El verano no mata. El machismo sí

Ninguna ola de calor convierte a un hombre en asesino. El alcohol tampoco mata por sí solo. Lo que mata es una cultura machista que legitima el control, la posesión y la violencia contra las mujeres.

Por Isabel María Durán Báez | 4/07/2026

Cada verano se repite el mismo horror. Mientras se llenan las playas, los aeropuertos y las terrazas, también aumentan los asesinatos machistas. No es una casualidad, ni un efecto del calor, ni una consecuencia inevitable de las vacaciones. Es la expresión más brutal de un sistema de dominación que sigue considerando que las mujeres son una propiedad sobre la que algunos hombres creen tener derecho de vida o muerte.

Los datos son contundentes. Desde que existen registros oficiales en España (2003), julio es el mes con mayor número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, y los meses de junio, julio y agosto concentran más del 30% de todos los asesinatos machistas. En 2024, el 61% de las mujeres asesinadas hasta finales de agosto fueron víctimas durante el verano.

No hablamos de un fenómeno aislado. Hablamos de una violencia estructural que se intensifica cuando cambian las rutinas. Las vacaciones implican más tiempo de convivencia con el agresor, más control sobre la víctima y, en muchos casos, el momento en que las mujeres intentan separarse, viajar solas o recuperar espacios de autonomía. Es precisamente esa pérdida de control la que muchos maltratadores interpretan como una amenaza insoportable.

Por eso resulta peligroso escuchar explicaciones simplistas que atribuyen estos asesinatos al calor o al consumo de alcohol. Ninguna ola de calor convierte a un hombre en asesino. El alcohol tampoco mata por sí solo. Lo que mata es una cultura machista que legitima el control, la posesión y la violencia contra las mujeres. Los factores ambientales pueden agravar una situación previa, pero nunca son la causa del crimen. La causa es el machismo.

Cada asesinato estaba precedido por múltiples formas de violencia: control económico, aislamiento, amenazas, humillaciones, agresiones psicológicas o físicas. El feminicidio es el último escalón de una escalera que muchas veces comenzó años .

También es necesario dejar de normalizar discursos que presentan la violencia machista como un problema individual. No son hombres “locos”, ni “monstruos”, ni casos excepcionales. Son hombres socializados en una cultura que todavía tolera demasiadas formas de desigualdad y de violencia contra las mujeres.

El verano debería ser un tiempo de descanso y libertad. Sin embargo, para miles de mujeres representa el periodo de mayor riesgo. No podemos acostumbrarnos a que cada julio y agosto se conviertan en una sucesión de minutos de silencio, declaraciones institucionales y promesas que llegan siempre después del asesinato.

Combatir esta violencia exige prevención, educación en igualdad, protección efectiva para las víctimas, recursos suficientes para los servicios especializados y una respuesta social firme. También exige dejar de trivializar el machismo cotidiano, porque ningún feminicidio aparece de la nada.

Cada mujer asesinada tenía un nombre, una historia y un futuro que le fue arrebatado. Recordarlas no basta. La verdadera responsabilidad colectiva consiste en impedir que la siguiente engrose una estadística que nunca debería crecer.

Porque el verano no mata.

Quienes matan son hombres que creen tener derecho a decidir sobre la vida de las mujeres.

Y mientras exista esa creencia, el feminismo seguirá siendo una necesidad democrática y una exigencia de justicia.

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