Abiy Ahmed, el premio Nobel de la paz que se fue a la guerra

El sábado, 28 de noviembre, el primer ministro etíope anunciaba que “el Gobierno federal tiene ahora el control total de la ciudad de Mekele”, habiendo vencido las defensas de las milicias de Tigray, dos días después de que ordenase el ataque final sobre la capital rebelde

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Por Angelo Nero

El 10 de diciembre de 2019, todavía no hace un año, el primer ministro etíope recibía el premio Nobel de la Paz por “haber logrado la paz y la cooperación internacional y en particular por su iniciativa decisiva para resolver el conflicto con la vecina Eritrea”, un largo conflicto fronterizo que había durado dos décadas, desde 1998 –tan sólo cinco años después de su independencia- hasta 2020, que había desangrado a los dos países. Cuando recibió el premio, en Oslo, hizó un alegato pacifista que emocionó al mundo, recordando como había sufrido la guerra en sus propias carnes, cuando era un joven soldado en la guerra que enfrentó a Etiopía con Eritrea: “La guerra es un compendio del infierno para todos los que participan en ella; lo sé porque estuve allí y regrese. He visto a hermanos matando a hermanos en el campo de batalla, he visto a ancianos, mujeres y niños temblando de terror bajo la lluvia mortal de las balas y proyectiles de artillería.” Abiy Ahmed se había iniciado en la lucha contra el Dreg de encabezado por el Teniente Coronel Megistu Haile Mariam, y con la llegada al poder del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF), se sumó a las filas del ejército etiópe, dónde escaló puestos en tareas de información, al mismo tiempo que ascendía en  la dirección de la Partido Democrático Oromo (ODP), una de los grupos que componían el EPRDF, hasta llegar a su presidencia.

Las crónicas dicen que el primer ministro etíope comenzó una nueva guerra a principios de noviembre de este año, con la excusa de un ataque de las milicias de Tigray a dos bases militares federales, pero, en realidad, la guerra comenzó cuando Abiy asumió la jefatura del gobierno, en abril de 2018, en medio de la revuelta popular contra su predecesor, Hailemarian Desalegn, dirigente, como el, del EPRDF. Es cierto que su nombramiento trajo una ambicioso programa de reformas económicas, sociales y políticas, la libertad de muchos presos políticos y el regreso de opositores exiliados, pero también se llevó por delante el Federalismo Etnico, un sistema creado para mantener el equilibrio entre las principales etnias del país, a la vez que disolvía la coalición multiétnica que se había mantenido en el poder desde la caída del Dreg y creaba su propio proyecto político, el Partido de la Prosperidad, con marcados tintes centralistas, en diciembre de 2019, de la que no quisieron formar parte el Frente de Liberación de Tigray (TPLF), hasta entonces dominante en la coalición y en el gobierno del país. Las tensiones no tardaron en desatarse, y solo diez meses más tarde Abiy Ahmed comparecía ante las cámaras de la televisión estatal para anunciar la guerra:

“El gobierno federal ha utilizado todos los medios para evitar una acción militar contra el TPLF, pero una guerra no puede impedirse solo con la buena voluntad y la desición de una de las partes, sino con la elección mutua de la paz por ambas”.

En realidad con la orden para invadir militarmente de Tigray, el primer ministro etíope quería acabar con la rebeldía de este estado norteño, que en septiembre había realizado unas elecciones a su parlamento desautorizadas por el gobierno central, como un aviso a navegantes hacia otros grupos étnicos –como los oromo, a los que pertenece el propio Abiy- que este año también habían protagonizados revueltas, descontentos con la orientación política del nuevo gobierno, y para ello no dudó en bombardear las principales ciudades de Tigray, avanzando rápidamente hacia la capital, Mekele, mientras más de 40.000 trigrays huían de la región hacia Sudán, creando la enésima crisis humanitaria en una región ya muy castigada por la guerras, las plagas y las sequías.

El sábado, 28 de noviembre, el primer ministro etíope anunciaba que “el Gobierno federal tiene ahora el control total de la ciudad de Mekele”, habiendo vencido las defensas de las milicias de Tigray, dos días después de que ordenase el ataque final sobre la capital rebelde, con intensos bombardeos de artillería pesada, causando cientos de muertos y dañando importantes infraestructuras civiles, y que “esto marca la finalización de la última fase de la ENDF (Fuerza Etíope de Defensa Nacional), la policía federal continuará ahora su tarea de detener a los criminales del Frente Popular de Liberación de Tigray (FPLT) y llevarlos a la justicia”.

