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En vísperas de las elecciones andaluzas del 17 de mayo, José Ignacio García encabeza con Adelante Andalucía una apuesta singular: convertir a Andalucía, históricamente zona de sacrificio del capitalismo español, en laboratorio de una izquierda de ruptura que unifique cuestión nacional y cuestión social.
Por Martín Mosquera y Brais Fernandez | 3/05/2026
elecciones autonómicas del 17 de mayo en un escenario marcado por la consolidación del PP, que desde 2018 quebró décadas de hegemonía socialista, y por el avance de una derecha cada vez más agresiva. En ese cuadro, el fenómeno más llamativo de la campaña es el crecimiento de Adelante Andalucía: según la última encuesta del CIS, la formación rozaría el 8,5% y obtendría seis diputados, superando a la coalición impulsada por el Partido Comunista, históricamente dominante en la izquierda andaluza.
Refundada en 2021 bajo el liderazgo de Teresa Rodríguez, Adelante se define como andalucista, anticapitalista, feminista y ecosocialista. En ella confluyen organizaciones como Anticapitalistas Andalucía, Defender e Izquierda Andalucista, junto a una creciente militancia independiente organizada en asambleas locales. La apuesta es tan sencilla de enunciar como difícil de sostener: articular defensa de la mayoría trabajadora, soberanismo andaluz y estrategia de ruptura, sin diluir ninguno de los tres ejes en el otro.
Al frente de la candidatura está José Ignacio García (Jerez de la Frontera, 1988), orientador educativo, militante de Anticapitalistas Andalucía y cofundador de Adelante. En esta entrevista conversamos con él sobre la coyuntura andaluza, la relación entre nación y clase, el balance del ciclo abierto con el 15M y los desafíos que plantea el ascenso de la extrema derecha.
Andalucía aparece muchas veces como una periferia interna del Estado español: subordinada en la división territorial del trabajo, atravesada por la precariedad, los bajos salarios y el deterioro de lo público. ¿Cómo caracterizás la coyuntura andaluza actual y qué expresa, en términos más profundos, esa posición subordinada?
Andalucía es una nación subalterna dentro del Estado español. Nosotros hablamos del concepto de «zona de sacrificio», por el cual hay determinados territorios del Estado que cumplen el papel que algunos académicos como Delgado Cabeza han denominado «patio trasero» del desarrollo capitalista.
Pero el elemento fundamental para entender la configuración territorial del Estado español y ese rol de Andalucía es que esto no ha jugado en favor de las clases populares de otras latitudes del Estado, sino que ha supuesto un enorme beneficio para los ganadores del capitalismo español.
El Estado español es un engranaje con dos piezas que se complementan: la contradicción de clase y la contradicción territorial-nacional, junto a las cuestiones de género y raza. Ambos elementos han configurado una serie de territorios cuya economía es básicamente extractiva, que sirven bien de mano de obra barata, extracción de materias primas, extensión de sectores productivos con enorme impacto negativo social y medioambiental, o como fuente de un enorme ejército de reserva mediante la emigración interna.
En diferentes momentos históricos, este extractivismo ha puesto más huevos en la cesta de unos u otros de esos campos, pero el proceso de expropiación de riqueza desde las clases trabajadoras andaluzas hacia las oligarquías es similar. Estas oligarquías pueden ser de fuera o dentro de Andalucía, pero siempre tienen un enorme interés en que la configuración territorial del Estado siga siendo la misma y que Andalucía juegue ese papel de patio trasero.
Esto es lo que tradicionalmente el movimiento obrero andaluz denunció sobre los grandes terratenientes, como la Casa de Alba o el Duque del Infantado. Una oligarquía extractivista que, aun pudiendo en algunos casos ser andaluza, construía su riqueza y su poder político gracias al papel subalterno de Andalucía en el Estado.
Hoy la tierra en Andalucía está en menos manos que hace medio siglo. La situación de los trabajadores y trabajadoras del campo sigue siendo muy dura y estamos viviendo lo que podemos llamar «uberización» del campo, con la llegada de los nuevos terratenientes en forma de fondos de inversión y capital extranjero.
