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En Marcilla, cuando la democracia todavía estaba en pañales, sus vecinos, sin pedir permiso ni ayuda, rescataron los restos mortales de las víctimas de la represión, y el ejemplo se propagó a otros pueblos.
Por Angelo Nero | 3/08/2026
Mucho antes de la primera exhumación oficial de una fosa de la represión franquista, llevada a cabo en Priaranza del Bierzo, en León, en el año 2000, y que supuso el punto de partida del movimiento memorialistas en el estado español, a finales de los años setenta, cuando aún estaba caliente la dictadura, a pesar de que ya había muerto Franco, en algunos pueblos los vecinos se organizaron para abrir las fosas comunes donde los fascistas habían arrojado a sus familiares, para recuperarlos y darle digna sepultura. Uno de estos pueblos fue Marcilla, un pequeño núcleo rural de Navarra, en la merindad de Olite, donde decenas de vecinos fueron asesinados. En Navarra no hubo guerra civil, ya que cayó en manos de los falangistas, requetés y militares sublevados en los primeros días del golpe, sin embargo, más de 4.200 personas fueron masacradas. En Marcilla, cuando la democracia todavía estaba en pañales, sus vecinos, sin pedir permiso ni ayuda, rescataron los restos mortales de las víctimas de la represión, y el ejemplo se propagó a otros pueblos, como Peralta, Falces, Andosilla, Cárcar, Caparroso… en un movimiento que se bautizó como Operación Retorno. Fueron los propios familiares, a pico y pala, los que horadaron la tierra en busca de los represaliados, abriendo la herida para rescatar la memoria, y poder cerrar una página que llevaba demasiado tiempo sangrando.
Patricia Aranda, Cristina Domaica y Pablo Caminero, firman el cortometraje documental, “A flor de tierra”, emitido en RTVE dentro de la serie que conmemora los 50 años del final de la dictadura. En este ejercicio de memoria seguimos los pasos de Josefina Campos, por la Tejería de Monreal, una de las fosas comunes más importantes de Navarra, donde fueron asesinadas en torno a un centenar de personas, entre ellos su tío, uno de los 64 presos a los que sacaron de la cárcel de Tafalla en la madrugada del 21 de octubre de 1936 para fusilar en este lugar. Tuvieron que esperar cuarenta años para desenterrar sus restos, que estaban, y por eso el título del documental, a flor de tierra.
Lo de Marcilla fue el fuego que incendió la pradera, y le siguieron otros pueblos de la Ribera de Navarra, como Sartaguda, el pueblo de las viudas, con casi un centenar de asesinados por el fascismo, y el ejemplo de las exhumaciones vecinales en Navarra le siguió la vecina comunidad de La Rioja.
El investigador José María Jimeno Jurío, inventarió desde 1973 los datos de las personas represaliadas durante la dictadura, inmune a las amenazas, recopiló también datos sobre la localización de las fosas, un trabajo que continuaría su hijo, el historiador Roldán Jimeno. En 1986 vería la luz una obra imprescindible para la recuperación de la memoria antifascista en esa zona, “Navarra 1936. De la esperanza al terror”, publicada por la editorial Altaffaylla, gracias al trabajo de, entre otros, Jose Mari Esparza -fundador también de la editorial Txalaparta-, que hablaba así de la publicación:
“Nos volcamos a la búsqueda de fusilados, biografías, archivos, fotos, cunetas y «cuneteros». Vimos romperse en llanto a hombrones que contaban por vez primera sus dramas; conocimos a supervivientes de su propio fusilamiento, hasta con el tiro de gracia; mujeres con un pasado de vejaciones que en la mayoría de los casos callaron hasta la tumba; aldeanos que cambiaron la azada por el fusil miliciano y acabaron pilotando los Mig16 soviéticos; obreros que mandaron batallones y pacíficos paisanos que continuaron combatiendo el fascismo por todo Europa. Una escarda de 3.560 asesinados y más de 4.000 huérfanos deja muchas historias colaterales.”
“A flor de tierra” tiene poco más de veinte minutos, pero es un documento imprescindible para descubrir estas exhumaciones tempranas a través de sus protagonistas, como la citada Josefina Campos, y también como Lucía Moreno, Felipe Marín, Amelia Resano y Benito Salvatierra. Pioneros y pioneras en el movimiento que convirtió la memoria familiar en memoria colectiva. Como señala Lucía Moreno en una parte del cortometraje: “Se notaba los que aún estaban vivos. Las costillas las tenían juntas y las bocas abiertas. Eso impresiona muchísimo, sabiendo que allí además está gente de tu pueblo y gente de tu sangre. Y tú decías pues será mi abuelo… ¡Todos eran tu abuelo!”.
“No pudimos recuperar vuestros cuerpos, pero sí que hemos recuperado vuestra memoria. No tuvieron en cuenta que os mataron pero los muertos tenían vivos y los vivos memoria”, dice Amelia Resano en la parte final del documental.
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