Ruralismo

Por Jesús Ausín

Un cuchitril de doce metros cuadrados es la casa donde vive Absona. Un sofá que se convierte en cama, si eres capaz de apartar una tabla con cuatro patas que hace de mesa, y ponerla encima de la lavadora, es el mueble principal de una estancia que tiene tres puertas, un perchero, un armario de cuarenta centímetros de frente y montones de ropa acumulados sobre las patas del perchero y encima de la única silla que hay en la estancia.

Al fondo, a la izquierda, tras una de las puertas se encuentra el baño. Un minúsculo cubículo cuya puerta abre hacia a fuera. Para ello, hay que apartar un poco el sofá o entrar de lado. Dentro, un plato de ducha de cincuenta por cincuenta, un lavabo que emerge y levita sobre la ducha y un inodoro. Encima del lugar de afusión, a un metro setenta del suelo y a cincuenta del techo, una estantería de obra donde se almacenan los rollos de papel higiénico, el jabón y las compresas. También hay una botella de detergente friegaplatos, un bidón de lejía de 2 litros y medio, dos cajas de pañuelos de papel, un rollo de cilindros desmaquilladores y unos rollos de bolsas de basura.

En la puerta de la derecha, una cocina de dos metros cuadrados en la que hay una miniplaca con dos fuegos eléctricos, un fregadero bajo el que está el único cubo de la basura y un frigorífico de esos que sirven de minibar en las habitaciones de los hoteles de lujo.

Absona paga por este cubículo que su arrendador, un gerente con escaso pelo, bigote perfilando, sonrisa de hiena y corbata de seda, llama apartamento, 400 euros al mes. Ni siquiera está en el centro de la gran ciudad, pero tiene una boca de metro a 10 minutos andando.

Acostumbrada a su casa de 120 metros cuadrados allí en su Cartagena natal, muchas noches se duerme después de haberse pasado media hora llorando como una Magdalena. No puede cocinar en casa, no ya por la falta de espacio, que también, sino porque abandona el hogar a las 7 de la mañana (para no pillar atasco en el bus que le lleva a uno de los polígonos industriales donde está ubicada la empresa en la que trabaja) y vuelve cuando las campanas del reloj de la iglesia medieval que está en la plaza del barrio donde vive, dan las ocho. Los fines de semana, no puede invitar a nadie a casa porque no caben. Como solo se relaciona con sus compañeros de empresa, no tiene amigos con los que poder salir. Ella es la única mujer de su departamento en una empresa que se dedica a la publicidad y aunque en su contrato pone que fue contratada como “customer success”, en realidad es una chica bien vestida que vale para todo, y se dedica a traer café y a entretener a los clientes antes de las presentaciones y después, en el seguimiento de campañas.

Cinco años de carrera, un postgrado, dos másters y tres idiomas no impiden que su jefe, un playboy de pacotilla con un inglés de academia “low cost”, se crea que las mujeres están para “hacer bonito” en las reuniones con clientes, llegándola a insinuar que con algún cliente en particular, estaría bien que la blusa llevara abrochado un botón menos.

Sin embargo no llora por eso. Cree que eso es normal en la sociedad. Llora por la soledad, porque echa de menos su Cartagena natal, sus amigos, la calidez del invierno murciano,  sus padres, su gente.

Cuando llegó a Madrid, algunas compañeras de facultad le propusieron que se fuera a vivir con ellas. Pero Absona tiene desarrollada una especie de fobia a todo aquel que no sea como ella. Pensó que en un apartamento para ella sola, podría controlar mejor la situación y evitaría que una compañera poco recomendable estuviera a su lado.

Hoy, vive entre el desorden permanente de un tabuco en el que no caben armarios para ordenar las cosas y el polvo de una sala llena de cosas amontonadas que impiden limpiar en profundidad. Entre la soledad y el desasosiego que le provoca la televisión, único divertimento que tiene desde que llega a casa.

Se reconforta con la mirada hacia una bandera de España que tapa la pared de la sala-dormitorio. Sueña con ir a Cataluña y liarse a mamporros con el mástil que dejó en Cartagena.

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Ruralismo

El domingo 10 de noviembre, tuve que cumplir con uno de los compromisos a los que te obliga el sistema. De nuevo, tras un periodo de treinta años librándome, me tocó ser presidente de mesa.

El lugar, una pequeña localidad de la meseta en la que apenas estamos 370 personas empadronadas, de las que unas 240 tienen derecho al voto. Este dato es importante, porque si eres una persona perspicaz, y puesto que conoces a la gran mayoría de los votantes, a la hora del recuento de los votos, puedes observar el reparto de los mismos en función de la tipología de los habitantes de esa población.

En el caso de mi pueblo, las personas empezaron a llegar con fluidez justo antes y después de la misa. Estos votos, que son los primeros que recontamos, tras el cierre, al darle la vuelta a la urna encima de la mesa, pertenecían mayoritariamente al PP y a los de la COZ. Muchos más a los primeros que a los segundos. Son gente mayor, adoctrinada por los años de franquismo que se entretienen por la mañana viendo esos programas del hígado que les echan de comer en Antena 3 y Telecinco. Personas que creen que PODEMOS es una formación comunista que les va a quitar la pensión y que sobre todo tienen un vástago sentimiento de patria que les toca la razón.

