18 de Julio de 1936-18 de Julio de 2026: Guerracivilismo y derecha española

El guerra civilismo no consiste en hablar de la guerra civil, sino en usarla como arma arrojadiza. La derecha española ha recurrido de forma sistemática a este recurso especialmente desde que las políticas de memoria comenzaron a alterar la cómoda inercia del “pacto del olvido”.

Por Lucio Martínez Pereda | 18/07/2026

En el calendario político español el 18 de julio sigue funcionando como un punto de fractura, un hito en torno al cual se ha construido la historiográfica más densa  de la contemporaneidad española. La guerra civil tiene un significado que  permanece abierto, sometido a disputa política. Es en ese terreno donde cabe hablar del guerracivilismo como uso recurrente  y estratégicamente emocional de la guerra civil en el debate político.

Un conflicto asimétrico

La historiografía solvente ha subrayado hasta la saciedad que la guerra civil española fue consecuencia de un golpe de Estado contra un régimen democrático, la Segunda República, y no el resultado de una especie de explosión inevitable de odios simétricos. Paul Preston habló de un “holocausto español” precisamente para enfatizar el carácter planificado de la violencia desatada por el bando sublevado. Santos Juliá insistió en que la República representó una legalidad democrática truncada por una coalición de fuerzas militares, eclesiásticas y civiles que nunca aceptaron el nuevo marco político surgido en 1931. Ángel Viñas, por su parte, ha documentado la conspiración previa al 18 de julio, desmontando el mito de la sublevación como reacción espontánea al caos republicano. Desde estos trabajos, la guerra civil aparece menos como un estallido incontrolado y más como la culminación de un proyecto de restauración autoritaria. La asimetría no reside solo en el resultado militar, sino en la naturaleza de los proyectos en pugna: de un lado, un régimen democrático con  tensiones internas; del otro, un bloque contrarrevolucionario que aspira a cerrar, por la fuerza, el ciclo democrático abierto en 1931

Guerracivilismo como coartada política

El guerracivilismo no consiste en hablar de la guerra civil, sino en usarla como arma arrojadiza. La derecha española ha recurrido de forma sistemática a este recurso especialmente desde que las políticas de memoria comenzaron a alterar la cómoda inercia del “pacto del olvido”. La acusación es conocida: la izquierda “reabre heridas”, “vive del 36”, “no ha superado la guerra”. En este marco, cualquier política de reparación – exhumaciones, reconocimiento de víctimas, resignificación de espacios- es reconfigurada propagandísticamente como una agresión.

Sin embargo, la investigación historiográfica ha mostrado que las heridas nunca se cerraron del todo: las fosas comunes, la represión prolongada en la posguerra, el exilio, el silencio impuesto sobre los vencidos forman parte de una memoria soterrada que no fue resuelta por la Transición, sino administrada mediante la desactivación pública. Cuando esa memoria irrumpe en el espacio político, la respuesta de buena parte de la derecha consiste en atribuir el conflicto no al pasado no resuelto, sino a quienes lo señalan. Es un mecanismo clásico de inversión de responsabilidades.

El ‘pacto del olvido’ y sus límites

El llamado “pacto del olvido” ha sido objeto de una amplia discusión historiográfica y politológica. Lejos de ser un pacto social horizontal entre iguales, fue el resultado de una negociación desequilibrada entre una oposición democrática que negocia la salida del franquismo y unas élites que mantienen en su poder todos el aparato del Estado y del poder económico. El olvido no significó desconocimiento- las víctimas sabían perfectamente lo ocurrido- sino deslegitimación institucional de su relato.

Durante décadas, este pacto se tradujo en una memoria pública de baja intensidad: mientras la historiografía —Preston, Tuñón de Lara, Jackson, Juliá, Casanova, Reig Tapia— reconstruía las dinámicas del conflicto, la esfera política consolidaba una narrativa reconciliadora que tendía a equilibrar culpas y a diluir responsabilidades estructurales. El resultado fue una democracia que, en términos de memoria, funcionaba con un déficit de reconocimiento hacia las víctimas de la represión franquista. Es a partir de los años 2000 cuando este equilibrio comienza a resquebrajarse, coincidiendo con el auge del movimiento por la recuperación de la memoria histórica y con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica de 2007, luego ampliada por la Ley de Memoria Democrática. La respuesta de la derecha, cuando le veía beneficio político a ello ha sido acusar a estas políticas de introducir un guerracivilismo que la Transición habría superado, obviando que ese supuesto “superar” se había construido sobre la base de un silencio desigual.

