Una paz de urgencia para una guerra relámpago

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Por Angelo Nero

Ya hace más de un mes, fue el 27 de septiembre, cuando Azerbaiyán inició su guerra relámpago contra la pequeña República de Artsakh, surgida de la guerra de Nagorno Karabaj que enfrentó entre 1988 y 1994 a armenios y azerís, con la victoria de los primeros, y la firma de un alto el fuego bajo el auspicio de Rusia. Los azerís fueron instigados por su hermano mayor, Turquía, como continuidad a su nueva campaña panturianista, que busca la unidad política, étnica y cultural de todos los pueblos turcomanos. Las ciudades de Stepanakert, Hadrut, Martuni y Martakert han sufrido bombardeos indiscriminados desde entonces, así como muchos pueblos de Nagorno-Karabaj, en los que los drones de fabricación israelí y turca han tenido un terrible protagonismo, golpeando infraestructuras civiles, desde maternidades hasta iglesias, causando cientos, miles ya, de víctimas militares, pero también muchos muertos y heridos entre la población civil, que ha iniciado –se calcula que la mitad de la población, unas 75.000 personas- una huida hacia la vecina República de Armenia, que se ha visto desbordada por tal afluencia de refugiados, en una época ya suficientemente complicada, con la lucha contra la pandemia del Covid y contra sus consecuencias en la economía del pequeño país del Cáucaso. Muchos analistas apuntan a que, precisamente, los turco-azerís han desatado esta guerra, que llevaban preparando hace tiempo, aprovechando que el mundo estaba pendiente de la lucha contra el virus y también de las trascendentales elecciones presidenciales en EEUU.

Esta noche pasada el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, el presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, y el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, anunciaban por sorpresa un acuerdo que ponía fin al conflicto militar por la disputa del territorio de Nagorno Karabaj. Un acuerdo en el que no estaba presente el presidente de Artsakh, a no ser reconocida esta república por ninguna de las partes, aunque se ha sumado mediante un comunicado:

“Hoy pasamos todo el día con el Primer Ministro de la República de Armenia, Nikol Pashinyan, discutiendo nuestras acciones destinadas a poner fin a las hostilidades. Tuve conversaciones de antemano con la Asamblea Nacional de la República de Artsakh y obtuve el consentimiento de la abrumadora mayoría de los diputados. Dada la terrible situación actual, para evitar más bajas y la pérdida total de Artsaj, acepté poner fin a la guerra.”

El acuerdo llega en medio de una brutal ofensiva azerí, que estaba a punto de conquistar la estratégica ciudad de Shushi, la segunda en importancia tras la capital, Stepanakert, después de semanas en las que ambas habían sido bombardeadas indiscriminadamente, forzando el éxodo de la población civil, y ante la posibilidad de que la derrota fuera total para los armenios y perdieran, en poco tiempo, todo el territorio de Nagorno Karabaj. Las concesiones armenias según el acuerdo firmado bajo el auspicio ruso son grandes, pierden las regiones de Aghdam, Gazakh, Kelbajar y, la estratégica región de Lachin, quedándose con el pequeño corredor de cinco kilómetros de ancho que comunica Stepanakert con Goris, en la República de Armenia. Esto confirma que cada Azerbaiyán se quedará con las posiciones conquistadas en la guerra, en poco más de un mes de combates. Otra de las importantes concesiones armenias en este acuerdo, y tal vez uno de los objetivos ocultos de esta guerra, es el compromiso de construir una comunicación entre Najicheván y las regiones occidentales de Azerbaiyán, lo que implica no solo la cesión de territorio en la República de Artsakh, si no en la de Armenia.

A lo largo de la línea de contacto y del corredor de Lachín, un contingente de casi dos mil militares rusos se desplegará para garantizar la paz, durante cinco años prorrogables a otros cinco, sin duda una gran victoria política para Vladimir Putin, que asegura su papel de potencia dominante en la región, disputada seriamente por Turquía. Ayer se esperaba una respuesta contundente de Moscú, después de que las fuerzas de Azerbaiyán derribaran un helicóptero ruso, cerca de Najicheván (en un enclave azerí en Armenia, alejado del conflicto), en el que murieron dos militares de la Federación Rusa, pero nadie esperaba este giro de timón en el desarrollo del conflicto.

Es curioso también que en el acuerdo se mencione que el regreso de los desplazados internos y de los refugiados estará bajo el control del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, cuando hasta ahora, con un mes largo de guerra y 75.000 personas que han tenido que huir de los bombardeos no se ha visto, ni se le esperaba, a las Naciones Unidas sobre el terreno. También se señala en el acuerdo un canje de prisioneros de guerra, de otros detenidos y de cadáveres.

Nikol Pashinyan, el carismático primer ministro armenio, que llegó hace apenas dos años al gobierno después de una revolución ciudadana, leyó ayer una declaración en la que reconocía: “He firmado una declaración sobre la terminación de la guerra de Karabaj con los presidentes rusos y azerbaiyanos a partir de las 01.00 p.m. El texto de la declaración que ya se ha publicado es increíblemente doloroso para mí y nuestra gente.” Afirmando haber tomado la decisión tras un profundo análisis de la situación militar “y el reconocimiento de las personas que tienen la mejor posesión de la situación”. Terminando su breve intervención diciendo: “No es una victoria, pero no hay derrota hasta que te conozcas a ti mismo. Nunca nos conoceremos a nosotros mismos y esto debería ser el comienzo de nuestra unidad nacional, época de renacimiento”.

Nada más conocer el acuerdo una multitud de personas se echaron a las calles de la capital armenia, Ereván, y ocuparon el edificio del Gobierno al grito de “no entregaremos la tierra”, sin que la policía hiciera nada por impedirlo. Esta situación deja en una posición muy débil al primer ministro armenio, al que muchos analistas señalaban enfrentado a Moscú, un aliado que ha esperado a intervenir, quizás, para dejar caer a Nikol Pashinyan y esperar a un nuevo gobernante más afín a las tesis de Putin. Una veintena de partidos de la oposición ya pidieron su renuncia, y en las redes sociales muchos hablan de traición. Lo cierto es que Artsakh ha sufrido un importante destrozo en sus infraestructuras civiles, ha perdido territorio y ha dejado muchos muertos y heridos en esta guerra relámpago y alguien tendrá que explicarles esta paz de urgencia.


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