Pero hay otros sectores donde podemos ver perfectamente este proceso en la coyuntura actual. Uno de ellos es el turismo. En la división internacional del trabajo, Andalucía queda relegada a un modelo turístico enormemente injusto.
Este modelo está basado en unas condiciones laborales muy precarias, en la concentración de la riqueza cada vez más en grandes cadenas hoteleras, en un empresariado de la hostelería cada vez más concentrado y que tiene lazos con el mercado inmobiliario. Esto provoca la aparición de fenómenos como el sector de los apartamentos turísticos: Andalucía es el territorio con mayor número en Europa, y tiende a estar monopolizado por los grandes rentistas y los fondos de inversión.
El turismo es un sector crucial en Andalucía, basado en una mano de obra barata, una tasa de beneficio enorme y una extracción de riqueza hacia una minoría ajena a los intereses de las clases trabajadoras andaluzas. Un modelo que es hoy un ejemplo claro de extractivismo económico del siglo XXI. Hay un hecho que lo explica muy bien: recibimos más de 33 millones de turistas al año y casi el 50% de la población andaluza no puede tomarse una semana de vacaciones al año.
Otro ejemplo interesante es el papel que se nos ha asignado en la transición ecológica liderada por el llamado capitalismo verde. Ahora mismo, en el medio rural andaluz, hay un conflicto gravísimo porque se están instalando macroplantas fotovoltaicas o plantas de biogás con un impacto ambiental brutal, destruyendo el medio de vida de muchas comarcas y chantajeando a la población, dándole a elegir en muchas ocasiones entre empleo o salud.
Han decidido que Andalucía sea la «batería» del sur de Europa, produciendo energía en manos de multinacionales a la vez que se destruyen fincas de olivos centenarios. Esto ocurre al mismo tiempo que en barrios de Sevilla, Córdoba o Granada hay movilizaciones porque se suceden cortes de luz durante el caluroso verano.
Todo esto son ejemplos paradigmáticos del rol subalterno de Andalucía en beneficio del capital, al que solo se le puede dar respuesta desde una mirada que combine el soberanismo andaluz y el ecosocialismo.
Adelante Andalucía intenta articular anticapitalismo y andalucismo en un mismo proyecto. En una izquierda que a menudo osciló entre privilegiar la cuestión social o la cuestión nacional, ¿qué novedad estratégica introduce esa articulación y cómo pensás, en ese marco, la relación entre nación y clase? Más específicamente, ¿de qué modo la cuestión nacional puede funcionar como una mediación para radicalizar el conflicto social y avanzar en una perspectiva socialista, en lugar de diluirlo?
Si somos conscientes de esa construcción del Estado español con esas dos piezas del engranaje bien engrasadas, la contradicción de clase y la nacional, y de que ambas son las que relegan a Andalucía a una posición subalterna y a ser una zona de sacrificio, la respuesta tiene que subvertir necesariamente ambas contradicciones.
En Adelante Andalucía hablamos de que la emancipación de clase y la emancipación nacional son inseparables. En Andalucía esto adquiere rasgos muy visibles, es algo enormemente interiorizado en el pueblo andaluz y en sus luchas. La bandera de la lucha de los trabajadores y trabajadoras aquí ha sido siempre la bandera verdiblanca. Es simbólico, pero no es algo menor. Son el desarrollo histórico del capitalismo, las instituciones sociales que se construyeron y las luchas que se articularon las que fueron configurando a Andalucía como nación.
Nuestra propuesta es construir un partido para la clase trabajadora andaluza en el siglo XXI. Esto implica tener dos elementos muy claros y, a la vez, evitar dos pulsiones peligrosas que han tenido otras experiencias históricas.
Queremos construir una organización política que represente los intereses de las clases trabajadoras andaluzas, de la inmensa mayoría de la población que sufre este sistema, siendo conscientes de que la contradicción de clase atraviesa Andalucía como nación, y eso implica asumir que en Andalucía no tenemos todos los mismos intereses. No es igual el fondo de inversión, por muy andaluces que puedan ser sus accionistas, dueño de miles de hectáreas, que el trabajador del campo; como no es lo mismo el propietario de una gran empresa hotelera que sus trabajadores y trabajadoras. Nuestro proyecto tiene muy claro que huimos del interclasismo.
