la OTAN para que señale a la migración como «amenaza híbrida» en su hoja de ruta política, demostrando que la socialdemocracia ha asumido plenamente el discurso de la ultraderecha en materia migratoria.
No son los flujos migratorios los que ejercen presión sobre la clase trabajadora europea, sino el propio sistema el que nos incita al canibalismo de clase, pretendiendo dividirnos entre trabajadores locales o extranjeros en una competencia absurda e innecesaria. Considerar que el cese de los flujos migratorios mediante políticas restrictivas supondría el aumento del bienestar de la clase trabajadora europea solo puede ser fruto de la ignorancia más absoluta, propio de aquellos que no entienden que, en el mejor de los casos, la expulsión del inmigrante tan solo empujaría a los trabajadores nativos a ocupar los mismos puestos precarios.
La frontera de Ceuta y Melilla no es una defensa de la civilización europea, sino la trinchera donde el imperialismo intenta dividir a la clase trabajadora. Frente a las políticas de la OTAN, que señalan a la migración como una «amenaza híbrida», la respuesta de la izquierda revolucionaria debe ser la de la solidaridad incondicional con los compañeros y compañeras que, huyendo del expolio imperialista, llegan a nuestras fronteras. Solo mediante la unidad de toda la clase obrera, sin distinción de raza, nacionalidad o lugar de origen, se podrá construir la fuerza necesaria para derribar los muros del capital. El internacionalismo no es una opción, es la única estrategia para la emancipación de todos los trabajadores. La xenofobia nunca debe tener nada que ver con la izquierda, y quienes pretenden hacer pasar por progresista la defensa de las fronteras fortificadas no son sino el rostro más cínico de una traición de clase que la historia terminará condenando sin piedad.
«Que ningún irlandés arroje una piedra al extranjero; podría golpear a su propio clan. Que ningún extranjero vilipendie al irlandés; podría estar denigrando a su propia estirpe.»
James Connolly
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