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hay que seguir reivindicando a Baena, a Sánchez Bravo, a García Sanz, a Otaegui y a Txiki, y a los cientos de luchadores antifascistas que todavía están esperando Verdad, Justicia y Reparación
Por Angelo Nero | 27/09/2025
50 años desde aquel terrible 27 de septiembre de 1975, en el que las balas del fascismo segaron las vidas de Xosé Humberto Baena, Xosé Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Jon Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegui. A lo largo y ancho del estado español se han multiplicado los homenajes a los últimos fusilados por el franquismo, aunque los asesinatos continuaron, con Franco o sin él, en esa Transición Sangrienta que tan bien ha registrado Mariano Sánchez-Soler y otros autores. Una larga nómina de víctimas que quedaron bajo la alfombra de la democracia. En Vigo también se recordó a los cinco luchadores antifranquistas, se editó un libro con artículos de una docena de autores (Pablo Mayoral, Magda Oranich, Montse Fajardo, Sabino Cuadra, Elvira Souto, Pascual Serrano, entre otros), se hizo un gran acto en el Museo de Arte Contemporánea, antigua prisión por la que pasaron centenares de presos políticos, y finalmente se realizó un multitudinario homenaje ante la tumba de Humberto Baena, en el cementerio de Pereiró. Pero después de todo esto, hay que seguir reivindicando a Baena, a Sánchez Bravo, a García Sanz, a Otaegui y a Txiki, y a los cientos de luchadores antifascistas que todavía están esperando Verdad, Justicia y Reparación.
A punto de terminar este 27 de septiembre, buscando en la hemeroteca, encuentro este artículo publicado en El País, tal día como hoy, pero de 1985, titulado «Sangre inútil» y firmado por Marc Palmes Giro, que formó parte del equipo defensor de Txiki, junto a su entonces esposa, Magda Oranich, que recupero para esta sección de Memoria Antifascista:
“Estando en capilla con Txiki hace ahora 10 años, se nos acercó un militar a comentarnos su extrañeza porque éramos los más tranquilos de la reunión. Estábamos Txiki, su hermano Mikel, Magda Oranich y yo, sentados aparte, charlando durante las largas y angustiosas horas de la capilla. Se encargó de contestarle Txiki: «Nosotros no tenemos de qué avergonzarnos por estar aquí. Vosotros, sí».Aquella noche se vivieron horas dramáticas en las diversas y simultáneas capillas: la de Otaegui en Burgos, las de García Sanz, Sánchez Bravo y Baena Alonso en Madrid y la de Txiki en Barcelona. También en las sedes de los colegios de abogados se constituyeron comisiones permanentes, cuya principal función consistió en llamar a todos los rincones posibles del mundo en busca de presiones para el indulto: se habló con Willy Brandt, con el Vaticano, Londres, Washington, París, etcétera.
Todo fue inútil. El franquismo salió como había entrado: con sangre. Sangre totalmente inútil. Sólo tres semanas después hubieran salvado su vida los cinco antifranquistas ejecutados.
Txiki hizo gala de una serenidad impropia de un muchacho de su edad: 21 años. Era tal la fuerza de convicción de sus ideas y su entrega a las mismas que la seguridad de que su muerte iba a ser más rentable políticamente que su vida, le llevó ante el pelotón de ejecución con un semblante pálido, pero sonriente. Gritó con voz clara: «¡Aberri ala hil!» («¡Patria o muerte!») y «Gora Euskadi askatuta», y cuando empezó a entonar el «Eusko gudariak» (himno del soldado vasco) sonaron los disparos de los subfusiles de los guardias civiles voluntarios que integraban el pelotón. No hubo ráfaga. La ejecución fue tiro a tiro. Su voz sólo se acalló con el tiro de gracia.
Tenía 11 balas en el cuerpo, repartidas entre el estómago y la parte alta del tórax.
Antes de morir dejó en manos del notario Zabala un testamento político dirigido al pueblo vasco y unos versos que él pretendía fueran proféticos: «Mañana, cuando yo muera, no me vengais a llorar, nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad».
Que así sea. Que el respeto a la libertad impregne nuestros espíritus, y nuestras instituciones y leyes.
Y que también convenza a las autoridades de la gratuidad y arbitrariedad del mantenimiento de la ley Antiterrorista, heredera de aquel decreto ley que Franco promulgó en agosto de 1975 y que fue utilizado para acelerar los procesos pendientes y ejecutar, en lo que pretendía ser acción ejemplar, a Txiki, Otaegui, García Sariz, Sánchez Bravo y Baena Alonso.
Que así sea.”
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