Son esas personas que el día 20 de noviembre de 1975 lloraban la muerte del dictador por miedo a una nueva guerra civil, y que tres años después votaban que si a la Constitución porque lo había dicho la televisión. No son racistas porque no han tenido oportunidad de serlo. A ellos, en la distancia, no les importa que haya africanos, sudamericanos, filipinos, chinos, moros (como ellos los llaman) o andinos. Si por un casual se tienen que cruzar o comunicar con esas personas, son capaces de hacerlo con cordialidad. El racismo surge en cuanto hay un problema. En mi pueblo, nunca ha habido migrantes. Empezaron con el boom de la burbuja del ladrillo que llenó las eras de chalets. El primer migrante que recuerdo (fuera de un empresario alemán que llegó en los años sesenta), era un muchacho magrebí que trabajaba en la construcción. Todo fue bien hasta que alguien insinuó que se había sobrepasado con una medio novieta que se echó durante el verano, hija de uno de los que vuelven al pueblo en época estival. Nadie sabe si realmente fue así o no. Ella, desde luego, siempre lo negó. Pero el chaval acabó yéndose del pueblo antes de que la burbuja estallara, amargado por la presión. Llegaron hasta a prohibirle la entrada al bar. Estos son el voto de toda la vida en el pueblo.

Luego están los “forasteros” como llaman los abuelos del pueblo a todos aquellos que ahora viven en él, fruto de esa burbuja inmobiliaria que impedía a los jóvenes comprar piso en la capital y que desplazó a miles de ellos a los alfoces, a la adquisición de chalets de construcción americana (paredes interiores de Pladur) mucho más baratos que cualquier piso y en un ambiente mucho más idílico. Muchos de ellos, acabaron volviendo a la capital a consecuencia de los hijos, pero todavía hay quienes resisten. Estos votan mayoritariamente al PSOE y algunos, a Podemos. Se da la circunstancia de que en pleno estallido de la burbuja, en mi pueblo ganaban los de Iglesias. Era el voto de castigo a un sistema que les había sacado de sus ciudades para llevarles a esos extrarradios dormitorio, muchas de ellos en mitad de la nada.

La mayor parte de estos, los “forasteros”, trabajan en la capital y uno de los dos cónyuges está empadronado en ella para poder llevar a sus hijos al pediatra elegido entre cuatro o cinco y no al único que les toca obligatoriamente si están empadronados en el pueblo y que también está en la capital. Son mucho más conscientes de la falta de servicios públicos y más en el medio rural que los abuelos pero, como ellos, tampoco hacen nada por cambiarlo.

El medio rural está en proceso de extinción. Y da igual las medidas de parche que se tomen, por mucho que a “Teruel Existe” le duela. Porque el problema viene dado por el sistema de hijoputismo que vivimos, dónde solo es posible aquello a lo que alguno de los prebostes del régimen pueda sacarle rentabilidad. Para que el medio rural pueda subsistir hacen falta servicios: colegio, médicos, pediatras para los niños, medios de comunicación con la ciudad (tren o autobús) que tengan una cadencia próxima y una regularidad, al menos de lunes a viernes. E internet de banda ancha. Si hay puestos de trabajo, mejor. Pero el trabajo no es una condición “sine qua non”.

Siguiendo con el ejemplo de mi pueblo, situado a 20 km de la capital, comunicado por autovía y con más puestos de trabajo que habitantes, el padrón ha bajado en el último año en 20 personas. Porque no hay colegio (aunque si guardería y por eso sigue habiendo niños). El médico pasa consulta, con suerte, una hora a la semana, pero hay muchos periodos del año (como ahora) que por falta de personal sustituto, pasan meses sin que pise el consultorio municipal. Tienes que desplazarte 5 kilómetros al pueblo aledaño, esperar al final para ser atendido y que no te deriven al centro comarcal que está en la capital. Para eso, te vas a la hora que quieras, directamente a urgencias al hospital y sales con el diagnóstico y el tratamiento de un tirón. Este verano estuvieron tirando cable de red, pero aún están con conexiones a la red tercermundistas a un precio de Silicon Valley.

Y lo esencial de estas necesidades es que cuestan mucho dinero, y sobre todo, ninguno de los jetas que viven haciendo privado lo público, pueden hacer negocio con ello.

El fascismo es un problema muy serio porque son violentos e intransigentes y tratan de imponer su ideario ya sea usando las armas que les da el sistema, ya sea con otro tipo de armas. Y aunque hay mucho descerebrado que cree que la mano dura y la intransigencia (siempre para los demás) es la solución a los problemas generados por este hijoputismo despiadado, hay otra gente que vota en la ignorancia como forma de revelarse contra el medio que les está machacando. Craso error. Los fascistas son el propio sistema que padecemos. Cíclicamente la pobreza siempre ha traído de la mano el fascismo y cíclicamente tanto los que estuvieron en contra de ello, como los que hicieron la vista gorda e incluso apoyaron con su voto su instauración, acabaron como el Rosario de la Aurora. Puesto que además de contra los malos luchamos contra sus monaguillos en la televisión, es complicado hacer entrar en razón a toda esta gente que, para castigar al Régimen, se mete un tiro, de momento en el pie, pero de seguir así, directamente al corazón.

O somos didácticos y apagamos informativamente a esta gentuza o acabaremos repitiendo la historia.

Salud, feminismo, república y más escuelas, públicas y laicas.


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