Revientan las costuras de la vieja Etiopía

Por Angelo Nero

Cómo si de una pandemia se tratase, los conflictos entre las distintas comunidades que forman Etiopía no dejan de reproducirse, una vez que el federalismo étnico saltó por los aíres, definitivamente, con la reciente guerra de Tigray. A principios de este 2021 se reactivaba la disputa territorial entre las etnias Afar e Issa, esta última dentro de la región de Afar, que siempre ha sentido el deseo de integrarse en la región Somali, con enfrentamientos violentos que han provocado una grave situación humanitaria, con cerca de treinta mil desplazados, en una zona de gran importancia estratégica, debido a su ubicación geográfica, a lo largo de la carretera entre la capital etíope, Addis Abeba y el puerto de Assab, en Eritrea, así como de la nueva línea ferroviaria que conecta Etiopía con Djibouti. El 23 de enero, se produjeron violentos enfrentamientos entre la policía federal y las fuerzas de seguridad regionales, y la milicia Issa, en la que las autoridades de Afar reconocen treinta muertos, sin contabilizar los milicianos somalís.

Otro frente que parece abrirse en el complicado escenario etíope, que parece sepultar, definitivamente, la imagen que le otorgó al primer ministro Abiy Ahmed, la academia sueca, al hacerlo merecedor del Premio Nobel de la Paz, en 2019, y que se suma a los conflictos abiertos en Afar y Tigray, es el que también se ha reactivado en Oromía, donde una ofensiva del Ejército de Liberación Oromo (OLA) –brazo escindido del Frente de Liberación Oromo (OLF), que en 2018 renunció a la lucha armada, aceptando la amnistía ofrecida por el gobierno etíope- en la región de Amhara, contra cinco distritos situados a unos 250 kilómetros al norte de la capital, Addis Abeba.

La OLA toma así el revelo del OLF, que luchó durante décadas por la secesión de Oromía, ya que los oromos, a pesar de ser la etnia mayoritaria en Etiopía, siempre han estado marginados del poder, aunque, curiosamente, Abiy Ahmed sea el primer oromo que dirige el país, aunque la presidencia la ejerce Sahle-Work Zewde, también la primera mujer que ocupa ese cargo en la historia del país. Al desafío armado de la OLA también se suma el boicot de otras fuerzas políticas oromas, a las elecciones legislativas previstas para junio, como el Congreso Federalista Oromo (OFC).

Hace solo unos días el Ejército de Liberación Oromo (OLA) reclamó un alto el fuego inmediato e incondicional y la apertura de un proceso de diálogo, el aplazamiento de las elecciones y la reforma constitucional para garantizar la posibilidad de un referéndum de autodeterminación como solución ante “el total desprecio del gobierno por este derecho fundamental que es una de las principales razones por las que los oromo, entre otros, nos hemos alzado en armas.” La respuesta del ejecutivo etíope ha sido, este mismo primero de mayo, la declaración del OLA y del TPLF, el Frente de Liberación Popular de Tigre, como organizaciones terroristas, acusando que “estos grupos están siendo explotados por fuerzas extranjeras que buscan debilitar y desmantelar Etiopía”.

Tampoco parece que el conflicto de Tigray se haya solucionado, a pesar de la brutal ofensiva del ejército federal, en convivencia con las tropas eritreas, cuyas acciones de castigo sobre la población civil han sido denunciadas como crímenes contra los Derechos Humanos por la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, y han motivado incluso una petición del secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, para que abandonen la región ante  Respecto a la presencia de tropas eritreas, el secretario de Estado ha urgido a que Etiopía y Eritrea cumplan los compromisos de retirar las tropas eritreas de Tigray “de inmediato, en su totalidad y de manera verificable”, ya que tanto estas tropas como las fuerzas regionales de Amhara en Tigray “están contribuyendo al creciente desastre humanitario y cometiendo abusos contra los derechos humanos”. Mientras tanto, el Consejo de Seguridad de la ONU, a través de su presidente, el mandatario vietnamita Dinh Quy Dang, ha emitido un comunicado en el que indica que está “profundamente preocupado por las denuncias de violaciones y abusos de los Derechos Humanos, incluidos los informes de violencia sexual contra mujeres y niñas”, señalando que “la inseguridad en Tigray constituye un impedimento para las operaciones humanitarias en curso”.

Más de un millón de personas se encuentran desplazadas desde la ofensiva etíope sobre Tigray del pasado noviembre, según la Organización Internacional para las Migraciones. Aunque muchos tigrays se hayan refugiado en la vecina Sudán, la concentración más alta se encuentra en la localidad de Shire, donde hay grandes problemas de suministros de alimentos y agua potable. Aunque es especialmente preocupante la alerta sobre violaciones colectivas cometidas por soldados etíopes y eritreos sobre las mujeres y niñas de Trigray. La relatora especial de la ONU sobre violencia sexual en conflictos armados alerta sobre estas agresiones con “un nivel de crueldad imposible de comprender”, como también ha denunciado Saba Gebremedhin, activista de los derechos de las mujeres en Tigray: “Se utiliza como arma para humillar y deshumanizar a las mujeres, y también al pueblo de Tigray. Esta guerra ha creado una brecha entre los habitantes de Tigray y el resto del país. La gente dice que ya no se siente etíope”.

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