El talante pacifista de Abiy Ahmed ha quedado tan maltrecho como la capital de Tigray, más aún cuando rechazó la mediación de los enviados de la Unión Africana, que hace dos días se reunieron con él, los expresidentes Joaquim Chissano (Mozambique), Ellen Johnson-Sirleaf (Liberia) y Kgalema Motlanthe (Sudáfrica), rechazando frontalmente un diálogo y apostando únicamente por la vía militar para solucionar –por el momento- el conflicto abierto con el pueblo tigray. También fueron ignorados los llamados de la comunidad internacional para una salida negociada, en especial las provenientes desde el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, de etnia tigray, y antiguo dirigente del FPLT.

Tras la toma de Mekele por las fuerzas federales el primer ministro oromo declaró: “ahora tenemos por delante la tarea crítica de reconstruir lo que ha sido destruido; reparar lo dañado; devolver a los que han huido, con la máxima prioridad de devolver la normalidad a la gente de la región de Tigray”.

Abiy Ahmed se suma así a la lista de los premios Nobel de la paz más cuestionados, cómo el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, galardonado en 2016, por su acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más antigua de América Latina, anunciado pocos días después de que los colombianos rechazaran el acuerdo en un referéndum. También fue muy criticada la líder birmana, Aung San Suu Kyi, que recibió la distinción en 1991, cuando era una opositora política a la junta militar que dirigía su país, y, sin embargo, ignoró el genocidio de los rohingya, cuando se convirtió, en 2016, en la líder de su país. Además de las reticencias que provocaron el premio de Simon Peres e Isaac Rabin, decididos defensores del sionismo, en 1994, también fue muy criticada el premio que la academia sueca dio al presidente Barack Obama, en 2009, que intentó poner fin a las guerras de Irak y Afganistán incrementando el numero de tropas americanas, alentando nuevos conflictos en Siria, Yemén y Libia, y manteniendo la base de Guantanamo, pese a que prometiera lo contrario.

Pese a los anuncios de la “pacificación” de Tigray, el primer ministro etíope se enfrenta a una más que posible guerra de guerrillas por parte de los milicianos rebeldes, en una región particularmente escabrosa, donde el TPLF todavía podría movilizar –aún no hay una cifra oficial de las bajas que ha sufrido en esta guerra- unos 200.000 hombres, bien equipados e incluso con artillería pesada, a lo que abría que sumar un apoyo encubierto del gobierno egipcio, enfrentado con Adis Abeba por la construcción de la Gran Presa del Renacimiento, que menguaría considerablemente el cauce del Nilo. La conquista de Tigray parece que todavía no es total, como lo indica el hecho de que desde el estado rebelde, fueron disparados varios misiles hacia Eritrea, aliada del gobierno etíope, en dirección al aeropuerto de Asmara y de instalaciones militares.


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2 Comments

  1. La investigacion realizada es pobre y resulta tendenciosa. El artículo ignora la lucha por el poder político y económico entre Abiy y el TPLF, que incluye el acceso al apoyo multimillonario que Etiopía recibe anualmente de la comunidad internacional. Se omite que el susodicho federalismo etnico opera a través de milicias y grupos paramilitares, con nula supervisión del estado u organismos internacionales. Ni una palabra sobre el talante represor y autoritario del TPLF a lo largo de dos décadas, ni del claro favoritismo económico hacia la región de Tigray durante este periodo. Nada sobre los juicios por corrupción a altos funcionarios del TPLF ni de la privatización de empresas paraestatales dominadas por éste último. Olvida también el atentado en contra de la vida de Abiy hace un año, operado por la cúpula del TPLF, cuyo autor intelectual se encuentra escondido en Tigray y a quien el TPLF se rehusa a entregar, ni del intento de golpe de estado por altos mandos del TPLF a los pocos meses de la toma de poder de Abiy. Sobre los hechos más recientes, ni una sola referencia a la reciente masacre en contra de gente de etnia amhara en Tigray a manos del TPLF.

    Es cierto que Abiy no es Gandhi, pero la camarilla del TPLF tampoco son el Che Guevara y Fidel Castro. El conflicto es sobre un grupo que ha sido desplazado del poder y se resiste a perder sus privilegios y control, contra un nuevo grupo de tintes centralistas.

    Hay que echarle más ganas a sus artículos.

    • Creo que, sin entrar en juicios de una parte u otra, ambos aportan visiones diferentes: el artículo un punto de vista y la opinión o crítica, otro. Siempre en los conflictos hay datos ocultos, hay opiniones encontradas y hay razones por parte de uno u otro bando para llegar a una guerra, es por eso que se trata de conflictos, porque ninguna de las partes ha llegado a un entendimiento previo. Conozco la historia más antigua de Etiopía, porque me ha tocado muy de cerca en una etapa de mi vida. Y en mi humilde opinión se puede ser crítico, pero mostrar prepotencia y faltar al respeto está de más; y lo que es un hecho es que un premio Nobel de la Paz está envuelto ahora en una guerra y hasta donde sé, guerra y paz son antónimos. Creo que no hay posible visión compartida aquí, porque el análisis de los hechos de uno y de otro están muy distantes, sin que a ambos les falte razón.

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