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Hay que apoyar esta huelga general adoptando una línea independiente y evitando que la jornada sea instrumentalizada por el sindicalismo pactista.
Por Roberto Casanova | 6/10/2026
La huelga general de otoño debe secundarse. Pero no como la está diseñando CCOO y UGT: un paro reducido a “salarios dignos para pagar la vivienda” y calculado para caber antes de la campaña electoral del 13 de noviembre. Llega tarde, descafeinada y con un gobierno de salida. Resulta primordial dotarla de un tono combativo para no regalarla al sindicalismo de concertación.
El 5 de octubre, Unai Sordo y Pepe Álvarez anunciaron el acuerdo de convocar esa jornada tras el rechazo en el Congreso de los reales decretos de vivienda y después de las manifestaciones del fin de semana. Lo hacen presionados por el movimiento de protesta por el derecho a la vivienda y señalando principalmente a la oposición.
Durante los ocho años de gobierno PSOE-Sumar han sobrado motivos para paralizar el país: una reforma laboral que dejó intacta la precariedad, una inflación que se comió el salario, pensiones y servicios públicos degradados, y una crisis estructural de vivienda. Una vez más, las direcciones de CCOO y UGT optaron por la mesa de diálogo, los pactos y la foto institucional. Ahora, con el Ejecutivo de salida y la campaña a las puertas, convierten la presión de la calle —acampadas, inquilinos, manifestaciones— en una jornada de protesta que pretende exonerar al gobierno. Un paro que señala más a la oposición parlamentaria que al gobierno que ha gestionado la legislatura.
Reducir la jornada a una cuestión de vivienda es descafeinarla. La vivienda es un frente real: fondo de inversión, escasez de parque público, salarios que no cubren el alquiler. Pero no es el único. Una huelga general que no nombre la distribución de la renta, la temporalidad, las externalizaciones, la sanidad y la educación públicas, o el poder de veto de la patronal en la negociación colectiva, se queda en reivindicación sectorial con disfraz de paro nacional. El “pacto social” que piden Sordo y Álvarez es la continuación del modelo que ha evitado el conflicto abierto durante años.
Secundarla, aun así, tiene sentido. Una convocatoria de 24 horas, aunque tardía y estrecha, abre un espacio que la concertación no controla del todo: piquetes, asambleas de centro, confluencia con inquilinos y barrios. Ese espacio no hay que abandonarlo. Se debe disputar. El tono combativo consiste en ampliar el pliego más allá del decálogo residencial y en no aceptar que el paro sirva de telón de fondo electoral para el reformismo político.
Hay que apoyar esta huelga general adoptando una línea independiente y evitando que la jornada sea instrumentalizada por el sindicalismo pactista, tratando el paro como conflicto de clase y no como una maniobra de precampaña.
La huelga llega tarde y llega mal planteada. Pero hay que organizarla y dotarla de un componente transformador que responda a los intereses de la clase trabajadora.
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