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Entrevistamos al escritor y periodista segoviano Alfonso Domingo, que una vez más nos sorprende con un libro que camina entre varios géneros, ‘Objetos hallados en una playa. Inventario de las costas del mundo’.
Por Angelo Nero | 8/07/2026
Así como en una playa podemos encontrar infinidad de cosas curiosas, Alfonso Domingo nos presenta en su último libro -aunque cuando vea la luz esta entrevista es muy posible que tenga otro bajo el brazo, dada su prolífica actividad editorial- “Objetos hallados en la playa. Inventario de las costas del mundo”, en una magnífica edición de Eolas, un artefacto literario difícil de calificar, ya que es una recopilación de relatos con un hilo común, donde se encuentran mensajes dentro de una botella, restos de naufragios, tesoros escondidos, y todo ello aderezado con mucho humor y mucha imaginación, que de las dos cosas el escritor segoviano está sobrado.
El mar es una de tus pasiones, has practicado hasta hace poco el buceo, cruzado varios océanos y conocido, seguramente muchas playas, ¿es este libro una suerte de inventarios de esos arenales que has recorrido, donde seguramente, además de encontrar historias, te habrás imaginado muchas más?
Siempre me ha fascinado el mar, he navegado en velero todo lo que he podido (de amigos, claro) y en algunos casos esas navegaciones han sido auténticas aventuras. Una de ellas, la de la búsqueda de una ciudad sumergida en el Peloponeso (Pavlopetri) está reflejada en el libro. También soy submarinista, el mundo bajo la superficie de los mares es fascinante (en un documental que dirigí buscamos en los fondos del golfo de México el avión Cuatro Vientos, desaparecido en 1933, y por supuesto, yo iba en el equipo de buzos). Hace algunos años que no hago una inmersión, lo años pasan y pesan, pero cada vez que venía de una de ellas me tiraba dos o tres meses en calma y feliz. Es, desde luego el mar, los océanos, un territorio donde se encuentran muchas historias, ya sea debajo del agua, en la superficie o en las playas donde mueren las olas. No puedo soportar estar tirado al sol en una playa, pero las costas, las rocas, las arenas, son mundos fronterizos donde puede pasar de todo. Y pasa, como inventarío en el libro.
El turismo masivo, que ha invadido muchos de nuestros litorales, y también de medio mundo, que hace imposible caminar por una playa desierta -a no ser en invierno-, hace muy difícil encontrar nada de valor en las playas, aunque con un buen detector de metales todavía hay quién lo hace, ¿esa masificación de nuestras playas hace también difícil encontrar buenas historias como las que aparecen en tu libro?
Las historias están ahí, aparecen, no hacen falta escarbar mucho con un detector de metales, solo darle al magín, escarbar en tus células grises, que diría Poirot. En esos paisajes abiertos, encuentros de inmensidades también permanecen, ocultas, las leyendas y las historias. Solo hay que saber buscarlas, o si acaso, imaginarlas.
La playa es también un territorio fronterizo entre dos mundos, el terrestre y el acuático, lo que le confiere una dimensión especial, ¿es por esto que también es un territorio donde lo real y lo imaginario se difuminan, un lugar que nos invita a imaginar, a soñar?
Desde luego, porque hay naturaleza, arrobamiento, sorpresa, milagro cotidiano, y no solo entre el mar y la tierra. No te olvides del aire, del viento, fundamental para las olas, para las aves, para las cambiantes nubes. Mundos maravillosos y que sientan bien al alma, henchida como las velas.
Tu libro se abre con una portada en la que aparece el clásico mensaje dentro de una botella, ¿realmente se han encontrado muchos mensajes así, o es más bien un recurso de la literatura y del cine romántico?
Esa portada es magnífica, una fotografía de un gallego de Vigo que se llama Anxo (no sé si te suena) sobre una playa cerca de Moaña. Y en esa botella, el mensaje es un poema de mi hermano Carlos, que tiene un nido maravilloso dentro de ese cristal. Pero contestando, aún de vez en cuando se encuentra alguna botella con mensaje que viene de décadas anteriores, pero que suele ser de comprobación de corrientes, una práctica que se hizo desde el siglo XIX. No conviene alentar esa práctica, muy romántica, pero que contamina el medio. Mejor imaginárselos literariamente.
En este libro, además de relatos, también hay poemas, algunos hallados en botellas, según nos indicas, pero que intuyo que pueden ser de tu autoría. Tu hermano, Carlos Domingo, también ha escrito varios libros de poemas, ¿hay una sensibilidad especial en tu familia, para esta labor de tejer versos?
