Rodolfo Llopis y la Revolución de 1868

Por Eduardo Montagut | 5/02/2026

En el primer número de la revista Leviatán en 1934, Rodolfo Llopis publicó un extenso artículo sobre la historia del socialismo español desde sus inicios hasta 1909. Se da la circunstancia en que en el mismo número Ramos Oliveira sacó otro para referirse a la historia del socialismo desde 1909 a 1934. En el futuro queremos trabajar con estos textos porque nos parecen sugerentes.

En esta pieza queremos recuperar la primera parte del texto de Llopis relativo al contexto de la Revolución de 1868 para aportar, como es frecuente en nuestras aportaciones, materiales históricos para la reflexión. Nos parece muy significativo que el político y maestro socialista calificara a dicha revolución como “una revolución sin masas”

El texto:

Septiembre de 1868. Topete se subleva en Cádiz. Serrano vence en Alcolea. Prim levanta guarniciones en el resto de España. Isabel II huye a Francia. La revolución, al fin, triunfa. Los progresistas ven terminada su obra. ¡Buen trabajo les costó! La iniciaron en 1863, con el retraimiento electoral. El retraimiento los empujó fatalmente a la conspiración. La conspiración se tradujo en multitud de sucesos dramáticos. Primero fue lo de Villarejo de Salvanés; después, lo del Cuartel de San Gil; luego, lo de agosto de 1867, y, por último, lo de septiembre de 1868.

Todo lo anterior a septiembre fué obra exclusiva de los progresistas. El movimiento de septiembre, por el contrario, contó con muchas asistencias. Fue obra de los progresistas, de los unionistas y de los demócratas. Y, por primera vez en la historia de las sublevaciones del siglo XIX español, se suman al movimiento las masas populares. Ellas fueron las que nutrieron las milicias armadas de los “voluntarios de la libertad”, que tan importante papel desempeñaron en los primeros momentos de la revolución. En los primeros momentos nada más, porque los propio-s jefes revolucionarios se asustaron. Temieron que se fuese demasiado lejos. Por eso desarmaron y disolvieron las milicias de los “voluntarios de la libertad”. Con aquel desarme yugularon, de hecho, las posibilidades de una revolución auténtica. Las masas populares intervinieron en ese movimiento de septiembre, pero el proletariado, como clase, estuvo ausente del mismo. Cierto que ya existían organizaciones obreras en España. Esas organizaciones incipientes funcionaban como secciones en la Internacional; pero, en realidad, carecían de conciencia política de clase, aunque algunas de ellas se llamasen a sí mismas “socialistas”. Por aquel entonces, las organizaciones obreras españolas no sentían la política, eran anarquistas o formaban parte de los pequeños grupos republicanos.

La revolución de septiembre tuvo la virtud de avivar en las masas proletarias sus propios problemas. A ello contribuyeron en proporción considerable las voces y los consejos que nos llegaron de fuera. Desde el Extranjero se seguía con gran interés el desarrollo del movimiento revolucionario. Sobre todo desde Ginebra. Federico Amiel, el filósofo ginebrino, escribió en diciembre carta sagacísima—que con el tiempo había de resultar nuestro D. Julián Sanz del Río. En esa carta, tras de felicitar al filósofo krausista español por el triunfo de la revolución y de mostrar su complacencia y alegría, le advierte que los efectos de la revolución serán efímeros y sin trascendencia si no procedían a revolucionar las conciencias de los españoles emancipándoles en materia religiosa. El sentido teocrático que había dominado la política y aun la vida española nos incapacitaba para todo progreso auténtico.

Al mismo tiempo, a mediados de octubre, el Consejo de la Asociación Internacional de Trabajadores y el Comité de las secciones ginebrinas dirigieron a los obreros españoles sendos manifiestos invitándoles a que no se conformaran con las reformas políticas que la revolución de septiembre implantaba, sino que concentraran todos sus esfuerzos en el logro de las reivindicaciones sociales. Las secciones de Ginebra no se limitaron a enviar mensajes y manifiestos. Destacaron, además, a José Fanelli, quien, en noviembre del 68, hacía su aparición en Madrid.

Fanelli, como se sabe, era del grupo de “Alianza de la democracia socialista, fundada por Bakunin. Fanelli consiguió formar rápidamente en Madrid el primer núcleo de adheridos. De Madrid pasó a Barcelona, donde dejó constituido otro núcleo. De Barcelona y de Madrid irradian influencias. En distintas poblaciones van surgiendo grupos y núcleos obreros organizados. En todos ellos predominan las ideas aliancistas. La fórmula de Bakunin—“en religión, el ateísmo; en, política, la anarquía, y en economía, el colectivismo circula profusamente entre las masas proletarias. Esta influencia bakuniana de los primeros días pesará enormemente sobre el futuro del obrerismo español.”

 

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