Y, por otro lado, Adelante incorpora de manera inherente a nuestra propuesta una mirada soberanista. La lucha de clases se da en un contexto determinado, en una estructura nacional y en un lugar en el mundo. No se da en abstracto. Eso implica que la clase trabajadora andaluza tiene una problemática propia y una opresión territorial-nacional. Por tanto, es imprescindible que la respuesta tenga también el objetivo de subvertir el papel subalterno que tiene Andalucía en la configuración del Estado.
Muchas veces las izquierdas en el Estado español no han comprendido la necesidad de articular una respuesta soberanista desde y por Andalucía. De hecho, en muchas ocasiones de facto se ha negado que haya una opresión específica a Andalucía, que exista el conflicto territorial andaluz, a pesar de los datos sociales. La mirada ha sido exclusivamente reduccionista en términos de clase, lo cual ha vuelto insuficientes todas las respuestas y ha limitado la capacidad de conectar con el sentir y la identidad del pueblo andaluz.
A veces pongo un ejemplo en este sentido que, aun cuando pueda parecer exagerado, clarifica la mirada que otras corrientes de izquierda han dado siempre a Andalucía. Imaginando que en el futuro se constituyera una república socialista en el Estado español, si ese proceso no se hace desde el soberanismo andaluz, es decir, desde la capacidad del pueblo trabajador andaluz de planificar y decidir la vida en nuestra tierra, al final habría una empresa pública energética que llenaría el campo andaluz de placas fotovoltaicas.
Más allá de este ejemplo hipotético, tenemos claro que cualquier proceso político de emancipación para la clase trabajadora andaluza debe hacerse desde la mirada soberanista si queremos que Andalucía deje de ser una «zona de sacrificio» en favor del capital. Y, además, estamos convencidos de que es la única forma posible.
Nuestro andalucismo es anticapitalista y nuestro anticapitalismo es andalucista. No por una especie de alianza, táctica o estratégica, entre corrientes políticas, sino porque estamos tratando de alumbrar un nuevo movimiento político. Una propuesta política adaptada a las necesidades de la coyuntura, pero con una perspectiva a largo plazo que moldee un modelo de sociedad nuevo para Andalucía.
Esta idea me parece fundamental: estamos tratando de construir una herramienta política partidaria y un movimiento político en el sentido más amplio (social, cultural, etc.) que combine la superación del capitalismo dibujando una sociedad que llamamos ecosocialista. Desde Andalucía, desde los problemas, virtudes, heterogeneidades y potencialidades de la clase trabajadora andaluza, con el objetivo de subvertir el papel subalterno que se le ha otorgado durante siglos.
Esto pasa por tener claro que esta innovación política de compaginar lo social y lo nacional tiene que reflejarse en dos elementos: tanto en los aspectos programáticos como en la identidad andalucista de nuevo cuño que estamos forjando.
La identidad política que está forjando Adelante Andalucía tiene que ser definida así. El andalucismo del siglo XXI debe ser anticapitalista y el anticapitalismo al sur de Despeñaperros debe ser andalucista. Sin olvidar la intersección con el feminismo o el antirracismo.
De hecho, es justamente en el feminismo donde antes se desarrolló una innovación interesantísima que de alguna forma nos alumbraba el camino hacia el que debíamos construir. En torno al «feminismo andaluz» se han ido teorizando y poniendo en práctica, a través de autoras, divulgadoras, colectivos, etc., una simbiosis que combinaba los feminismos con las prácticas comunitarias de las mujeres andaluzas, las luchas históricas, la resignificación de tradiciones, etc.
Evidentemente todo esto en Adelante Andalucía no es un proceso terminado, ni muchísimo menos. Y, por supuesto, no está exento de riesgos. Pueden aparecer contradicciones, problemas de todo tipo, así como pulsiones interclasistas y miradas centralistas, o incluso tentaciones reformistas.
