
Entrevistamos a la fotógrafa y directora de cine aragonesa Raquel Larrosa, sobre su película ‘Disonancia’, nominada a los premios Goya como Mejor Cortometraje Documental.
Por Angelo Nero | 20/01/2026
Raquel Larrosa dirige el cortometraje “Disonancia”, donde nos acerca a la desconocida historia del SMAWT, un grupo formado íntegramente por mujeres saharauis, que buscan y desactivan explosivos enterrados en la arena, a lo largo del muro que Marruecos comenzó a construir en los años ochenta, para completar la colonización del Sáhara. Se calcula que a lo largo de los 2.700 kilómetros del muro de la vergüenza, el ejército marroquí ha sembrado diez millones de minas antitanque y antipersona.
Tu naciste el año en el que se firmó el alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario, y estrenas tu documental cuatro años después del reinicio del conflicto armado, ¿por qué crees que es necesario poner el foco, ahora mismo, en el Sáhara Occidental, y cómo llegas a la historia de estas mujeres que se juegan la vida desactivando minas?
Siempre es importante poner foco donde otros no quieren que lo pongas: en el Sáhara Occidental se violan los derechos humanos todos los días desde hace 50 años. Aunque en 1991 cesara el alto al fuego entre Marruecos y el Frente Polisario -que es un avance siempre y una casualidad que yo naciera-, no se conocen las consecuencias de este conflicto donde España sigue siendo la potencia administradora de este territorio pendiente de descolonización. Las minas antipersona, por ejemplo, siguen hiriendo y matando a la población civil a pesar del alto al fuego. Pero, respondiendo a tu pregunta creo que esta historia es relevante en 2025 porque frente al Plan de “Paz” de Trump, junto a los países que se lucran de este conflicto -incluida España- y que apoyan al país ocupante, hay que seguir poniendo el foco en las personas que resisten con dignidad, humanidad y sororidad.
En 2020 viajé a los Campamentos de Población Refugiada Saharaui en Tinduf (Argelia) para conocer a las mujeres saharauis de SMAWT y decidí preguntarles si podría contar su historia. Me parecía muy potente esa imagen que no estamos acostumbradas a ver en nuestros medios de comunicación occidentales sobre las mujeres árabes y en concreto, las mujeres saharauis como agentes de cambio, ejemplo de sus comunidades y referentes feministas para el resto del mundo. Sabía que existían mujeres saharauis desminando junto a otros hombres, pero me gustó que se formara un grupo solo de mujeres y quise saber por qué.
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Hace unos años publicamos un artículo de nuestra colaboradora Siranush Sargsian sobre las Mujeres desminadoras de Nagorno Karabakh, una de las zonas más contaminadas de minas antipersonas y antitanques y de proyectiles sin explosionar del mundo, y al ver “Disonancia” me pregunté ¿por qué son las mujeres las que se dedican a esta peligrosa tarea? ¿Será porque fueron hombres los que las sembraron?
Fatimetu crea el grupo en 2019 tras haber trabajado antes en equipos de desminado mixtos, mayoritariamente con hombres. Es decir, también desminan hombres en los territorios liberados del Sáhara Occidental. Las minas las colocan ejércitos, las venden gobiernos y las crean empresas organizadas como estructuras de poder, tanto hombres como mujeres. De hecho, a mi me interesa justo eso: desmontar la idea de que el desminado -igual que cualquier otro trabajo del mundo- tiene género.
Por ejemplo, Daha Bulahi, responsable de ASAVIM (Asociación Saharaui de Víctimas de Minas) dirige un proyecto vital para las familias saharauis que tienen un familiar herido o asesinado por una mina y también debería tener un documental propio. Pero, me centré en SMAWT porque, como en muchos conflictos armados, las mujeres llevan décadas sosteniendo lo común pero su imagen, generalmente, se reduce a víctimas. En esta historia, crear un equipo solo de mujeres nace de una convicción humanitaria y comunitaria, pero también de una realidad: para muchas jóvenes saharauis significa trabajo y es futuro. Y, al mismo tiempo, es una imagen que rompe el estereotipo con el que se representa a las mujeres saharauis en muchos relatos: aquí lideran, se forman, se ponen el traje y salen al terreno. Quizá, esta película más que señalar a quién decide la guerra y destruye, a mí me importa quién sostiene la paz y construye. Ahí es donde yo pongo la cámara.