Quizá el recuerdo de mi padre, antiguo maestro al que la guerra civil le cambió la vida. Después del 39 entró en el ejército como químico artificiero polvorista, pero seguía con su vocación de magisterio y leía muchos poemas a sus hijos. Poetas de la época, como Gabriel y Galán, los Álvarez Quintero, Samaniego, y también Machado. Tal vez se nos quedó la música en la oreja.
En el primer apartado, que titulas “Lo común”, hay esqueletos de sirena, cofres del tesoro, caracolas sin fronteras y una colección de arenas, ¿se puede buscar lo extraordinario en todos los objetos comunes que encontramos en una playa?
Siempre se puede (y a veces se debe) buscar lo extraordinario en una playa o en todos los paisajes de la vida. De esa materia están hechos los sueños y las literaturas, el arte. Yo en este libro lo he intentado, y la verdad es que el inventario es exhaustivo, aunque podría haber más. Es increíble lo que puedes encontrar en las playas de tu mente.
Pero, para ir un paso más, para seguir sumando huellas en la arena, te adentras en “Lo insólito y extraño”, y aquí, creo, es donde más te recreas en mezclar lo vivido y lo imaginado, a través de cementerios marinos, contadores de olas (uno de mis relatos favoritos), buscadores de monedas y caballos de madera. Nos haces navegar por una inabarcable geografía litoral, y a través del tiempo, también, desde la antigua Grecia hasta hoy en día. ¿Cuál fue el criterio que seguiste para meter todas estas historias, tan distintas, en un mismo cuaderno de bitácora?
Podría decirte que la acumulación, la recopilación, la constancia, el tener una carpeta abierta y cuando surgía un relato, lo metía allí. Pero también podría decirte que la propia playa, la propia costa te lo daba, venían como las olas, siempre las mismas, siempre distintas, pero con esa perseverancia que va limando y esmerilando los objetos que aparecen en la arena. Los relatos se fueron decantando, surgían, parecían tener un mecanismo generador y multiplicador. A veces, venían a través de mí, o me gusta pensar que yo solo he sido un transmisor en ocasiones.
‘Restos de un naufragio’ es otro de los sugerentes capítulos de tu libro, con historias tan atractivas como ‘El violín del Titanic’, ¿qué historias rescatarías, en caso de que naufragara tu memoria, para que te acompañara en una última hoguera en la playa?
Que bonita frase te ha quedado, pero espero que no naufrague mi memoria. Ya tenemos demasiados naufragios en la vida. Rescataría algunas, como ese ukelele casero de un pescador de Sulawesi, en Indonesia, que lo cambié por un cuchillo, en un camel trophy con el gran Miguel de la Cuadra Salcedo en una noche maravillosa de música y risas. En estricto sensu no lo encontré en la playa, pero casi, y hoy está en mi despacho en lugar destacado. Y si tiramos de memoria e imaginario, la pala que se llevaron las olas en la primera imagen que recuerdo de mi vida, a los 3 años, cuando mi padre me llevó a una playa de Bilbao.
Por las últimas páginas del libro también aparecen grandes narradores como Borges o Stevenson, ¿por qué decidiste hacer protagonista de sendas historias a estos dos literatos? A mí me resulta incómodo leer en la playa, no sé si a ti te pasa lo mismo, pero, además de este “Inventario de las costas del mundo”, ¿qué lectura recomendarías para leer frente al mar?
Bueno, Borges y Stevenson son dos grandes, y sobre todo el último tenía que ver con el mar. También Joseph Conrad, que recomiendo, o Jack London. Kipling, desde luego. Si hablamos de autores marinos, que hay enormes, alguien como Melville y su Moby Dick. A mi también me resulta incómodo leer en la playa, pero sí lo hago en un chiringuito desde la orilla, en una playa como la de Patos, o Prados, o Baiona, mi litoral favorito en Galicia, donde voy con Carmen, mi mujer (yo digo que soy galego con‑sorte) no sólo en verano. Por cierto, que en libro hay un relato sobre esa playa de Patos, donde castigo en plan poético a los surfistas (el surfista errante), que fuera de su zona son un verdadero peligro y me amargan a veces la natación. Pero en fin, el paraíso tiene esos inconvenientes.
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Entretenida e ilustradora para los que no te conocemos en persona. Incita, claro, a tu lectura. Sin lugar a dudas una familia peolidica en la escritura. Gracias a por haber oido esa musica…
Buena entrevista, como siempre. Entretenida y curiosa.