El Valle de Cuelgamuros: mausoleo y síntoma

El antiguo Valle de los Caídos, hoy Valle de Cuelgamuros, condensa como ningún otro lugar las tensiones entre memoria, poder y guerracivilismo. Concebido como mausoleo monumental del franquismo, construido con trabajo forzoso de presos republicanos, funcionó durante décadas como altar de una memoria oficial de vencedores. La exhumación de Franco en 2019 fue un gesto simbólico que cuestionó la normalidad de mantener la tumba de un dictador bajo la protección del Estado en una democracia consolidada. Las reacciones de amplios sectores de la derecha fueron ilustrativas: se habló de “profanación”, de “revanchismo”, de “reapertura de heridas”. Pero lo cierto es que la investigación histórica – desde los estudios sobre represión y trabajo forzoso hasta los análisis del aparato propagandístico nacional-católico- hacía imposible sostener en el presente la neutralidad del monumento. Pero esto no significo que el guerracivilismo no se activase nuevamente como dispositivo defensivo.

La falsa simetría: ‘todos fueron iguales’

Uno de los núcleos duros del guerracivilismo de derechas es la insistencia en que “todos fueron iguales”. La idea de que ambos bandos practicaron la violencia y cometieron crímenes es una obviedad narrativa; la cuestión es qué se hace políticamente con esa obviedad. Al utilizarla para borrar la diferencia entre quienes se levantaron contra un régimen democrático y quienes defendieron -con todas sus contradicciones internas- ese marco legal, se convierte en una coartada de neutralización. La historiografía comparada sobre guerras civiles y violencia política ha subrayado la importancia de distinguir entre violencias de guerra y violencias de Estado. En el caso español, la represión franquista adquirió un carácter estructural, sistemático y prolongado, mientras que la violencia republicana, siendo grave, estuvo condicionada por el contexto de descomposición del Estado y de guerra total, y fue en parte contenida o perseguida por las propias autoridades republicanas. La equiparación plana borra estas diferencias y disuelve el problema en una niebla moral de culpas compartidas.

Esta simetrización cumple una función precisa: desactivar la posibilidad de extraer consecuencias democráticas del pasado. Si “todos fueron iguales”, entonces nadie puede reclamar una legitimidad democrática específicamente asociada al proyecto republicano ni una condena singular del franquismo. Es una forma de guerracivilismo invertido: se acusa al adversario de vivir en la guerra mientras se mantiene un marco interpretativo que impide cerrar democráticamente sus contornos.

Derecha española, continuidad y ruptura

Los trabajos históricos  sobre la derecha española contemporánea han insistido en la continuidad de algunas  matrices culturales: nacionalcatolicismo residual, anticomunismo estructural, centralismo obsesivo  e incomodidad ante el pluralismo territorial. Estas matrices no desaparecen con la muerte de Franco; se adaptan a la gramática democrática, pero siguen condicionando la relación con el pasado republicano y con la guerra. El guerracivilismo forma parte de esta adaptación: permite actualizar viejos reflejos en una clave retórica aceptable en democracia.

La derecha se encuentra, así, ante un dilema que no es solo electoral, sino político. Puede optar por una ruptura clara con el legado franquista, asumiendo la condena sin ambigüedades de la sublevación de 1936 y de la dictadura posterior, o puede seguir gestionando el pasado mediante ambivalencias, silencios y equiparaciones que acaban proyectando sombras sobre su propia legitimidad democrática.

Memoria, ciudadanía y calidad democrática

La cuestión sobre guerracivilismo y derecha española no se resuelve con un llamamiento  a “superar el pasado”. Lo que está en juego es el tipo de memoria que una democracia considera compatible con sus propios principios. Una cultura política que tolera ambigüedades respecto a un golpe de Estado y a una dictadura de cuarenta años, o que relativiza la represión sistemática en nombre de la “equidistancia”, introduce un ruido de fondo autoritario en el sistema.

La historiografía no es un lujo académico, sino un instrumento cívico. La acumulación de investigaciones sobre la génesis de la guerra, la represión, el exilio, la oposición interior, el aparato propagandístico y la socialización franquista proporciona un suelo de hechos e interpretaciones razonadas que debería funcionar como límite frente a la instrumentalización política del pasado. El guerracivilismo, tal como lo despliega buena parte de la derecha española, no discute ese suelo: lo esquiva, lo simplifica o lo satura de polémica para evitar que se convierta en consenso democrático.

El 18 de julio, en ese sentido, no es solo una fecha conmemorativa, sino un test de estrés para la calidad de la memoria democrática en España. Lo decisivo no es cuántas veces se mencione la guerra civil, sino cómo se la menciona, con qué marcos interpretativos y con qué reconocimiento de las víctimas y de las responsabilidades. El guerracivilismo de la derecha española revela, precisamente, hasta qué punto una parte significativa de ese espacio político sigue discutiendo no tanto la historia en sí, sino las consecuencias políticas de aceptar lo que la historiografía ya ha establecido con bastante claridad.

1 Comment

  1. El fraticidio es un crimen mayor que cualquier otro; destroza vidas, familias, lugares comunes, economía, supervivencia puerta con puerta y dentro de la misma casa.
    Todo por una causa que no sirve a sus ciudadanos, los mata o los separa o los condena a vivir con hambre y odio.
    La guerra es el crimen más grande, sí, pero obligarte a vivir con miedo uñy resentimiento hacia tu vecino para mayor gloria de los homicidas,no tiene nijusticia ni olvido ni perdón.

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