156 países han ratificado la Convención sobre la prohibición de minas antipersonales, sin embargo China, EEUU, Rusia e India, otros 30 países siguen sin firmar el Tratado de Ottawa, y recientemente los países bálticos, Finlandia y Polonia han manifestado su intención de retirarse del Tratado, ¿Esto evidencia el fracaso de las Naciones Unidas, en esta materia?
Yo no hablaría de fracaso, existen avances y desafíos. El Tratado de Ottawa ha demostrado que un acuerdo internacional puede avanzar por razones humanitarias: prohíbe las minas antipersona y obliga a los Estados parte a destruir arsenales, limpiar territorio y ayudar a las personas supervivientes de minas. Hoy en día, son 165 países adheridos a este Tratado, pero es cierto que existen países que nunca lo han firmado como también es el caso de Marruecos y que, este año, algunos países que nombras se están planteando salirse en un contexto de rearme.
Sin embargo, desde su firma, 55 millones de minas almacenadas han sido destruidas o, por ejemplo, en el Sáhara Occidental, el Servicio de las Naciones Unidas de Actividades Relativas a las Minas (UNMAS) trabaja coordinando las actividades de las Naciones Unidas junto a la oficina de SMACO (Sahrawi Mine Action Coordination Office). A pesar del conflicto activo, desde mayo de 2023 hasta el 31 de diciembre de 2024 se habían liberado 42 de los 65 campos minados y 502 de las 539 zonas de ataque en racimo.
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En el documental destacas la labor de Fatimetu Bucharaya, una saharaui que vive en los campos de refugiados de Tinduf y que ha sido la fundadora de SMAWT, ¿qué fue lo que llevó a Fatimetu a crear este grupo de voluntarias para limpiar de minas los territorios liberados?
Fatimetu estudió informática, pero cuando conoció el trabajo de desminado se presentó sin titubear. En casa tuvo un apoyo clave: su madre, directora de escuela, quien fue su referente. En cambio, a su familia le costó un poco más entenderlo al principio: no es una profesión cualquiera y, por entonces, no habitual en mujeres. Lo que me impresiona de ella es su determinación. Quería aprender este trabajo por su valor humanitario, sí, pero también por algo muy universal: es una forma de ganarse la vida y de poder ayudar a su familia. Y, además, hay una dimensión política inevitable. Como mujer saharaui nacida bajo la ocupación, elegir ponerse el traje y salir de misión para desminar es también una manera de decir: aquí seguimos y no vamos a renunciar a nuestra tierra.
También cuentas la historia de la periodista Aicha Babait y la arqueóloga Ndoruha Farkouh, que se sumaron al desminado por falta de perspectivas laborales, ¿qué es lo que te llamó la atención para fijar parte del documental en ellas?
Eran un triángulo perfecto para contar una historia humana dentro de un conflicto político que no todo el mundo sitúa en el mapa. El muro, de 2.720 kilómetros de minas, separa los territorios ocupados del Sáhara Occidental de los territorios liberados por el Frente Polisario. En el caso de Aicha, me ayudaba a crear con su historia, ligada al periodismo, una capa más de profundidad al incluir los territorios ocupados, la persecución a las familias saharauis y las consecuencias del muro de la vergüenza que, desde que se construyó, separa a todas las familias saharauis. En el caso de Ndoruha, arqueóloga, su historia refleja otra problemática más que enfrenta la juventud saharaui: la falta de empleo y de oportunidades en un Campamentos de Población Refugiada, a pesar de recibir educación y formación especializada.
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Las escenas donde estas mujeres, ataviadas con unos trajes que parecen de astronautas, caminan por una superficie que parece de otro planeta, empuñando detectores de metales para encontrar las minas enterradas en la arena, ¿esta imagen tan potente, casi de ciencia ficción, hace que fijemos la atención en una acción que salva vidas?
Sí, el paisaje suma a la historia. No sé si ayuda a que te concentres más en lo que dicen o hacen, pero es llamativo. También, un lugar muy difícil de grabar y, por supuesto, un lugar muy hostil para vivir. Me gustaba la idea de contextualizar el terreno porque al final les afecta mucho en su trabajo: el clima, el viento, la lluvia.. Por ejemplo, la lluvia, mueve las minas en distintas zonas o cuando hay mucho viento y no pueden escuchar el detector, tienen que paralizar el desminado. Es un lugar hostil e inhóspito donde nadie debería vivir.
Esta asociación también tiene otro cometido, además del desminado, que es la concienciación del peligro que suponen las minas, y por eso hacen campañas en los centros educativos saharauis, ¿hay estadísticas de los muertos y heridos que hay cada año en el Sáhara por motivo de estas armas letales que, por cierto, muchas de ellas fueron fabricadas en España?