Pero estamos trabajando en ello. No hay una fórmula mágica: será el devenir de Adelante como partido, el estudio político, el debate, las luchas que surjan en Andalucía, las batallas políticas, los errores y los aprendizajes los que nos permitan avanzar. Tenemos un camino por recorrer.
Una fuerza soberanista andaluza enfrenta de inmediato la cuestión del internacionalismo, en un contexto de crisis de la globalización capitalista y de auge de la guerra y la militarización. ¿Cómo combinar una estrategia soberanista con una internacionalista que vaya más allá de la solidaridad formal y articule la lucha en el plano internacional?
Es un aspecto importante. Somos una fuerza soberanista andaluza pero no somos indiferentes a lo que pase fuera de Andalucía, ni es una cuestión menor. Al revés, de alguna forma nos sentimos parte del movimiento internacional de la clase trabajadora y de los pueblos que luchan contra el capitalismo y el imperialismo.
Eso se traduce en algunos principios básicos. Desde el nacimiento de Adelante Andalucía nos hemos definido como internacionalistas y antiimperialistas. Aunque en el seno de Adelante hay compañeros y compañeras que podemos tener diferentes opiniones en algunos aspectos de política internacional o en la interpretación de algunos conflictos del momento, tenemos un fuerte acuerdo estratégico.
En este sentido tenemos claro que nuestra primera tarea coherente con el internacionalismo y el antiimperialismo es enfrentarnos a la potencia imperialista de cuyo bloque Andalucía forma parte, es decir, a Estados Unidos y la OTAN.
Y, es más, Andalucía no es precisamente un territorio menor en la política belicista de la OTAN, pues aquí tenemos dos bases militares de EEUU, en Rota y Morón. Somos un ejemplo claro de territorio puesto al servicio de intereses imperialistas. Por eso siempre nos hemos declarado contrarios a la existencia de estas bases.
De hecho, no es casualidad que sea justamente Andalucía el territorio elegido para albergar unas bases como estas. Es otro ejemplo más de nuestra tierra como zona de sacrificio en favor de unos intereses que nada tienen que ver con los de la gente trabajadora andaluza.
Pero cuidado, esto en Andalucía no se puede separar del enfoque social. Abordar la cuestión de las bases ignorando que son un chantaje a las clases populares de las comarcas afectadas es afrontar solo la mitad del asunto. En Andalucía en muchas ocasiones nos han chantajeado dando a elegir entre «empleo y paz», entre «empleo y salud» o entre «empleo y solidaridad». Hay que abolir esa dicotomía porque es justamente adonde nos quiere llevar el adversario.
Con la misma fuerza con la que hay que oponerse a la OTAN y a la existencia de las bases de Morón y Rota hay que exigir planes de empleo, industrialización sostenible y alternativas de desarrollo para esas comarcas. Ambas cosas son inseparables y solo se podrán resolver con el protagonismo de los trabajadores, es decir, con el control democrático de los recursos, que nos permita abordar los problemas estructurales que los capitalistas son incapaces de resolver. Por supuesto, el internacionalismo y la construcción de movimientos de solidaridad, especialmente con Palestina o con el Sahara Occidental, muy ligado a Andalucía, son prioridades políticas en este contexto.
Me gustaría añadir algo que creo que también es importante. Esa perspectiva internacionalista la debemos incorporar de manera transversal en todos nuestros ejes políticos cuando analizamos la configuración territorial del Estado español. El españolismo en Andalucía se ha disfrazado en muchas ocasiones de un supuesto «andalucismo» que no es más que anticatalanismo.
Recogen una pulsión real que está en el pueblo andaluz, un dolor que tiene una base material en cómo se ha relegado a Andalucía, y se canaliza contra otro pueblo en vez de contra las élites políticas y económicas.
La mejor forma de contraponer esa idea es justamente un andalucismo que ponga los derechos de Andalucía encima de la mesa sin ningún complejo, pero que vea en el pueblo trabajador catalán o madrileño un aliado contra el régimen del 78.
