Aniversario de la muerte de Lenin : el marxismo de la teoría a la práctica

Lenin inauguró una lógica que conectó al marxismo con la problemática del Estado moderno, desplazando el foco desde la espontaneidad social hacia la gestión racional de la transformación

Por Lucio Martínez Pereda | 23/01/2026

Hoy toca hacer una rápido obituario del más importante, idealizado, odiado o temido líder revolucionario del siglo XX. La muerte de Lenin sucedió el 21 de enero de 1924. Su biografía de dirigente revolucionario marcó el tránsito de la teoría marxista al terreno de las realizaciones políticas. Lenin representa un punto de inflexión entre el análisis del capital como categoría de la crítica y la organización del poder como práctica de transformación. Su aportación consistió en traducir el rigor teórico del marxismo al lenguaje de la táctica y de la toma del Estado.

A diferencia de Marx, que había concebido la revolución como un desenlace histórico inherente a las contradicciones del modo de producción capitalista, Lenin la entendió como un acto político de voluntad organizada. Marx analizó el Capital ; Lenin organizó el movimiento de las masas. En esa traslación -de la crítica al programa- se forjó la matriz revolucionaria del siglo XX.

El pensamiento leninista, sin embargo, no puede leerse únicamente como dogma o manual de acción. Encierra también una teoría del poder y de la modernidad política: la idea de que ninguna transformación radical es posible sin una estructura disciplinada de dirección, sin un objetivo que se vuelva organización. Con ello, Lenin inauguró una lógica que conectó al marxismo con la problemática del Estado moderno, desplazando el foco desde la espontaneidad social hacia la gestión racional de la transformación.

Hoy, un siglo después de su muerte, Lenin continúa siendo un punto de referencia incómodo. Su nombre se inscribe en la genealogía de todas las revoluciones que intentaron sostener el poder en nombre de la emancipación. Pero también revela la fragilidad del tránsito entre la idea liberadora y su institucionalización. Tal vez su verdadero legado consista en haber mostrado que, en política, la verdad de una teoría no se mide por la pureza de sus principios, sino por las consecuencias – a menudo imprevistas- de su realización histórica.

A continuación haré un apurada síntesis de la funcionalidad política de sus cinco obras más importantes:

¿Qué hacer? (1902): sirvió para conformar un partido de cuadros profesionales- el embrión del Partido Bolchevique- que rompía con el espontaneísmo sindical y el reformismo socialdemócrata. La puesta en práctica de estos planteamientos permitió que, durante la Revolución de 1905, los bolcheviques contaran con una base organizativa coherente para dirigir las huelgas políticas y articular la lucha obrera con el movimiento campesino.

Un paso adelante, dos pasos atrás (1904): en esta obra, Lenin defiende el principio del centralismo democrático como forma de garantizar una jerarquía disciplinada dentro del partido, indispensable bajo la represión zarista y la clandestinidad. Gracias a esa estructura orgánica, en los meses críticos de 1917 los bolcheviques pudieron mantener su cohesión frente al caos del menchevismo y la dispersión ideológica de los soviets.

El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916): ofreció la justificación teórica para oponerse a la Primera Guerra Mundial, interpretándola como un conflicto entre potencias imperialistas. De ahí surgió la consigna del “derrotismo revolucionario”, que inicialmente aisló a Lenin, pero resultó decisiva cuando la crisis bélica precipitó el derrumbe del régimen zarista, abriendo el camino a las revoluciones de Febrero y de Octubre.

El Estado y la revolución (1917): se convirtió en guía inmediata para el ejercicio del poder soviético tras la insurrección de Octubre. Legitimizó la disolución de la Asamblea Constituyente, la creación de los soviets como forma de gobierno y el programa de “paz y tierra”. En la práctica, orientó las transformaciones institucionales impulsadas por los primeros decretos bolcheviques.

La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo (1920): en una Rusia devastada por la guerra civil y el aislamiento internacional, mantener el poder exigía flexibilidad política, no pureza doctrinal. En ese contexto, los pactos con otras fuerzas – socialistas moderados, partidos campesinos o incluso burguesías nacionales coloniales- se presentaban como una necesidad estratégica más que como una concesión ideológica. Lenin critica a las corrientes “izquierdistas” que rechazaban la participación parlamentaria, los sindicatos moderados o las alianzas tácticas. A su juicio, esa intransigencia aislaba a los comunistas de las masas. Su propuesta era clara: usar esos espacios-parlamento, sindicatos, frentes antifascistas o nacionales- como instrumentos de intervención política, no como fines en sí mismos.

En conclusion: Lenin traslada el análisis teórico marxista a la organización del poder y la transformación práctica de la realidad mediante la táctica y la toma del Estado. A diferencia de Marx, quien veía la revolución como resultado inevitable de las contradicciones del capitalismo, Lenin la concibió como algo que para existir tenía que ser un acto político organizado. Su legado radica en demostrar que en política la validez de la teoría marxista no se mide por la pureza de sus principios, sino por las consecuencias históricas reales de su puesta en práctica.

Lenin comprendió que el marxismo no sobreviviría como catecismo, sino como táctica. Él empujó el pensamiento hacia el acontecimiento: no se trataba ya de esperar el derrumbe del capitalismo como una ley natural, sino de provocarlo, de convertir la teoría de la lucha de clases en una organización del poder. Frente al determinismo científico de Marx, Lenin introdujo la voluntad política como instrumento de la historia.

Lenin no opuso la ortodoxia marxista al pragmatismo, sino que los fundió en una misma pregunta: ¿ de qué sirve la verdad teórica si no puede gobernar? Y la respuesta producida en 1917, fue brutal y decisiva. Su legado no radica en la pureza doctrinal, sino en haber demostrado que toda teoría que pretenda transformar el mundo debe asumir el riesgo de medirse con la realidad. La revolución no fue el cumplimiento de una profecía, sino la construcción de una posibilidad. En eso consiste, quizá, su herencia más perdurable: haber demostrado que la política no es la consecuencia de la historia, sino su instrumento.

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