Cada día, 10 personas de todo el mundo pierden la vida o son heridas por culpa de una mina antipersona u otro material de las mismas características. Esto significa que anualmente alrededor de 3600 personas mueren o son heridas por este armamento. En el Sáhara Occidental, desde la ocupación, la cifra alcanza las 6000 personas heridas o muertas por una mina. Este año, con el conflicto armado activo, en la zona de los territorios liberados, no ha habido accidentes, ya que la población nómada ha tenido que volver a Tinduf. Vivir cerca del muro es peligroso, los drones han disparado y desde 2020 ha habido 300 personas, algunas heridas y otras asesinadas. En la parte de los territorios ocupados de Marruecos, sí ha habido algunos accidentes por minas, pero no llevan la cuenta oficial.
En el libro “El muro marroquí en el Sáhara Occidental” se hallan más de 70 modelos de minas antipersona y antitanque en el Sáhara Occidental hasta el año 2014, siendo 340 el número de modelos que existe en la Historia. De ese porcentaje el 19% son de Italia, 17% de Rusia, 13% de Bélgica, 10% de EEUU, 8% de Francia. 8% de Egipto, 5% de Checoslovaquia y 3% de España. Hay un 17% de otros países.
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La mujer saharaui ha llevado el peso de la educación, de la sanidad y de la organización de los campamentos, pero ¿crees que su labor todavía no está suficientemente visibilizada? ¿Con tu documental quieres poner en valor el importante trabajo de la mujer saharaui en el desarrollo de su sociedad?
Existe un bloqueo informativo por parte de Marruecos y aunque algunas personas sí conocen el conflicto saharaui, muchas no. Tampoco se aborda en España esta parte de la historia de la colonización y, además, no se hace un seguimiento acorde a nuestra responsabilidad actual, pese a que España sigue siendo la potencia administradora del territorio. O que el conflicto armado se reanudó en noviembre de 2020 y en el muro ya existen drones para seguir matando.
Con esta película, sí, de alguna manera quería demostrar que la mujer saharaui resiste, se coordina y se adapta a nuevos trabajos contra el país ocupante. Además, si hablamos de igualdad de género ¿qué hay más importante que el trabajo? Creo que las nuevas generaciones de mujeres saharauis vivan en Campamentos, en los territorios ocupados o la diáspora, seguirán resistiendo como hicieron sus madres y abuelas.
Por otra parte, parece que la cuestión saharaui no interesa a los medios de información masiva españoles, ¿crees que hay un silencio impuesto por intereses políticos y económicos, o que, simplemente son otros los temas que interesan en nuestro país?
En España hay un silencio sobre el Sáhara Occidental que no se explica solo por falta de interés político y económico. El modelo económico de los medios de comunicación, muy dependiente de audiencias, publicidad y agendas políticas, penaliza la investigación y el seguimiento constante de temas complejos e incómodos. Cuando cubrir bien un tema es difícil, caro y trae consecuencias, acaba quedando fuera de foco. Por otro lado, los medios generalistas funcionan a golpe de agenda, conflicto visible y “novedad”. Y el Sáhara, para mucha gente, se percibe como un conflicto largo, repetido y difícil de explicar en dos minutos. En un ecosistema saturado (política interna, vivienda, economía, polarización, conflictos, sucesos…), lo que no tiene “pico” informativo se va quedando en la cuneta, aunque sea importantísimo. Además, existe un bloqueo informativo real porque Marruecos también opera en el terreno mediático: alimenta a redacciones con su relato, mantiene una red de fuentes y portavoces, y al mismo tiempo dificulta el acceso y el trabajo sobre el terreno.
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Tu llevas años trabajando sobre el terreno en la cuestión del Sáhara Occidental, incluso, si no me he informado mal, has sido deportada de los Territorios Ocupados por esta labor, ¿cómo ha sido tu trayectoria en esta tarea informativa, y con qué obstáculos te has encontrado?
Sí, me deportaron junto a dos compañeras casi al llegar al Aaiún, la capital ocupada del Sáhara Occidental, en el último control. Tenía 23 años y acababa de publicar un trabajo de investigación en la Universidad sobre el papel del videoactivismo en el Sáhara Occidental, pero quería conocer a las y los periodistas saharauis que arriesgan su vida para documentar las violaciones de derechos humanos que se producen en ese agujero informativo.