El avance de la extrema derecha es un fenómeno global y el Estado español no está exento de esa tendencia. ¿Cómo lo interpretás? ¿Cuál es, a tu juicio, la amenaza real? Y ante la posibilidad de un gobierno con participación de Vox, ¿eso obliga a la izquierda a repensar su táctica o su orientación estratégica?
Existe una amenaza real, y cualquier fuerza política de izquierdas que trate de ignorarlo o de infravalorar su peligro creo que se equivoca. Nunca lo peor es lo mejor.
Además, tengo la sensación de que algunos en la izquierda anticipan que Vox en el gobierno correrá la misma suerte que las fuerzas a la izquierda del PSOE cuando ocuparon ministerios: quedar como elementos externos al Estado real profundo, sin capacidad de transformación social, o terminar cooptados por el progresismo más socioliberal.
Desgraciadamente, creo que con Vox no sucedería así. Porque Vox no es un elemento externo al Estado capitalista ni a la clase que siempre ha ostentado el poder. Al revés, Vox es hijo y heredero de todo eso y lo tiene interiorizado en su ADN. Vox no es ajeno a los altos mandos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, no es ajeno a la jerarquía judicial, a los sectores dirigentes del Estado ni a los grandes poderes económicos. Forma parte de él, y su entrada en el gobierno no sería un elemento externo que combate con todo eso, sino su complemento perfecto.
Creo que el Estado, poniéndonos teóricos, no es neutral en términos de clase. Y un gobierno no es una sala de mandos a la que llegas y empiezas a dirigir y todo el mundo te hace caso, sino que se parece más a la metáfora de un tren que circula por unas vías ya establecidas, donde ir desmontando y montando otras líneas ferroviarias es un proceso mucho más complejo que requiere bastante más que un gobierno.
Pero Vox se acoplaría a la perfección en esas vías, con el viento a favor y con gran parte del Poder con mayúsculas de su lado. Podría acelerar hasta generar mucho sufrimiento en la mayoría de la población, transformando justamente aquellos elementos del Estado que son conquistas de las clases populares, del movimiento obrero, de los feminismos o del movimiento LGTBIQ.
Por ello no infravaloro en ningún caso el peligro de Vox. Y por eso tampoco creo que sea útil la estrategia de cordones sanitarios en alianza con las otras derechas, que colocan a Vox como un elemento externo a la democracia liberal, porque creo que eso supone no entender en qué consiste realmente ese peligro.
Entonces alguien podría preguntarse por qué, si nos preocupa tanto la amenaza de la extrema derecha, no apostamos por una estrategia de unidad electoral con otras fuerzas de la izquierda. Es una pregunta sensata que requiere una explicación.
Debemos evaluar la coyuntura política para trazar nuestra estrategia. Justamente en este contexto creemos que la extrema derecha en el Estado español se está nutriendo, entre otras cosas, de una enorme desafección popular y de una decepción con una izquierda que, en términos generales, no ha conseguido, después de casi ocho años en el gobierno central, reformas profundas que mejoren la situación de las clases trabajadoras ante los principales problemas.
Cabe destacar el problema de la vivienda, las condiciones laborales, el coste de la cesta de la compra, el deterioro de los servicios públicos o las renuncias en materia de derechos civiles y democráticos, como la derogación de la Ley Mordaza. El statu quo percibido por la inmensa mayoría de las clases populares es que muy poco o nada ha mejorado con el autoproclamado gobierno más progresista de la democracia.
Existe una enorme crisis de credibilidad de la izquierda en su sentido más amplio, que aparece como una gente que promete mucho y hace muy poco. Esto está abonando la derechización de las clases populares.
Creemos que la forma más útil de cortar la sangría de jóvenes y gente de clase trabajadora que se vincula cada día con los discursos de extrema derecha es justamente proponer una alternativa impugnadora de ese statu quo, pero desde las izquierdas.
La mejor forma de combatir a la extrema derecha es la aparición de fuerzas como Adelante Andalucía, que ofrecen una propuesta impugnadora de un statu quo injusto y que además lo hacen desde una identidad como la andaluza, que funciona como refugio en momentos de incertidumbre neoliberal y de desaparición de las grandes comunidades del siglo XX.
