Sostenibilidad y Economía

Por Joan Ramon Sanchís Palacio

El término sostenibilidad comienza a ser usado a partir del Informe Brundtland de Naciones Unidas publicado en el año 1987 con el título de “El nuestro futuro común”. En dicho informe, se define el desarrollo sostenible como aquel que ha de garantizar y satisfacer las necesidades presentes sin comprometer las necesidades y la continuidad de las generaciones futuras, y además siempre en el marco de una calidad de vida aceptable y decente. Hoy en día, la sostenibilidad va unida a los Objetivos del Desarrollo Sostenible ODS, que son los retos que Naciones Unidas se ha marcado para alcanzar de aquí al 2030. Este término, al igual que otros asociados a él como el de responsabilidad social corporativa y el de ética, son tendencia en la actualidad y aparecen en cualquier noticia que tenga que ver con la economía. De manera que sostenibilidad y economía mantienen en la actualidad una relación muy estrecha, haciendo uso de diferentes combinaciones como son la sostenibilidad económica y la economía sostenible. Pero, ¿son estos términos usados de manera adecuada? y lo que es más importante, ¿existe detrás de ellos un contenido de fondo o están simplemente vacíos de contenido? Esto es si cabe más importante, si tenemos en cuenta que la economía sostenible se asocia con la necesidad de un cambio de modelo económico y productivo que garantice un futuro pleno desde las perspectivas económica, ambiental y social.

Los orígenes de la sostenibilidad han estado asociados al medio ambiente: Naciones Unidas, en su Asamblea General de 1989 dedicada a discutir los contenidos del Informe Brundtland, celebró su conferencia con la denominación de “Medio ambiente y Desarrollo”. Desde ese momento, se habla de sostenibilidad ambiental o ecológica, de manera que la sostenibilidad está enfocada principalmente a los aspectos relacionados con el medio ambiente. Sin duda alguna, la protección del planeta es uno de los objetivos prioritarios, incluso podríamos señalar que ha de ser el objetivo principal de la sostenibilidad, pero el término ha de incluir otras dos dimensiones que también son relevantes: la dimensión económica y la dimensión social. La intersección de estas tres dimensiones constituye el contenido de la sostenibilidad, y sus acciones han de ir enfocadas a garantizar la compatibilidad entre las tres. Cualquier definición del término sostenibilidad o cualquier medida que se tome en nombre de la sostenibilidad que no incluya alguna de estas tres dimensiones, no es realmente sostenibilidad.

Partiendo de lo anterior, vamos a analizar el significado del término “economía sostenible”. Cuando se asocia la economía con la sostenibilidad es clave considerar las relaciones de la primera tanto con lo social como con lo ambiental, sobre todo cuando hacemos referencia a una economía sostenible. Así, la intersección entre la economía y la dimensión social se ha de abordar desde el concepto de la “equidad” y la intersección entre la economía y la dimensión ambiental se ha de abordar desde el concepto de la “viabilidad”.

El término sostenibilidad ha de incluir otras dos dimensiones que también son relevantes: la dimensión económica y la dimensión social.

Desde la perspectiva de la equidad, los efectos de un crecimiento económico han de notarse en el conjunto de la ciudadanía; la distribución de la riqueza mediante un sistema fiscal progresivo ha de ser crucial en este proceso. Solo así se puede garantizar el interés general y el bien común. Hemos visto en años anteriores como un crecimiento económico mediante aumentos del PIB no se ha traducido en una reducción de la desigualdad económica, de la pobreza y de la inserción social. Al contrario, pese a crecimientos del 3-4% del PIB, estos conceptos han seguido aumentando. Y con la coronacrisis, se van a incrementar mucho más durante los próximos años. Esto es así porque no se produce una distribución equitativa de la riqueza; ésta es acaparada por unos pocos, que son quienes tienen mayores niveles de renta. Y las rentas del trabajo son muy inferiores a las rentas patrimoniales y especulativas. Durante la pandemia de la Covid-19 hemos visto como la salud de las personas se anteponía a cualquier tipo de decisión económica (al menos aparentemente), de manera que se procedió al cierre de la actividad empresarial (durante un tiempo limitado) y se aprobaban ayudas públicas dirigidas a mejorar la calidad sanitaria. A partir de ahora ese debería de ser el criterio a seguir siempre: el bienestar y la calidad de vida de las personas por encima de cualquier medida económica. Implantar esta filosofía dentro de la “nueva normalidad” debería de ser la prioridad, pues ese sería el enfoque de la sostenibilidad. ¿Ese es el camino que se va a seguir dentro del nuevo orden establecido?. Permitidme que manifieste mis dudas. Durante la crisis financiera y económica del 2008, los grandes mandatarios europeos manifestaron su deseo de aprovechar la crisis para cambiar el orden económico mundial, realizar una profunda transformación económica y eliminar los paraísos fiscales; pero nada de eso se hecho. Durante la coronacrisis muchos han manifestado su deseo de aprovechar la nueva situación para hacer una transformación en profundidad del sistema económico (turismo sostenible, recuperación de la industria local, comercio de proximidad,…); pero no parece que se estén tomando medidas al respecto. Más bien está predominando la idea de: “primero vamos a salir de esta, vamos a iniciar la recuperación económica, y después ya veremos”. Así no se inicia el camino hacia la sostenibilidad.

