Chile vuelve a elegir el pasado

Treinta y cinco años después del fin formal de la dictadura, Chile vuelve a ser gobernado por un proyecto que jamás rompió con el pinochetismo.

Por Isabel Ginés | 16/12/2025

La victoria de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales chilenas no es un accidente ni un malentendido democrático. Es una decisión consciente, masiva y políticamente significativa. Con el 58,61 % de los votos frente al 41,39 % de la candidata de la izquierda, Jeannette Jara, la ultraderecha no solo gana La Moneda: gana el relato de que el autoritarismo puede volver a gobernar sin pedir perdón.

Treinta y cinco años después del fin formal de la dictadura, Chile vuelve a ser gobernado por un proyecto que jamás rompió con el pinochetismo. No hay aquí ninguna “nueva derecha”, ningún lavado generacional. Kast no es un outsider ni una anomalía del sistema: es su heredero más coherente. Hijo de un nazi alemán que huyó de Europa tras la Segunda Guerra Mundial y colaborador del régimen de Pinochet, Kast ha construido su carrera política relativizando los crímenes de la dictadura, justificando la represión y presentando la violencia estatal como orden.

La historia no es irrelevante cuando vuelve a sentarse en el poder. Con Kast llegan de nuevo a la presidencia quienes nunca condenaron el asesinato de Víctor Jara, quienes siguen justificando la tortura, la desaparición y el terror como “excesos inevitables”. No se trata solo de memoria: se trata de proyecto político.

El contraste entre los dos candidatos no podía ser más elocuente. Por un lado, una mujer de origen humilde, hija de un mecánico, representante de una tradición popular y sindical. Por otro, un dirigente criado en el privilegio, financiado por redes ultraconservadoras internacionales, con un programa que niega derechos básicos a mujeres, migrantes y pueblos originarios. Kast ha defendido la prohibición total del aborto incluso en casos de violación y mantiene vínculos con organizaciones ultracatólicas como Hazte Oír en España. Nada de esto estaba oculto. Todo estaba en su programa.

Los datos son claros y no permiten excusas. Más de seis millones de personas votaron a Kast, frente a algo más de cuatro millones que apoyaron a Jara. Hubo además más de 650.000 votos nulos y casi 137.000 en blanco. No fue una elección ajustada ni fruto del azar: fue una derrota política profunda del campo progresista y una victoria sólida de la ultraderecha.

El contexto explica, pero no justifica. Chile llega a estas elecciones tras el estallido social de 2019, el fracaso del proceso constituyente y años de frustración material. Cuando la política no mejora la vida, el miedo ocupa el lugar de la esperanza. La ultraderecha no crea ese malestar, pero sabe explotarlo con precisión quirúrgica: seguridad frente a derechos, orden frente a justicia social, crecimiento económico frente a dignidad.

Lo que ocurre en Chile no es un fenómeno aislado. Entre 2021 y 2022, buena parte de América Latina giró hacia opciones progresistas, no por convicción ideológica profunda, sino por rechazo a los gobiernos anteriores. Hoy el encuadre se ha invertido. El voto se ha vuelto volátil, reactivo y profundamente antipolítico. Se vota “contra”, no “a favor”. Y en ese clima, la ultraderecha aparece como una falsa alternativa al desencanto.

Además, el discurso fascista ya no entra por la puerta de atrás. Se ha normalizado. Forma parte del sentido común cotidiano de sociedades precarizadas material y existencialmente. El odio al diferente, la criminalización de la pobreza, el imaginario represivo frente a la inseguridad y el antiizquierdismo visceral ya no escandalizan. Se repiten en sobremesas, en redes sociales, en tertulias televisivas. El fascismo ya no grita: susurra.

El nuevo gobierno asumirá, además, en un escenario institucional frágil: un Congreso fragmentado, un Senado dividido y una derecha que roza la mayoría absoluta, con fuerzas bisagra dispuestas a inclinar la balanza hacia el endurecimiento del Estado. El resultado previsible es más represión, menos derechos laborales, más persecución al pueblo mapuche y un neoliberalismo aún más agresivo del que Chile arrastra desde hace décadas.

La victoria de Kast demuestra algo incómodo pero necesario de decir: las democracias no se rompen solo con golpes de Estado, también se vacían desde dentro con votos. Chile no ha sido tomado por la fuerza, ha elegido conscientemente a quienes nunca condenaron la violencia, nunca defendieron la memoria y nunca creyeron en la igualdad.

No estamos ante un error coyuntural, sino ante una advertencia histórica. Cuando los proyectos progresistas no transforman la vida material, cuando renuncian a la disputa ideológica y se conforman con gestionar lo existente, abren el camino a la ultraderecha. Y esta no viene a administrar el desencanto, viene a gobernarlo con mano dura.

Chile vuelve al pasado no porque lo haya olvidado, sino porque alguien le ha convencido de que no hay futuro. Y cuando una sociedad deja de creer en el futuro, acaba votando a sus propios verdugos.

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