Si miramos en perspectiva el ciclo abierto con el 15M, el ascenso de Podemos, las confluencias municipalistas y también las izquierdas independentistas, parece claro que esa secuencia se agotó. ¿Qué balance estratégico hacés de ese ciclo? ¿Dónde estuvieron sus principales conquistas, sus límites y sus ilusiones?
Hemos aprendido de ese ciclo. Lo primero que hay que tener claro es que ese ciclo acabó. Desde mi punto de vista acaba con la entrada de Podemos en el gobierno del PSOE a finales de 2019. Ese punto marca el fin del ciclo.
Desde Adelante Andalucía tenemos claro que no nos sentimos como un epílogo de ese ciclo, sino como algo nuevo. Aprendimos de aquello, con aciertos y errores, y desde 2021, con la refundación de Adelante, nos construimos como un proyecto político absolutamente delimitado de aquello.
Sobre el balance se ha escrito mucho y de manera muy contradictoria. Siendo breve, creo que el ciclo tuvo la enorme virtud de ser capaz de incorporar a mucha gente a la política en un sentido democrático, lo cual fue muy positivo, pero que no se supo o no se quiso crear los mecanismos necesarios para que esa potencia no fuera bien absorbida por el socialliberalismo, o bien conducida a la impotencia.
Quizás fue justamente el error, entre otros, hacer pivotar todo en «la ilusión». La ilusión es algo efímero, es una emoción que no puede ser permanente. Hubiera sido más interesante transitar desde la ilusión hacia otras emociones que permitieran sostener una lucha coherente, constante, difícil, costosa y colectiva, como es la política transformadora, y que nos permitieran dar una batalla a largo plazo.
Creo que se leyeron mal los tiempos y se infravaloró al adversario. Se llegó a pensar que era una batalla rápida, de éxito veloz y que dependía de la astucia de personalidades muy listas y muy hábiles (muy neoliberal todo, por cierto). Y se crearon partidos y organizaciones justamente para esa concepción de la política.
Y cuando no se consiguió ese éxito rápido, la frustración colectiva y personal llevó a salidas como la integración en el bloque hegemonizado por el PSOE, o bien a la desafección de la política.
De esto tenemos que aprender que nuestra política debe partir del hoy, de la intervención en el presente, pero dibujando un mañana a largo plazo. Y para eso hacen falta organizaciones políticas estables, que vayan más allá de los liderazgos, que sean democráticas en su interior, con mucho debate político y formación, y que piensen en el mañana.
Adelante Andalucía no es eso todavía, ni mucho menos, sino que estamos trabajando en ello. No existe la organización perfecta, pero tenemos claro que no queremos repetir los errores de otros ciclos y hay que aplicarse el cuento.
Hay otro elemento importante. No creo que sea un asunto menor la extracción de clase de las capas dirigentes de las organizaciones. Es importante que los representantes políticos vivan como los representados, algo que la izquierda ha abandonado, por cierto, y que Adelante mantiene estrictamente. Pero además una organización que pretende representar a la clase trabajadora no puede ser siempre dirigida por funcionarios, profesores de universidad, gente con cierta estabilidad económica e hijos de funcionarios. Y lo digo en primera persona, pues yo también represento eso.
Esto va a sonar muy clásico, pero debemos «obrerizar» nuestras dirigencias políticas y generar lazos estables y orgánicos con los sectores clave de nuestra clase trabajadora. No contentarnos con representar institucionalmente sino atarnos vitalmente a ellos.
Como digo, no son cosas que hayamos hecho. Son tareas que tenemos por delante.
Frente al cierre de ese ciclo y al avance de las derechas, la pregunta de fondo vuelve a ser cómo reconstruir una fuerza popular con arraigo real. ¿Qué tipo de izquierda hace falta hoy para volver a conectar con las mayorías trabajadoras? ¿Cómo imaginás esa recomposición?
Estas cuestiones no se declaran, se construyen. Dicho de otra forma, no se dice, se hace.