Desde la perspectiva de la viabilidad, el crecimiento económico (a mi me gusta más hablar de “desarrollo” económico) ha de ser compatible con la protección del planeta y el medio ambiente. Esto tiene que ver con la manera con que se considera el crecimiento económico: como un fin o como un medio. Si el crecimiento económico es considerado como un fin (que es como lo plantea el neoliberalismo económico, que busca siempre la maximización de la economía y del beneficio financiero), éste pasa a ser prioritario sobre el planeta, por lo que las acciones llevadas a cabo para alcanzarlo tienen un impacto negativo sobre el medio ambiente y se traduce en un crecimiento sin límites, depredación del territorio, destrucción de la capa de ozono y cambio climático. Si por el contrario, el crecimiento económico no es más que un medio o un instrumento, éste queda relegado a la protección del planeta, y las medidas que se tomen siempre serán compatibles con el respeto al medio ambiente: uso de energías limpias, control de los residuos, agricultura ecológica, … Se imponen así límites al crecimiento que garanticen la viabilidad. La etapa del confinamiento por la pandemia ha demostrado que se puede reducir de manera drástica el impacto sobre el medio ambiente y eso se ha traducido en aire más limpio: reducción del tráfico en un 75%, reducción del dióxido de nitrógeno, del dióxido de carbono y en general de los gases del efecto invernadero (del 57%), … Pero los expertos alertan de un posible efecto rebrote tras el final del confinamiento y el inicio de la desescalada y de la nueva normalidad. La nueva normalidad exigiría un cambio de paradigma, lo que nos lleva una vez más al camino de la sostenibilidad.

A partir de ahora ese debería de ser el criterio a seguir siempre: el bienestar y la calidad de vida de las personas por encima de cualquier medida económica. Implantar esta filosofía dentro de la “nueva normalidad” debería de ser la prioridad, pues ese sería el enfoque de la sostenibilidad.

Una economía sostenible también ha de contemplar la intersección entre lo social y lo ambiental a través del concepto de “vivible”. Un planeta vivible no solo es aquel en el que se puede respirar aire puro, si no que también se han de garantizar las condiciones de vida de las personas a través de la dignidad humana. Cuando interviene la economía, esto se ha de traducir en un condiciones laborales dignas: seguridad e higiene, protección, salarios, horarios laborales sensatos, capacitación, trabajo en equipo y cooperativo, … Por ejemplo, durante la pandemia se ha producido un fuerte crecimiento del teletrabajo, que no siempre ha garantizado la conciliación entre la vida familiar y profesional y que a menudo se ha traducido en una mayor explotación laboral. El uso de los ERTES (Expedientes de Regulación Temporal del Empleo) no siempre se ha hecho de manera ética y bajo las condiciones legales establecidas, como así lo están demostrando las inspecciones de trabajo que se están realizando desde las Administraciones Públicas a través de las cuales se están detectando casos de fraude. Cómo deberíamos afrontar el problema estructural de la economía sumergida es otro de los aspectos que habría que plantear durante la etapa de la nueva normalidad.

Para hacer frente al conjunto de aspectos planteados y crear las bases de un nuevo modelo económico y productivo se hace necesario llevar a cabo medidas enfocadas al desarrollo sostenible, a través de acciones que tengan en cuenta la triple dimensión de la sostenibilidad: económica, social y ambiental. De momento, nada de esto se está planteando. Parece más bien que la nueva normalidad consiste en más de lo mismo. Si no se aprovecha la oportunidad de la coronacrisis para iniciar el CAMBIO, de nada habrá servido esta crisis salvo para incrementar los niveles de pobreza, exclusión social y desigualdad económica. Más de lo mismo. No olvidemos que los grandes poderes económicos van a procurar que todo siga igual, porque solo así podrán asegurar que sus beneficios económicos y financieros sigan intactos. No debemos fiarnos de quienes plantean la reducción de las pensiones, los salarios y las prestaciones sociales como medidas para hacer frente a la crisis; son los mismos aunque lleven distintos collares.

Video sobre Sostenibilidad y cambio de modelo económico: https://youtu.be/LEKhHLsDLJE


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