Opinión | El precio de la ira

Por Daniel Seijo

Uno de los primeros recuerdos que tengo marcados a fuego en mi memoria en esto del horror es la imagen de Muhammad al-Durra siendo asesinado ante la mirada impotente de medio mundo y el firme abrazo protector de su padre justo antes de que un soldado israelí arrebatase ese bello gesto al mundo para siempre. Fue una imagen que  me marcó profundamente, aunque pronto vinieron otras en la propia Palestina, en Yugoslavia, en Pakistán, en Siria o en Iraq. Pronto comprendí que el mundo no era un lugar seguro en donde ir a clase o a la oficina eran una simple rutina o en donde el sonido de las balas y de la guerra no tenía más significado que el de algún nuevo juego con el que pasar las tardes hasta un nuevo amanecer. Pronto comprendí que nacer en Europa suponía un gran privilegio para mí, que lo que yo consideraba derechos fundamentales en otras partes del mundo eran motivos por los que matar o por los que morir.

Sería injusto pedirle a un pueblo que sangra que no alzase su voz al cielo, al igual que sería injusto que tales gritos de dolor y de justicia cayeran en saco roto. Una injusticia que por desgracia nosotros hemos cometido demasiado a menudo cuando los que sangraban eran otros

Muchas veces resulta necesaria una tragedia de este calibre para que apreciemos de una manera peculiar, de esa manera que tan sólo la pérdida nos puede otorgar, esa inmensa burbuja en la que nos encontramos aislados como ciudadanos occidentales.

Muy alejada de mi intención el restarle ni un ápice del justo sufrimiento y dolor al pueblo europeo por la ola de atentados que sufrimos en las últimas décadas en nuestro continente. Sería injusto pedirle a un pueblo que sangra que no alzase su voz al cielo, al igual que sería injusto que tales gritos de dolor y de justicia cayeran en saco roto. Una injusticia que por desgracia nosotros hemos cometido demasiado a menudo cuando los que sangraban eran otros. ¿Quién escuchó a Muhammad al-Durra o a los miles de niños asesinados y represaliados por el régimen sionista de Israel? ¿Quién consulto al pueblo de Afganistán o a tantos otros antes de hacerlos partícipes de un juego de poder e influencia en el que en el mejor de los casos las víctimas sólo eran cifras en el telediario para nosotros? Y la respuesta es nadie, nadie se preocupo entonces por ellos, al igual que seguimos sin hacerlo realmente ahora.

Es lógico y normal que nos duelan nuestras víctimas, que nos duelan más los golpes en nuestras capitales, pero no podemos permitir que el odio ciegue nuestras respuesta. No podemos seguir cerrando los ojos y dejando en manos del establishment militar la respuesta a nuestros muertos, no debemos volver a confiar en los mercaderes de la muerte para encontrar el camino de la paz.

Odio, rencor, venganza, palabras que resurgen en Europa junto al auge del fanatismo y del miedo y que debemos enfrentar antes de que sea demasiado tarde. El 78% de las víctimas mortales debidas al terrorismo en el último año se produjeron tan solo en 5 países: Iraq, Nigeria, Afganistán, Pakistán y Siria. Países todos ellos del mundo islámico que nos demuestran que necesitan nuestra ayuda, no nuestros misiles. Tras décadas de intervenciones militares y chantajes políticos de todo tipo, Occidente como sociedad no puede permitirse mirar a cada musulmán como si fuese un potencial terrorista. No podemos permitirnos olvidar nombres como los de Malala Yousafzai o Benazir Bhutto, no podemos olvidarnos del ejemplo en forma de olivos de la resistencia pacífica del pueblo palestino ante la barbarie de Israel. No podemos ni debemos olvidarnos de que ManchesterBruselas, París, Madrid o Londres han sido tan sólo pequeñas muestras de lo que para millones de personas supone su día a día.

Decía Nelson Mandela que no existía otro camino que la paz y pronunciaba esas palabras en el momento que los jóvenes de Soweto cansados de ser masacrados por el gobierno del apartheid tomaban las armas para vengarse. No voy a decir que comprenda a los terroristas, ni que pretenda hacerlo, pero sí sé que detrás de cada uno de esos jóvenes que hoy son fanáticos dispuestos a inmolarse en nombre de una religión que en el fondo creo que desconocen, existe una historia y debemos intentar conocerla. Debemos buscar el motivo por el que nuestros jóvenes, los hijos de los emigrantes que un día vinieron a Europa en busca de una vida mejor, hoy albergan tanto odio hacia nosotros. Quizás esas respuestas lleven años escondidas, o puede que no tanto en realidad, en guettos como Molenbeek o la cañada de Hidum, en disturbios como los de París en 2005 o en la escasa comprensión que la sociedad europea tuvo de movimientos como Ni putas, Ni sumisas que nos venían avisando de una alarmante falta de integración social y cultural de los hijos de la emigración musulmana.

No podemos ni debemos asumir socialmente el papel de mártires ante el terrorismo yihadista, al igual que tampoco podemos eludir ni un segundo más nuestra responsabilidad ante un fenómeno que simplemente ahora ha traspasado nuestras fronteras.

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.

                                                                                                                                            Nelson Mandela

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