Reconozco que cada vez me gustan menos esos intelectuales que declaran la izquierda que necesitamos pero nunca se ponen a hacerla, a darle forma, carne, pies, manos, tareas, aciertos y errores.
Dicho esto, intentaré explicar algunas características de la izquierda que estamos intentando construir en Adelante Andalucía.
Como se ha explicado, para cortar la sangría de gente de clase trabajadora que transita hacia la extrema derecha necesitamos una izquierda impugnadora del sistema y del statu quo actual. Para esto es importante la independencia con respecto al bloque hegemonizado por el PSOE, mantener una posición de diferencia cualitativa clara con ese bloque. Eso sí, sin caer en sectarismos. Sabemos que son nuestro adversario y que forman parte de la gestión del régimen contra el que combatimos. Estamos dispuestas a llegar a acuerdos puntuales que mejoren la relación de fuerzas en favor del pueblo trabajador, a impulsar políticas de frente único cuando corresponda y a golpear juntas a la derecha en el terreno de la movilización social. Pero sin renunciar a nuestro programa ni a nuestra estrategia, que es claramente distinta.
Justamente esa independencia y firmeza en nuestros objetivos nos da mucha más seguridad para llegar a acuerdos en determinadas cuestiones que no le den espacio a la derecha ni a la extrema derecha. Estamos dispuestos a gobernar, pero para aplicar nuestro programa y transformar Andalucía en favor de las clases populares, no para entrar en gobiernos hegemonizados por el PSOE convirtiendo la gestión en algo útil al capital y generando así más frustración que otra cosa. Hay ya varios ejemplos históricos de ese error estratégico.
Por otro lado, necesitamos una izquierda que recupere la mejor tradición de los partidos militantes. El error de construir organizaciones que prácticamente eran pequeños aparatos comunicativos no se puede volver a repetir. Debemos construir partidos: algo mucho más complejo y a contrapelo, pero que va generando una cultura militante basada en la participación, la constancia, la mirada a largo plazo, la pluralidad, el debate y la democracia. Nuestro modelo no es un gran grupo de Telegram.
Y además ese partido debe estar orientado hacia afuera e intervenir en todos los campos: desde la comunicación hasta el sindicalismo, desde la cultura y los centros sociales hasta los ámbitos institucionales. No es fácil, como digo, pero es imprescindible.
Hay otro aspecto sobre el que pensamos mucho: si estamos construyendo una organización para la clase trabajadora andaluza debemos de alguna forma fundirnos con ella, ser parte de la misma y no aparecer como una especie de paracaidistas ajenos a ella. Esto requiere también una reflexión crítica, compleja y heterodoxa sobre las tradiciones, las fiestas y las prácticas comunitarias.
El partido no es la clase, no la sustituye, pero sí es de la clase, se nutre de ella, con tantas contradicciones, heterodoxias y complejidades como tiene nuestro pueblo.
Todo esto no son tareas hechas sino tareas pendientes. En el congreso de fundación de Adelante Andalucía en Granada en 2021, mi compañera Teresa Rodríguez dijo una frase que la militancia de Adelante incorporó desde el principio: «No vamos a construir una candidatura para las próximas elecciones, sino un partido para las próximas generaciones». Seguimos en ello.
Esta entrevista se publicó originalmente en Jacobinlat
Todxs por aqui conocemos a j Ignacio, de sus principios en podemos antes de separarse e ir con adelante.
Yo estaba en la coordinadora provincial ,cuando empezó la guerra entre los pablistas que recibían órdenes de Madrid, y los troskistas de Adelante que de repente se volvieron andalucistas.
Lo que se vio fue una guerra sucia para ver quién eliminaba a quien, vimos por parte de adelante actas falsificadas , votaciones anuladas, chanchullos para conseguir concejales, asqueroso.
De ahí salimos rápido un grupo importante, tal que se cerro la sede de podemos, se disolvió la asamblea, Adelante había conseguido lo que quería, y encima querían ir de la mano de IU ,que les mando a paseo .
Salud y anarquia