Todo es uno y uno es todo

Las deslocalizaciones y la irrupción de productos fabricados en países emergentes o del Tercer Mundo han tensionado nuestro mercado laboral. Han contribuido a precarizarlo hasta dejarlo al borde del KO y del caos.

Por Antonio Monterrubio | 5/06/2025

La globalización se suele presentar como un fenómeno reciente. El abandono del marco de acción nacional por empresas, bancos o fondos de inversión, la perspectiva del mundo a modo de mercado unificado o las estrategias a escala planetaria así parecerían indicarlo. Pero lo único novedoso es el auge extraordinario y la hiperaceleración, digna del Halcón milenario, que le han proporcionado las nuevas tecnologías. Simplemente se trata de la puesta al día del Moderno Sistema Mundial, por emplear la terminología de Wallerstein, una realidad consolidada que se ha ido construyendo desde el siglo XVI.

En la Edad contemporánea ha adoptado la forma concreta de una Economía-mundo capitalista. Mientras favoreció netamente a Occidente, no aparentó plantearle gran problema a nadie. Para aprovecharse de los beneficios de la codicia imperialista y neocolonial, aunque fuera de las migajas que caían de la mesa, sobraban los voluntarios. Las deslocalizaciones y la irrupción de productos fabricados en países emergentes o del Tercer Mundo han tensionado nuestro mercado laboral. Han contribuido a precarizarlo hasta dejarlo al borde del KO y del caos.

Ahora bien, esto es solo una vuelta de tuerca a esa injusticia básica que supone que el Capital goza de libre movilidad, pero el trabajo no. Si baja la tasa de ganancia en una rama, se invierte en otra, y si baja en un país se pasa a otro. Durante décadas, este mecanismo estuvo en la base del intercambio asimétrico entre territorios centrales y periféricos, propiciando un desarrollo desigual que redujo a la miseria a buena parte del globo. Tercer Mundo no es más que una etiqueta geo-económico-política que naturaliza la discriminación. Las naciones subalternas se vieron en la incapacidad de vender bienes no primarios en el Primer Mundo y en su propio mercado interno, dominado por potencias más fuertes.

Todo esto preocupa en Occidente desde que una porción de su población ha engrosado la masa de damnificados por la versión mundializada del orden económico reinante. Cuando solo afectaba a los demás, se prefería mirar a otro lado. Las relaciones entre centro y periferia son tan tiernas como en sus primeros balbuceos.

Se pretende ayudar a los países en vías de desarrollo mientras se les fuerza a abrir sus mercados a los productos de los países industriales avanzados, que continúan protegiendo sus propios mercados. La naturaleza de estas políticas hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres (Stiglitz: El malestar en la globalización).

Sin ánimo de exhaustividad, repasemos cómo el auge del monocultivo agroindustrial para la exportación ha destrozado regiones, dejándolas casi inhabitables. «Yo soy aquel negrito / del África tropical / que cultivando cantaba / la canción del Cola-Cao», rezaba la infame coplilla racista que machacó nuestros tímpanos en lejanas infancias radiofónicas. En el sur y el oeste de Costa de Marfil familias enteras, incluidos niños que jamás pisarán una escuela, se desloman de sol a sol y apenas sacan para comprar unos alimentos que podrían producir ellos mismos. Dudamos mucho que trabajen cantando. En Senegal, un siglo de dedicación exclusiva del 50 % de los cultivos al cacahuete, decretada por un gobernador colonial, ha causado estragos en el suelo, erosionándolo y despojándolo de nutrientes. Tierras otrora fecundas se han vuelto estériles. A miles de kilómetros, algunos acomodados que se atiborran de cacahuetes en aperitivos interminables se preguntan por qué hay tanto inmigrante senegalés por ahí. En Perú y Etiopía se hace lo propio con el café. Aquellos caficultores tienen ingresos muy por debajo del umbral de pobreza. Mientras, Nestlé o Starbucks se ponen las botas.

El monocultivo de la caña de azúcar arruinó la agricultura cubana y su suelo agrícola, y la soja está a punto de acabar con la pampa argentina y el sur de Brasil. En dos décadas, la superficie destinada a este cereal, que se usa en piensos, biocombustiles y ultraprocesados, ha crecido un 70 %. El grueso de su producción utiliza una semilla modificada genéticamente creada por Monsanto, actualmente propiedad de Bayer, que resiste al potente herbicida Glifosato. La fumigación de las inmensas plantaciones de soja provoca en las poblaciones circundantes enfermedades respiratorias y dermatológicas, cánceres o malformaciones fetales. Contamina aire, agua y tierra, condenando la fertilidad futura del suelo.

Los consumidores occidentales ignoran esos efectos de la Economía-mundo capitalista. Sin embargo, todo es uno y uno es todo. No es útil ni posible cortar un solo tentáculo del monstruo. No se trata de que se conforme con devorar a otros, sino de que nadie tenga que sufrir esa suerte. Oponerse a él requiere más valentía que intentar sobrevivir en su vientre. Como Churchill le dijo a Chamberlain tras la vergonzosa capitulación de Francia y Gran Bretaña ante Hitler y Mussolini en Munich en 1938, «el que se humilla para evitar una guerra tendrá primero la humillación y después la guerra».

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