Sororidad

Por Andrea Olea

El feminismo, amigxs, es un camino arduo y tortuoso. Como bien explicaba María Castejón, el problema de hacerte feminista es que te jode la vida, no solo porque empiezas a ver las cosas desde el famoso prisma de las gafas violeta -lo que complica lo indecible tu día a día-, sino porque de repente te encuentras sola, luchando a brazo partido con un entorno hostil en el que nadie entiende por qué te has vuelto tan susceptible, por qué te pones a la defensiva ante cualquier “incidente“, por qué has pasado a ser monotema y vesmachismoentodaspartes.

Hace unos pocos veranos, asistí por primera vez a una reunión con fines reivindicativos exclusivamente femenina. Siento desildusionar a quien se imagine una oscura escena conspirativa de malvadas ‘feminazis’ planeando erradicar los penes de la faz de la Tierra: la mayoría éramos primerizas en tanto que organizadoras de una asamblea de mujeres, y ni siquiera teníamos demasiado claro qué temas susceptibles de entrar a debate no podían ser discutidos en presencia masculina. Debíamos de ser una decena de veinte y treintañeras sentadas en el salón de uno de esos apartamentos minúsculos de París. Las trayectorias personales iban de quienes tenían en su haber un máster en Estudios de Género y/o se definían como aguerridas militantes feministas a las que -me incluyo- se veían como tales pero no habían empleado jamás en voz alta la palabr(ot)a ‘heteropatriarcado’; había, incluso, quienes sentían que el actual sistema de dominación machista solo las concernía en abstracto y acudieron por pura curiosidad… Sí, al principio estábamos un poco descolocadas, tanto que, admito, hubo momentos de hinchar condones con la nariz y alabar las bondades de poder, en pleno agosto, debatir sin pantalones.

Es necesario ese pacto entre mujeres, porque ya no queremos un intercambio que mantenga las condiciones definidas por el sistema tal y como como están

Al mismo tiempo, sin embargo, el espacio no mixto empezó a ejercer su efecto, y acabamos abordando aspectos sensibles de temas como la discriminación cotidiana, el acoso, la violencia ejercida contra nuestros cuerpos por propios y extraños, y otros tantos micro y macro machismos. Reconociéndonos las unas en las otras, tan iguales y a la vez tan distintas. Lo interesante es que no solo hablamos: también empezamos a idear soluciones. Recuerdo que salí de aquella reunión sintiendo una fuerza y un poder desconocidos, y fue por esas fechas que empecé a concebir el feminismo, en lugar de como un combate individual, como una lucha colectiva.

La solidaridad entre mujeres es milenaria. Durante siglos la usamos para aguantar, soportar y sobrevivir a la opresión patriarcal con resignación y sin quejas. Mientras nosotras nos servíamos de paño de lágrimas las unas a las otras, los hombres empleaban el concepto para ascender en la escala social, acaparar más poder y reforzar privilegios. Entonces, un día, despertamos. Empezamos a utilizar la solidaridad femenina para resistir, para darle la vuelta a la tortilla y cambiar las dinámicas de poder. Pasamos de la solidaridad a la sororidad.

Sororidad, esa bella palabra que nos ha regalado el feminismo, es admirar a otras compañeras, amigas, desconocidas, y compartir sus logros, de forma privada y pública. Es dejar de juzgarlas y ponerlas en cuestión, para creerlas y apoyarlas. Es equipararnos y respetarnos. Es dejar de ver enemigas donde hay potenciales cómplices, porque aliarse cuando el sistema nos enseñó a rivalizar entre nosotras es un acto puro de rebeldía y transgresión. Sororidad es cargarse con un bate de beisbol simbólico el chiringuito montado por siglos de solidaridad masculina. Es también bajarnos de nuestra atalaya de mujeres blancas, heterosexuales, universitarias, ciudadanas de países con economías desarrolladas, de cualquiera de nuestros privilegios, para escuchar a las que están en el otro lado de la balanza y dar valor a su voz desde la humildad, aprender e incorporar todo lo que puedan enseñarnos.

El feminismo que actualmente inunda medios de comunicación, redes sociales, conversaciones de calle y discursos políticos existe como forma de emancipación colectiva femenina desde la Ilustración e incluso antes. Sin embargo, el año pasado ha sido, según el consenso generalizado, el momento en que ha despegado definitivamente como tendencia global. Feminismo fue declarada la palabra del año en 2017. Las movilizaciones Ni Una Menos en América Latina o Italia, Mee Too en Estados Unidos y el planeta entero, Balance Ton Porc en Francia, y tantas otras iniciativas para combatir al patriarcado, han hecho correr ríos de tinta y han sacado a las calles y a la tribuna pública a cientos de miles de mujeres. Por supuesto, ha habido extrañas y tristes reacciones, pero me quedo con el hecho de que, por primera vez, estamos otorgándonos credibilidad y reconocimiento mutuo de forma masiva.

Sororidad es cargarse con un bate de beisbol simbólico el chiringuito montado por siglos de solidaridad masculina

En estos últimos meses, se ha hablado del empoderamiento que ha supuesto para las mujeres alzar la voz y, por fin, ser escuchadas por el conjunto de la sociedad. Aunque este un logro indiscutible, lo que realmente nos ha dado fuerza, en mi humilde opinión, ha sido escucharnos entre nosotras. Sostenernos. Y tomar las riendas para cambiar las cosas. Hemos entendido que juntas la manada somos nosotras, que cuando compartimos una agenda y meta comunes somos poderosas, derribamos tótems, movemos montañas.

Como señalaba la antropóloga feminista mexicana Marcela Lagarde, “la alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos de la opresión”. Es necesario ese pacto entre mujeres, porque ya no queremos un intercambio que mantenga las condiciones definidas por el sistema tal y como como están, sino uno que implique un cambio en nuestra manera de relacionarnos.

Feminismo es una palabra en reinvención continua. Para avanzar también es necesario potenciar al máximo ese término que corre parejo, sororidad. Para no sentirnos solas, desprotegidas, víctimas, nunca más.

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