No me salió bien la primera vez, pero descubrí otra realidad gracias a esa expulsión: la de estudiantes saharauis que tienen que estudiar en Marruecos porque no hay Universidad en el Sáhara Occidental y al año siguiente, volví a bajar más preparada con una de las compañeras expulsadas y conseguimos contar su historia en un corto llamado Skeikima, seleccionado en más de 60 festivales de 22 países y consiguió 10 premios.
En este corto, “Skeikima”, también ponías el foco en el Sáhara, en la vida de los jóvenes saharauis que viven en los Territorios Ocupados, ¿cómo es el día a día de estos jóvenes que viven bajo la ocupación, y sufren la represión política y cultural que ejerce Marruecos?
Skeikima nació de esa expulsión que te contaba en la respuesta anterior. De hecho, el primer plano del corto documental es la misma expulsión grabada ese día. No éramos bienvenidas y mucho menos nuestra cámara. Imagina la represión de crecer en un territorio ocupado, pero además tienes que irte a la Universidad -la más cercana a 600 kilómetros en Agadir- del país que te ocupa y que te discrimina, tortura o mata por ser saharaui, vestir con melhfa o decir “sáhara libre”. Algunos de los estudiantes que grabamos fueron torturados, secuestrados y arriesgaron su vida por darnos su testimonio. A Nazha, cuando cerramos el documental, le quitaron la cámara en una protesta. O, por ejemplo, Ismaili que cuando grabamos este corto, le denegaron la solicitud para seguir estudiando su máster, pero años después consiguió su título de doctorado. En el caso de Aicha, de Disonancia, periodista y cineasta, tuvo que salir de los territorios ocupados porque su vida corría peligro, por eso, vive ahora en los Campamentos de Población Refugiada, separada de sus padres y del resto de su familiares de allí.
El documental tiene tan solo 24 minutos, pero ¿cuánto tiempo te ha llevado este proyecto? Y ¿cómo es el proceso, entre todo el material que has grabado, para decidir cuales son las imágenes que finalmente formaran parte de la película y cuales son descartadas en el proceso de montaje?
Pues me ha llevado 5 años. El proceso es largo, pero según avanzaba el conflicto y se complicaba la historia, tenía sentido descubrir a dónde nos llevaba. Yo suelo montar lo que grabo, pero en esta ocasión, como estaba muy metida y había mucho material, contamos con Jesús Ramé, que fue el montador de Disonancia. Él visionó todo el material y después nos juntamos para ver si ciertas secuencias funcionaban y cuáles no. El propósito yo lo tenía muy claro al igual que las mujeres que al final saldrían porque grabamos a más desminadoras. Armar esta historia con una visión externa, te ayuda porque primas más la historia y no penalizas tanto el proceso como. por ejemplo, no sacar un plano que costó mucho grabar, pero que igual no lo necesitas para la narración.
Hay dos elementos importantes en “Disonancia” de los que me gustaría hablar, uno es la excelente fotografía y otro es la maravillosa banda sonora que le acompaña, ¿quién o quiénes están detrás de la música y de la dirección de fotografía?
Sí, Cristina Rodríguez Paz es la directora de fotografía y fue, además, compañera del último rodaje. Es impresionante su manera de trabajar con la luz, fui muy afortunada al grabar con ella porque viene del mundo del cine y ha trabajado con muchas profesionales de este sector, tanto en España como de fuera. Tiene mucha experiencia, recorrido y su técnica es ‘obsesiva’, así que fue una persona clave para poder embellecer esta historia a pesar de los desafíos que tuvimos. Por otro lado, Carme Rodríguez compuso la música de Disonancia. Eva, mi productora de Creta Producciones, me la recomendó y me gustó mucho otros trabajos que había realizado antes. Hay una búsqueda honesta en lo que hace, cuidando tanto la emoción como la intención. Además, logra tender un puente entre aquí y allí sin diluir la raíz, dejando espacio para que la identidad saharaui respire.
Por último nos gustaría preguntarte por el recorrido que está teniendo “Disonancia”, por la respuesta que está teniendo en festivales, tanto a nivel de crítica como de público, y donde puede verse actualmente.
Pues a través de Selected Film, nuestra distribuidora, se puede ir siguiendo el recorrido. Estrenamos en mayo de 2025 y hemos cerrado el año con 44 festivales y 13 premios o reconocimientos que han conseguido nuestra nominación a los Premios Goya 2026. Lo importante es que en 2026 seguimos rompiendo el bloqueo informativo del Sáhara Occidental y llegando a más rincones del mundo: ya han entrado cuatro selecciones más. Disonancia pueden verse en la plataforma Filmin.
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